
Mi amiga Clawdia vive en Düsseldorf, una ciudad en la que -según la Wikipedia- habita una cantidad de gente aproximadamente igual a la de Salta, si contamos solo el radio urbano de la primera.
Algunas diferencias hay, claro está, entre aquella antigua ciudad renana erigida a orillas del Rin y la que fundó Hernando de Lerma a orillas del Arenales. Especialmente las hay en materia de ferias y exposiciones, ya que en Düsseldorf, hasta el final de este año, se celebrarán no menos de dieciséis ferias, un poco más o menos parecidas a nuestra Ferinoa.
Bueno... «parecidas» es lo que pensé yo cuando invité a Clawdia a visitar el predio de Limache, plena de orgullo, como el que rezuman cientos de miles de salteños por lo que acostumbramos a considerar como el «buque insignia » de la prosperidad local.
En lo que creo no equivocarme es en que el nivel de nuestra feria es bastante demostrativo del estado de nuestra economía. Pero no solo de la salud de las empresas y de los negocios va la cosa, pues en una feria como esta, en la que se vuelca casi toda la sociedad, también se refleja la calidad de la cultura y la capacidad de organización de los lugareños.
En un escaparate tan amplio como este se puede juzgar además, la estética de un pueblo, su capacidad de innovación, su cultura del trabajo, el nivel de su tecnología, la calidad de sus instituciones y muchas otras cosas más que van apareciendo a medida que más experiencia tenga el visitante en acontecimientos de este tipo.
Mi amiga, que trabaja como traductora en el Parlamento Europeo, conoce bastante, no solo de ferias y exposiciones, sino también de negocios internacionales, y aunque he podido verla muy entusiasmada en la Ferinoa -sobre todo con algunas comidas- también he sentido que su exquisita educación le ha privado de decirme, con la mayor sinceridad, su opinión sobre todo lo que estaba viendo y viviendo.
Así que para romper un poco el hielo, o para «tirarle de la lengua», comencé a contarle que en ediciones anteriores la Ferinoa tenía un cierto sello distintivo, muy patente en la envergadura de los negocios, en la estética de los stands, en la cara y en la vestimenta de la gente. «Para mí, esta es una Ferinoa inflable», le dije, un poco impresionada (mal impresionada) por los pseudostands que se ve que han renunciado a la carpintería creativa de otras épocas por una especie de gazebos rellenos de aire y revestidos de colorinches.
A pesar de mi sinceridad brutal, mi amiga apenas si asentía con un leve movimiento de cabeza. En un momento noté en su mirada ese corte emocional de aquella que ha sido invitada por los flamantes padres a conocer a su retoño recién nacido y que al acercarse a la cunita se dan con que la criatura, en vez de ser un bebé adorable de mejillas rozagantes, es una especie de batracio cuya cara de vinagre recuerda mucho a la de la madre del dueño de casa.
¡Cómo decirle a la feliz pareja que su hijo no es el más agraciado del mundo!
Exactamente lo mismo le debe pasar a una eslovaca que vive en Alemania y que trabaja en Francia cuando, invitada por una salteña henchida de orgullo, recorre los stands de hule de la Ferinoa 2017, construidos a toda prisa con los millones que el gobierno provincial ha tenido que poner; cuando una anfitriona despistada como yo le insinúa que los bombones de cayote con nuez son más o menos el equivalente lugareño del Airbus A380.
¡Cómo decirle a esa salteña orgullosa de la cultura y de la economía de su pago que la feria que tantas pasiones levanta en Salta es un auténtico canto al tercermundismo!