
Cuando los arqueólogos del siglo XXXIV escarben con robots teledirigidos sobre la superficie congelada del antiguo Cerro San Bernardo, convertido en planicie a causa de un súbito hundimiento con deslizamiento de tierra incluido, encontrarán solo dos vestigios de una floreciente y antiquísima civilización pasada: el monumento al quirquincho y el 'tanque tornillo' en Tres Cerritos.
A partir de estos hallazgos primitivos, los expertos del futuro quizá puedan reconstruir la vida y costumbres de aquellos lugareños, ya extinguidos hace siglos, que vivieron una efímera «primavera de inclusión» allá por el lejano siglo XXI.
A través de sofisticados métodos de realidad virtual, se podrá saber que unas 600.000 almas moraban al pie del cerro, antes de que un apocalipsis geológico originado en la placa sudamericana, combinado con una invasión de líquidos cloacales y residuos cárnicos de un frigorífico, acabara con toda vida inteligente sobre la superficie del valle.
De aquellas épocas tan exhuberantes no quedarán ni los esqueletos de las Hi-Lux y las Amarok; no habrá residencias en pie y los científicos concluirán de que antes de que los edificios colapsaran, las escuelas ya se habían derrumbado por falta de adecuado mantenimiento.
Como máximos exponentes de aquella antiquísima cultura, quedarán el ya citado monumento al quirquincho (delirio onírico y orgásmico de algún chapista) y el 'tanque tornillo', una especie de gigantesco «fusilli» de cemento, pintado aún -parece increíble- con los colores de una patria también extinguida después de su humillante anexión al Imperio Galáctico Neoliberal con capital en Andrómeda.
Habrán desaparecido los cuadros de Yutronich, los balcones de Lecuona, las películas de Lucrecia Martel, las huellas vanguardistas del arquitecto Larrán, las filigranas de Bertero, los poemas de Luzzatto, los cuentos de Juan Carlos Dávalos, los discos del Dúo Salteño, la receta de las empanadas del Buen Gusto y algunas partituras del Cuchi Leguizamón.
Pero también comprobarán los científicos que el lodo radiactivo se llevó de una vez y para siempre, para solaz de la humanidad toda, los libros del profesor Cáseres, el cuaderno de actas del Colegio de Psicólogos, las Acordadas de la Corte de Justicia, los planes futuristas de Fanny Velarde, los juzgados federales, los papeles privados del Indio Godoy, los nichos del Paseo del Choripán, los cohetes de Urkupiña y los inexistentes archivos doctrinales del Partido Justicialista de Salta.
Lo que quedará, que será poco, permitirá a los curiosos antropólogos del futuro decir que a los salteños, por lo menos, no nos faltaba un tornillo en las épocas en que gobernaba ese señor tan desaliñado y poco veraz que aceleró -tal vez sin quererlo- la decadencia de una civilización irrepetible.
Es decir, que el Apocalipsis tendrá sus cosas malas, pero también traerá algunas cosas buenas.