Aberrante es realmente poco

  • Ni 'repudiar' es tan malo como parece, ni lo 'aberrante' representa la máxima degradación moral de las acciones de un individuo. ¿Por qué empleamos tan mal las palabras?
  • La comunicación humana
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La comunicación de fronteras adentro se ha convertido de un tiempo a esta parte en un mosaico de lugares comunes y de palabaras mal utilizadas, mal escritas o con su significado deformado por el uso.

Pocos se dan cuenta de lo que sucede y son todavía menos los que se atreven a denunciarlo, porque entre nosotros -y vaya a saber por qué- la corrección lingüística ha estado siempre relacionada con la pedantería intelectual.

Grave error, porque el lenguaje que hablamos y escribimos todos los días no es patrimonio de los intelectuales (ya quisieran ellos) sino una trabajosa construcción colectiva, abocada seguramente al fracaso si de vez en cuando no se levantaran algunas voces para denunciar los atropellos y los excesos que se cometen todos los días contra nuestro idioma.

Hay que admitir que estas cosas no suceden solo en la Argentina, pero también hay que decir que cuando a los argentinos se les pega alguna expresión incorrecta, son muchísimos los que salen a defenderla. Tantos, que terminan arrinconando a los que verdaderamente saben de qué estamos hablando. Una especie de «justicia» idiomática de mayorías pronuncia sentencias inapelables.

Sucede con la palabra «repudio», que simplemente significa «rechazo» y no esas cosas tremendas que normalmente se le atribuyen.

Pero es más notable con la palabra «aberrante», que se emplea para calificar a los actos más salvajes, desnaturalizados, impiadosos y perversos que el ser humano es capaz de protagonizar.

Sin embargo, «aberrante» no significa nada más grave que algo que se aparta o se desvía de la normalidad o de lo que consideramos usual. Es decir, su significado verdadero sabe a poco, ya que podría utilizarse este adjetivo para calificar cosas realmente nimias como un bolígrafo que en vez de tener una forma rectilínea la tuviera espiral.

Pero no. Para nosotros es «aberrante» la conducta de aquel que con una sádica perversión sexual abusa de su sobrina de once años, mientras la golpea salvajemente con un bate de béisbol y la mantiene colgada de un foco, en presencia de su abuelita de 87 años, que observa la escena absorta.

En nuestro idioma hay, por supuesto, una palabra con la que llamar a los actos o conductas depravados, perversos, o que se apartan de lo aceptado como lícito. Esa palabra es «aberración», que ya es un poco más grave y que, como sustantivo que es, tiene un significado bastante más pesado -por decirlo de algún modo- que su primo hermano, el adjetivo «aberrante».

Se puede calificar, por supuesto, de «aberrante» a un delincuente, siempre que éste se salga de la norma, que con su comportamiento excepcione lo que se considera usual para su profesión. Pero siempre estaremos diciendo muy poca cosa de él. Basta con que lleve un pantalón morado con franjas amarillas para que pueda ser considerado «aberrante».

Pero el mismo sujeto «aberrante» puede ser capaz, además, de cometer «aberraciones», que son conductas que ya no se apartan de la normalidad sino de lo que la sociedad considera lícito y legítimo. Especialmente, cuando se trata de actos o conductas que pueden calificarse de depravados o de perversos.

Por tanto, solo cabe aquí «repudiar» el uso de la palabra «aberrante», por cuanto no es más que el resultado de una adjetivación no demasiado feliz del participio activo del verbo «aberrar», que significa -como no podría ser de otro modo- desviarse, extraviarse, apartarse de lo normal o usual.

Al paso que vamos, nuestra sociedad tendrá dos nuevas «grietas»: una, la que separa a «repudiantes» y «repudiados», y otra, la que haga lo propio con «aberrantes» y «aberrados».