Urtubey y la azarosa construcción de la unanimidad

  • Quienes se empeñan en pensar, por sí mismos, y se animan a salir del 'corralito' de reflexiones vulgares y tasadas que propone el gobierno, asumen de antemano los claroscuros y las paradojas del pensamiento libre. Es mil veces preferible andar a tientas que moverse con la seguridad avasallante de quien arremete contra la realidad sin saber siquiera a qué se enfrenta.
  • Contra el pensamiento único
Por fortuna para los ciudadanos y para desgracia de los tiranos, el pensamiento político, la pertenencia social y las formas de vida son cosas muy variadas. Cada vez más diversas.

Es normal, en consecuencia, que para algo supuestamente tan estandarizado y sujeto a reglas infranqueables como el «ser salteño» haya muchas interpretaciones y muchas maneras diferentes de serlo; desde las más estúpidas y maniqueas, hasta las más provechosas, plurales y creativas.

El pensamiento crítico es algo que no permanece quieto. Su esencia transformadora lo convierte en un fenómeno en constante evolución, por lo que normalmente cada paso que damos, cada decisión de tomamos, cada opinión que expresamos están sujetas siempre a un montón de debates abiertos.

Además el pensamiento crítico es por naturaleza contradictorio, porque desconfía de las interpretaciones cerradas, de las recetas ancestrales y de los ritos atávicos. Contradecirse -un acto sublime al que un filósofo alguna vez propuso elevar al rango de derecho fundamental del hombre- nos sirve para aprender, para crecer, para seguir andando y descubriendo cosas nuevas. Para no ocultar la cabeza en una agujero cuando nos enfrentamos a un nuevo desafío.

Quienes se empeñan en pensar, por sí mismos, y se animan a salir del «corralito» de reflexiones vulgares y tasadas que propone el gobierno, asumen de antemano los claroscuros y las paradojas del pensamiento libre. Es mil veces preferible andar a tientas que moverse con la seguridad avasallante de quien arremete contra la realidad sin saber siquiera a qué se enfrenta.

Por eso se me ha ocurrido dirigir un mensaje a esos salteños «con el poncho bien puesto». Para que cuando estén a solas dediquen un minuto a reflexionar si sus pensamientos son producto de una construcción «personal e intransferible» (como los viejos y felizmente extinguidos permisos para estacionar en cualquier lado) o si por el contrario ya vienen empaquetados por alguien que nos dice qué pensar.

Aquellos que tras el superficial examen de conciencia que propongo se consideren a sí mismos «artífices de su propio destino» no tienen, a mi modo de ver, ningún motivo para votar a un señor que ha hecho de la unanimidad de los salteños un desafío casi personal. Unificar a los salteños de una forma tan brutal como la que pretende el gobernador Urtubey es más o menos como que la FIFA declare por decreto que todos los torneos que organiza los debe ganar Alemania.

Hay otros equipos en el mundo, como en Salta hay otras formas de pensar que pugnan por huir cuanto antes de la vulgaridad que nos propone el gobierno, todos los días.

Si hay salteños con ideas propias, las que sean, sería muy interesante que lo demuestren en las próximas elecciones. Si tras el escrutinio resulta que la opería solemne, la sanata, las políticas truchas revestidas de palabras complicadas y el narcisismo individual y colectivo vuelven a imponerse, no será porque quienes promueven estas cositas tengan razón sino simplemente porque son más numerosos.

Y ser mayor en número no es una cualidad, es un accidente; o un abuso de la estadística, como alguna vez dijo Borges.