Las garzas mutuamente seducidas de El Tribuno

  • El principal diario de Salta convierte en noticia a un hecho natural, al tiempo que naturaliza las peores patologías sociales. Curiosa forma de ver la vida, sin dudas.
  • ¡Viva la sexualidad natural!
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De vez en cuando el diario El Tribuno de Salta sacude la ancestral mansedumbre de sus lectores con titulares a los que involuntariamente candidatea para una antología universal del absurdo.


Es el caso de la noticia publicada hoy que lleva por título el siguiente: Dos garzas se sedujeron, anidaron y tuvieron pichones en El Tribuno.

Al parecer, la regularidad de la naturaleza es noticia para El Tribuno. El apareamiento de dos individuos de la misma especie llama la atención a sus redactores más que, por ejemplo, la unión sexual entre un papagayo y una serpiente cobra. Eso sí sería noticia.

Lo más llamativo de este titular es el hecho de la «seducción mutua» de las garzas, un acto técnica y lógicamente imposible, con permiso de lo que puedan decir los biólogos al respecto.

Es más o menos como si alguien dijera que una pareja de seres humanos se violó mutuamente. La seducción es un acto unilateral y unidireccional: parte del seductor y tiene por destinatario o sujeto pasivo al seducido. En el momento en que los dos hacen lo mismo (muestran el deseo de aparearse) la seducción deja de existir.

Si nos fijamos en las definiciones del Diccionario, veremos que seducir comporta una de estas tres acciones:

1. Persuadir a alguien con argucias o halagos para algo, frecuentemente malo.

2. Atraer físicamente a alguien con el propósito de obtener de él una relación sexual.

3. Embargar o cautivar el ánimo a alguien.

Las tres son, fundamentalmente, acciones que se dirigen desde un individuo hacia otro, exclusivamente. Si el garzo quiso seducir a la garza y tras ello se dieron a la tarea de reproducirse, no quiere decir que frente a la seducción del macho la hembra le haya respondido con una seducción inversa. Es decir, que si el garzo se propuso atraer físicamente a la garza para acostarse con ella, es que la garza no pudo proponerse lo mismo, pues en el gesto unilateral del macho ya tenía asegurado el que le gustase.

No se puede seducir a alguien y ese alguien a otro, como no se puede convencer de robar un banco a alguien que lo que busca, a su vez, es convencernos de robar un banco.

Pero quizá la noticia no sea esta sino el hecho de que el apareamiento de los pajarracos se produjo en el frondoso bosque que rodea al complejo editorial. Decir que las dos garzas «anidaron y tuvieron pichones» comporta admitir que algún voyeur las estuvo espiando durante un buen tiempo, algo excitado quizá por la salvaje sexualidad de las aves.

Tal vez para otras cosas -como las injusticias sociales o los crímenes- los periodistas de este diario no estén tan atentos y vigilantes, pero para ponerse a ver cómo copulan las garzas y controlar cuántos huevitos ponen, están de guardia las veinticuatro horas.

Sea como fuere, las garzas apareadas y desovadas forman hoy parte de la gran familia zoológica que ya integraban suri, cata, loro, carrasca y bumbuna.

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