
Pero si juzgamos esta situación por el titular periodístico que dice: Mal momento para los motochorros, y le sumamos el insólito contenido de la noticia que afirma que a estos delincuentes se les ha echado encima «la crisis», por la mayor eficacia de los controles policiales, se abren unos enormes interrogantes.
¿En verdad se puede hablar de «mal momento» para los motochorros más o menos con el mismo lenguaje que se emplea para lamentar el mal momento de los agricultores o de las maestras jardineras?
El mundo del delito interactúa con la esfera de las personas decentes como en un juego de suma cero. Es decir, si a los motochorros les va mal, automáticamente le va mejor a los que no se dedican a cultivar el antiguo arte de «la uña». Por tanto, noticia sería en cualquier caso el alivio que experimenta el ciudadano honrado y la ciudadana honrada por el hecho de que el delito callejero tenga menos oportunidades.
Sin embargo, lo que a la prensa interesa destacar no es el buen momento de la ciudadanía legal sino el «mal momento» de los motochorros. Curioso asunto, sin dudas.
Cualquier persona con dos dedos de frente, al leer un titular como este podría exclamar con absoluta legitimidad: «¡Que se jodan!», pero de la forma en que el diario ha presentado el asunto, muchos pueden caer en la trampa y pensar: «¡Hasta dónde llega esta maldita crisis que ya ni los motochorros pueden vivir de su oficio!»
Si miramos las cosas así, es posible que lo que estén haciendo los motochorros ahora mismo sea calcular con reloj en mano cuánto le falta a Macri para dejar el perverso gobierno que los ha hundido en la miseria y los mantiene como víctimas de la persecución policial. «Cuando jure Cristina, volveremos... como ella», piensan seguramente los motochorros hoy crucificados por la crisis.
¿Se le puede llamar «crisis» al cumplimiento de su deber por parte de la Policía? Porque si esto es crisis, es mejor que se quede, que no se acabe nunca.
Mejor que se vayan los motochorros y que desparezcan de nuestras calles, aunque con su desaparición provoquen algunos ajustes de plantilla en ciertos medios de comunicación que han acertado a convertir lo que ellos llaman «violencia y despojo» en un nuevo género de la poesía urbana.
