El secuestro extorsivo del seminarista

  • Una historia de ficción sirve para poner de relieve la insensibilidad o la tibieza episcopal en relación con ciertos crímenes que provocan injusto sufrimiento en nuestros semejantes.
  • Ficción religiosa
La siguiente es una historia totalmente simulada. Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad.

De madrugada, un grupo de bebedores callejeros de una importante ciudad del norte de la Provincia de Salta, encuentra en la calle a un joven realizando una silenciosa y solitaria peregrinación entre las diferentes iglesias de la ciudad.

Al ver al joven transido de la emoción, arrodillado frente al atrio de una modesta iglesia, los bebedores, que venían entonando bagualas y bebiendo a pico de unos tetrabriks, lo rociaron de una mezcla de vino blanco y orina espumosa, al tiempo que le proferían toda clase de insultos.

Como si la cosa no fuera con él, el agredido continuó en lo suyo y cada vez con mayor devoción desgranaba sus oraciones frente a los sagrados lugares. Los agresores, que esperaban una reacción del joven, se sintieron frustrados y desautorizados.

Uno de ellos propuso al jefe de la pandilla llevarse al joven rezador a una vivienda abandonada que ellos conocían bien y que en ocasiones utilizaban como aguantadero, para hacerle sentir allí un poco del «rigor salteño».

Acto seguido, entre los seis borrachines rodearon al joven que, aún arrodillado, les preguntó qué querían. Por toda respuesta recibió un rodillazo en la nariz que lo hizo sangrar abundamentemente.

Lo tomaron por el cuello de la camisa, le ataron las manos con un alambre herrumbrado que encontraron en las inmediaciones y lo condujeron al lugar que habían planeado.

Una vez allí lo desvistieron, le dieron a beber vino picado y lo dejaron atado, de pie, a una viga que sostenía una techumbre casi derruida. Le preguntaron a qué se dedicaba y respondió: «Soy seminarista, pueden preguntarle a mi Obispo».

Como el hombre no llevaba encima ni cadenas, ni cruces ni medallas, los improvisados secuestradores dudaron de su palabra. Con un cuchillo de tipo «sierrita» le cortaron parte de la oreja izquierda y decidieron enviársela al Obispo, con un mensaje que decía: «Tenemos en nuestro poder al seminarista M. L. G. Si no nos paga 750.000 pesos y un pack de 36 ladrillos de Vino Animaná, éste jamás llegará a dar misa».

Recibida la nota extorsiva por el Obispo, junto al trozo de oreja, este la ignoró, pensando que se trataba de una broma de mal gusto, a pesar de que M. L. G. llevaba varios días sin aparecer por el seminario y sin cumplir con sus obligaciones diocesanas.

Los secuestradores, ni lerdos ni perezosos, procedieron a cortarle al seminarista dos falanges del dedo mayor de la mano derecha, que mandaron inmediatamente al prelado. Este, un poco más preocupado, decidió pedirles a los captores una «prueba de vida» de la víctima.

Con un viejo Samsung de frontera grabaron entonces un vídeo en el que se ve a M. L. G. semidesnudo, atado a un palo, con rastros de sangre en una de sus mejillas. A pedido de sus captores, el hombre improvisó un mensaje dirigido a su Obispo, que comenzó con una invocación a la virgen de Yariguarenda, pero que apenas pudo terminar a causa de una persistente tos que interrumpió varias veces su discurso.

Cuando el Obispo vio el vídeo, le pidió a su adjutor que le grabara otro dirigido a los secuestradores. El mensaje, que duró unos pocos segundos, solo decía: «Por favor, tápenlo a M. L. G. con una frazadita. No vaya a ser cosa de que con estas temperaturas se le agrave esa tos que tiene».

Moraleja

Salvando las distancias, esta fría reacción del Obispo de fantasía es la misma que tuvo el Obispo real de Orán, señor Gustavo Zanchetta, quien después de comprobar que miles de sus fieles estaban sufriendo horrores por el corte de ruta dispuesto arbitrariamente por un grupo de bagayeros que se encuentran fuera de la ley, en lugar de condenar el delito (que además es pecado mortal), se dirigió a los citados bagayeros, no para lanzarles un anatema fulminante en nombre de Dios Nuestro Señor, sino para pedirles, con la tibieza con la que nos tiene acostumbrados, que «flexibilicen» el corte de ruta.

Cualquier otro Obispo, en circunstancias parecidas, habría enviado al infierno a los secuestradores de caminos, sin atenuantes, previo paso por la oficina del Fiscal Federal para denunciar unos hechos que son gravísimos en un país en donde existen leyes y autoridades para aplicarlas.

Pero este de Orán, prefirió decirles a quienes estaban perpetrando el delito: «Paren la mano, muchachos», que es más o menos como pedir que a un mártir tosiente, en lugar de liberarlo sin condiciones, sus secuestradores le pongan «una frazadita» para evitar que se constipe.

Obispos sensibles y con autoridad eran, sin dudas, los de antes.