Cana de verbo fino aspira a convertirse en académico de la lengua

Desde hace algunos años la Policía de Salta presenta sus joyas literarias en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Este importante logro policial solo se puede atribuir a la desbordante influencia intelectual de su jefe, el comisario Marcelo Lami.

El mérito del jefe consiste en haberse dado cuenta del mal momento por el que atraviesan las letras de la institución desde el fallecimiento del comisario Elías Boleas, aquel célebre entrerriano afincado en Salta, que nos legó obras inolvidables como las Memorias de un policía.

Sin embargo, la tarea de extensión cultural del inquieto comisario parece que no se detiene en la escritura. Al contrario, todo indica que avanza sobre el habla ciudadana, ese universo de fonemas en donde parece que ya no rige ninguna regla, ni de urbanidad ni de respeto.

No me llame 'cana'

En concreto, el comisario Lami ha dicho que la palabra «cana» -para referirse a la Policía (institución) y al policía (individuo)- «es una palabra incorrecta que predispone a prejuicios».

Para Lami, llamar «cana» a un miembro de la fuerza policial no refleja el necesario respeto que se debe a las personas.

Aunque el ofendido comisario no ha aclarado a qué tipo de prejuicios se refiere, su indignación seguramente obedece a que la palabra «cana» evoca, para el salteño medio, lo peor de la profesión policial: la delación, la venalidad, las torturas, la clandestinidad, el desprecio por los derechos humanos, la mala educación, la zafiedad, la arbitrariedad, los abusos de poder, la violencia y, si se quiere también, la baja condición social.

Es evidente que el comisario Lami tiene toda la razón del mundo en cuanto a los ecos peyorativos de la palabra «cana», pero ninguna al solicitar su destierro total de nuestro lenguaje cotidiano, ya que si los policías no quieren ser etiquetados como «canas» y ser relacionados con ciertos atropellos, quienes deben cambiar de actitud son los canas -incluido el señor Lami- y no los ciudadanos que se refieren a ellos con este nombre.

Si el señor Lami no se entrega inmediatamente a la tarea de mejorar el desempeño de los suyos, quedará ante la opinión pública como un acomplejado, como alguien a quien el mote de «cana» lo coloca en una clara y dolorosa situación de inferioridad social.

Y si no tiene complejos, antes que colocarse los galones de académico de la lengua, debería estimular el orgullo de sus muchachos y animarlos a llevar en los desfiles una camiseta con la leyenda: "Soy cana, ¡y qué!", al estilo de las que se ven en otros coloridos desfiles del orgullo, en donde los muchachos dicen, con sencillez y sin tanto complejo, "Soy puto".