Paleontología de la privacidad electrónica: de los militares a los militantes

A la memoria de mi padre, a 105 años de su nacimiento, ocurrido tal día como hoy del año 1910.

En más de una ocasión me he referido en estas mismas páginas a las redes de radioaficionados como las auténticas precursoras de las redes sociales que hoy todos conocemos.

Hace cincuenta años, la radioafición era ya una actividad bastante conocida por el común de las gentes pero practicada solo por un puñado de entusiastas. Quienes abrazamos esta afición nos diferenciábamos del resto, no solo por nuestro carácter, nuestro oído selectivo y nuestros hábitos nocturnos, sino también por unas aparatosas instalaciones aéreas en el tejado de nuestras casas.

Hacia 1975, quien esto suscribe empleaba no poca parte de su tiempo en navegar por el éter (expresión hoy caída en desuso), buscando siempre echar el ancla en alguna frecuencia que hospedara a otros seres humanos con inquietudes e intereses similares a los propios. Gente muy diversa, plural, como se dice ahora, unida sin embargo por una devoción compartida por la comunicación y una marcada inclinación por la solidaridad.

Los radioaficionados de entonces éramos muy conscientes de que prestábamos un servicio a nuestros semejantes, especialmente mediante el tráfico de mensajes en casos de catástrofes o emergencias. Sentíamos también que esta noble actividad -considerada por muchos un simple hobby o pasatiempo- era útil para el país, en la medida en que nuestro entrenamiento permanente se combinaba con nuestra vocación cívica de cooperación en situaciones de estrés nacional.

Los devices de entonces eran -¡qué duda cabe!- muy diferentes a los de ahora. Sin embargo, permanecíamos enganchados a ellos tanto o más de lo que lo estamos hoy a nuestros teléfonos móviles o nuestras tablets. La electrónica había emprendido ya el camino de la miniaturización y los equipos eran, bien es cierto que a su modo, tan sofisticados y portátiles como los que hoy empleamos para comunicarnos con los demás.

Recuerdo en particular una ocasión en que, con mi padre a los comandos del dial, establecimos una comunicación transoceánica con un pariente desde nuestra estación móvil. No sin sacrificio y con una audacia a la altura de su carácter, mi padre había equipado su viejo Fiat 125 con un modestísimo transceptor japonés de 180 vatios y una antena casera hecha con una bobina de hilo de cobre y una vara de acero que desafiaba al viento. Aún así, un cierto día de diciembre de 1976, desde aquel auto destartalado, estacionado en la playa del antiguo supermercado El Chango (lo que es hoy el Centro Cívico Municipal), pudimos entablar una comunicación memorable, casi inverosímil por su calidad, ante la mirada incrédula de un grupo de curiosos que se preguntaría qué diablos estábamos haciendo mi padre y yo dentro de aquel auto.

Al finalizar la comunicación, dirigiendo su mirada hacia los curiosos, me dijo mi padre: «Si le cuentas a alguno de estos que acabas de hablar por radio desde este mismo auto al teléfono de tu hermano en Madrid, nadie te lo va a creer».

Por aquel entonces (finales de 1976) las comunicaciones telefónicas a otros continentes desde Salta no solo eran azarosas, lentas e infrecuentes sino también carísimas e inseguras. Hoy, basta con un smartphone y una buena conexión para entablar comunicaciones de voz gratuitas a cualquier país, por Whatsapp o por Skype; sin ruidos, sin interferencias y, lo que es más importante, sin provocar la curiosidad de nadie.

Muchas cosas han cambiado desde entonces. La tecnología ha evolucionado de forma notable, desde luego, pero la curiosidad humana -especialmente la malsana- sigue siendo, en el fondo, la misma.

En aquellas épocas ya existía el espionaje electrónico. Las bandas de radioaficionados eran escudriñadas de forma silenciosa y regular por oscuros agentes de los servicios de inteligencia y de forma no tan silenciosa por estaciones militares y radioaficionados civiles conocidos por sus estrechos lazos con los cuarteles y sus simpatías con el régimen de turno. Casi todos sabíamos quiénes eran y a lo que se dedicaban. Por supuesto, había que cuidarse de ellos.

Afortunadamente para los radioaficionados genuinos y desgraciadamente para los intrusos, el contenido de nuestras redes era modélico: solo experimentación, solidaridad, amistad y cultura. Nada de política, de ideología, de negocios o de religión; es decir, nada que pudiera proporcionar alimento a los buzos tácticos de la delación organizada. Aun así, la actividad de estos espías era intensa y, por lo que sospechábamos, también generosamente remunerada.

A diferencia del actual, el espionaje electrónico de aquellas épocas no dejaba ninguna huella. Bastaba con permanecer a la escucha, sin emitir una sola señal. No había direcciones IP, ni proxies, ni logs, ni software especializado. Bastaba con un receptor de onda corta con capacidad para recibir single side band y un alambre como antena (que tranquilamente se podía disimular entre los árboles) para auscultar las frecuencias de un modo sigiloso y enterarse así de los intercambios de otros. Eran las reglas del juego.

Los que conocimos aquel sistema aprendimos no solamente que las comunicaciones electrónicas son vulnerables casi por definición sino también que no debemos comprometer innecesariamente nuestra privacidad en ellas. A nadie que haya practicado alguna vez la radioafición de una forma responsable se le ocurriría exponer su vida íntima, su agenda de contactos, sus documentos privados o sus movimientos, como cientos de millones de personas lo hacen hoy al utilizar teléfonos móviles inteligentes. Los espías de entonces tenían que hilar muy fino para reconstruir nuestra personalidad, nuestra historia y nuestras actividades a partir de los pocos datos que compartíamos en aquellas redes primitivas.

Hoy, sin embargo, cualquiera que espíe nuestros dispositivos o escarbe en nuestros perfiles puede enterarse al dedillo de lo que hacemos, de lo que pensamos y hasta de lo que deseamos. Pueden hacerlo, claro está, si se cumplen al menos estas dos condiciones: 1) que el dueño del dispositivo o del perfil sea un irresponsable exhibicionista, sin sentido del pudor o del ridículo, que piensa que está comunicando con los demás a través de una manguera; 2) que el stalkeado no sea un radioaficionado veterano, como el que suscribe (o miles como él), que, enterado de qué va la vaina, utiliza su teléfono móvil solo para llamar a los bomberos en caso de incendio y las redes sociales con cuentagotas.

Hace cuarenta años, los partidarios de la comunicación sin fronteras y de la libre circulación de las ideas debíamos cuidarnos de los militares que, embozados o no, buscaban enemigos generalmente donde no los había. Hoy en cambio debemos cuidarnos de sus sucesores naturales: los militantes; es decir, de aquellos que, como los militares de antaño, aborrecen y persiguen a los que piensan sin andadores ideológicos; de aquellos que, si les dieran a elegir, preferirían silenciarnos hoy con los métodos que sus antecesores aplicaron ayer.

Me niego a creer que el espionaje electrónico de nuestras comunicaciones y de nuestra vida sea una especie de peaje que estamos todos obligados a pagar por el solo hecho de utilizar las nuevas tecnologías. No hay nada de ineluctable en la violación de la ley.

Al contrario, creo que es la alegre la irresponsabilidad de algunos (los frívolos) y la maldad de otros (ciberdelincuentes o ciberterroristas) la que alienta y da motivos a los enemigos de la libertad para inmiscuirse sin derecho en los aparatos de todos. Cuando como ciudadanos o consumidores renunciamos a ejercer nuestros derechos y hacemos dejación de nuestra responsabilidad, los enemigos de la libertad de elegir rápidamente toman nota de nuestra debilidad y avanzan sobre nosotros. No debemos permitirlo.

Si no queremos que las redes sociales pasen a la historia como la «imbecilidad organizada», como agudamente las ha definido Javier Marías; si no queremos que la frivolidad, la malicia, la militancia ideológica o el fanatismo religioso arruinen las herramientas que hemos inventado para comunicarnos mejor, tendremos que hacer, como los viejos radioaficionados, un esfuerzo sostenido entre todos para concienciar y concienciarnos de que nuestra información más íntima y sensible no debe quedar almacenada en unos aparatos y circular por unas redes que hoy solo controlan los gobiernos más poderosos y las grandes corporaciones tecnológicas.

Un esfuerzo, en definitiva, por defender el valor de nuestra libertad de crear, de pensar y de compartir, como cimiento de la convivencia en una sociedad abierta, transparente y rica en matices, y por comprender que sin libertad individual y sin respeto por nuestra intimidad, la dignidad humana, ese valor espiritual y moral inherente a la persona, es imposible.