Cuando la enemiga es la verdad

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Hace veinte años, cuando un grupo bastante disperso de salteños, entonces insatisfecho con la pobre presencia de Salta en la incipiente Internet, animó el alumbramiento de Iruya.com, nadie -ni los animadores ni los fundadores- imaginó que un sitio web concebido modestamente para ayudar a fortalecer la débil imagen de Salta a nivel internacional podría llegar a convertirse un día en un bastión de la libertad de pensamiento y de opinión.

Jamás nos propusimos como objetivo ser «objetivos» ni alardear de un compromiso irrenunciable con la verdad, como lo hacen otros con los resultados que son bien conocidos por todos. Pero si tenemos que encontrar una explicación del lugar en que nos encontramos hoy, solo podemos decir que han sido los mentirosos y los negociantes los que, sin quererlo, nos han colocado en donde estamos. Se podrán imaginar que más agradecidos no podríamos estar con ellos.

En los últimos veinte años hemos asistido a un espectáculo muy poco gratificante: el de la consolidación profesional de lo que podríamos llamar provisionalmente deformadores rentados de la realidad, una casta bastante heterodoxa que incluye a varias profesiones y atraviesa unas cuantas generaciones, que poco tienen que ver entre sí, pero que están unidas por el hilo común del clientelismo y el apetito insaciable por las prebendas que irregularmente reparte el poder.

Los deformadores de la realidad, que suelen operar en bloque y con consignas bastante poco flexibles, han escogido desde hace tiempo como enemigo único a la verdad.

Sus objetivos siguen siendo asequibles en la medida en que los consumidores de información -que en los últimos veinte años han aumentado de forma notable- demuestran todos los días una extraordinaria capacidad para tolerar los maquillajes de la realidad, que algunas veces son muy sutiles (casi artísticos) y otras muchas veces son torpes y muy evidentes.

Pero el universo de «informados» -o, para mejor decir, de «informables»- crece sin parar en Salta, en donde los medios de comunicación digitales han entablado una sorda batalla para ver cuál de ellos logra seducir con sus contenidos a jóvenes que hoy tienen entre 13 y 20 años, que parecen ser más exigentes que aquellos, un poco más mayores, a los que los mentirosos lograron manipular con éxito en los últimos doce años.

Los nuevos «informables» son aquellos que acaban de abandonar la candidez y han descubierto que así como a los bebés no los traen las cigüeñas y los Reyes Magos no son quienes dicen ser, el adoctrinamiento obsesivo que han padecido en sus escuelas y colegios forma parte de una estrategia de manipulación del poder, que comienza por la aparentemente inocente operación de disfrazar a su líder de lo que no es, y que continúa por la búsqueda de su propia perpetuación, a costa de los derechos de los ciudadanos, de sus libertades y de su bienestar.

Creer que tenemos lectores y usuarios torpes, influenciables y poco cultivados es el peor error que se puede cometer.

Los «informables» han descubierto su derecho a entender el mundo como mejor les plazca, sin historias oficiales, sin seres providenciales, sin héroes fabricados por decreto. Y, sobre todo, sin gurúes de la información pública que les cuenten lo que ellos bien saben que no es cierto. Y están dispuestos a ejercer este derecho.

Los jóvenes que hoy tienen entre 13 y 20 asumen que se les ha mentido, que se les ha tratado como lo que no son, que se les ha colado por el techo el voto electrónico y que no somos tan ricos, ni tan justos ni tan felices como les habían dicho, y por esta razón buscan nuevos canales para conectarse con la realidad y dejar de ver al país y a la provincia como eternas promesas, jamás cumplidas.

Pero no con la realidad que ven en sus hogares o en sus barrios, sino con esa un poco más esquiva y que está constituida por una telaraña de intereses superpuestos a la que, de tanto en tanto, llamamos «cosa pública».

Para nosotros, no sería de extrañar que nuestro sitio web, que desde hace 20 años persigue como ejercicio cívico contribuir a desnudar las miserias del poder para que los ciudadanos puedan formarse una opinión libre sobre los asuntos que más les interesan, sea considerado una pieza más del establishment. Quisiéramos que no sucediese eso, pero estamos preparados.

Quienes no lo están son los que creen que a los nuevos «informables» se les puede vender la misma moto que en su día le vendieron a sus hermanos mayores. Es decir que quienes perecerán en esta nueva etapa son los que insisten hoy en seguir deformando la realidad a su antojo, para solaz del poder y de los intereses tan tremendamente poderosos como inconfesables, que normalmente se ocultan detrás de una responsabilidad política. Mucho me temo que esta vez, a pesar de las enormes cantidades de dinero público que previsiblemente se gastarán sin control ninguno, el tiro puede salirles por la culata.

Porque al calor de las nuevas demandas de veracidad y de transparencia informativa surgirán nuevas ofertas de contenidos, congruentes con las demandas, que dejarán a los deformadores rentados de la realidad rígidos como estatuas de sal, abandonadas en el futuro Museo del Horror de la Comunicación Pública de Salta.