Los grandes sucesos del mundo a través de los ojos de salteños 'lejos del pago'

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En algunos medios de comunicación digital de Salta, sobre todo en aquellos que no quieren o no pueden pagar los servicios de agencias de noticias o de corresponsales especializados, ha cundido la mala costumbre de contar las noticias más graves que se producen en otras latitudes del planeta a través de la colaboración benevolente (generalmente no rentada y escasamente profesional) de salteños que se encuentran viviendo o de paso en los lugares en donde han ocurrido catástrofes o se han cometido atentados terroristas.

El haber nacido salteño (algo que por supuesto no es malo de suyo) no supone haber venido al mundo con un diploma que acredite habilidades en periodismo o con una extraordinaria capacidad de análisis de lo que sucede en el mundo. Un salteño no especializado puede contar las cosas con la misma habilidad de un búlgaro, de un indonesio o de un canadiense que pasaran de casualidad por un lugar determinado. Dicho en otras palabras, ser salteño (tucumano, mendocino o entrerriano) no supone un refuerzo especial a la credibilidad de un testigo cualquiera.

La moda es discutible por varias razones: la primera, porque el testimonio de ciudadanos normales es útil solamente en las primeras horas del suceso, cuando las informaciones de las agencias o bien no han comenzado a circular o bien lo hacen con la velocidad que impone la prudencia. Pero no es tan útil ya cuando han pasado varios días del acontecimiento y leemos titulares como «Enterate como vivió este salteño el mortal atropello de Niza». Lo que tiene valor como curiosidad carece generalmente de importancia informativa.

La segunda razón es que la generalización de este recurso lleva a pensar que los medios en cuestión prefieren el testimonio aislado de una persona -a condición de que sea salteña- y que no tienen intención de pagar a un periodista especializado para que se desplace al lugar de los hechos, o una suscripción estable a las agencias de noticias más importantes del mundo.

La tercera razón tiene que ver con la falta de especialización del observador, que aporta generalmente una visión precaria y fragmentaria del acontecimiento. Una visión que generalmente se traduce en comentarios inútiles o subjetivos que terminan deformando el suceso, restando o magnificando su gravedad. «Mientras las bombas estallaban al lado mío, yo permanecía fuertemente asido a mi termo, mi mate y mi bombilla», o «doy gracias a Dios por haber nacido en una tierra tan pacífica como Salta».

La cuarta es que los improvisados reporteros ocupan un tercio del espacio concedido por el medio para hablar de su experiencia en la catástrofe y los dos tercios restantes en hablar de sí mismos y de sus logros en el extranjero, como si se tratara de un espacio de publicidad personal previamente contratado. «Me encuentro en Turquía porque antes fui a estudiar los pajaritos a Irlanda, luego a trabajar como camarero en Manchester, a donde llegué después de ser investigador en ondas gravitacionales del Instituto Max Planck, en Munich».

Y, finalmente, la quinta. La exploración de un suceso cualquiera privilegiando el origen nacional o el lugar de nacimiento del narrador revela una forma deficiente de abordar la realidad, cuando no una renuncia inmediata a la riqueza y al pluralismo informativo. En un 99 por cien de los casos, es preferible informar con dos líneas que deformar la realidad pretendiendo elevar a verdades absolutas lo que pasa por el filtro de unas subjetividades a las que solo damos crédito por considerarlas muy parecidas a las nuestras.