Si un terremoto de un potencial destructivo similar al de hoy, en vez de haber ocurrido un 17 de octubre, lo hubiera hecho un 13 de septiembre, la feligresía salteña hubiese atribuido, sin dudar, al Señor y a la Virgen del Milagro el prodigio de haber mantenido los edificios en pie y evitado un tendal de víctimas humanas. Pero tratándose de un día tan señalado como el de hoy (70 aniversario del Día de la Lealtad), el escueto balance de daños y víctimas ya no puede atribuirse solamente al correcto funcionamiento de la póliza antisísmica que todos los años renueva el señor Arzobispo bajo una lluvia de pétalos de rosa, sino también a la suprema intercesión de esos otros «santos» que son Perón y Evita.
Las deidades del peronismo (algunos suman a Néstor a la triada) no podían permitir bajo ningún concepto que un pueblo tan leal y al mismo tiempo tan devoto como El Galpón sucumbiera bajo los escombros por un terremoto de tres mangos. Esta mañana quizá fue Evita la que «mudando de colores», pidió por la libertad de este pueblo.
Al General, por su parte, no le hubiera agradado nada que ese viejo pueblo rural, de sufridos vaqueros y agricultores tenaces, hubiese desaparecido del mapa, pues con él se habrían borrado las huellas del mejor Cástulo Guerra (padre), que en plena campaña de las internas peronistas de 1983 calificó sucesivamente a la caudilla del pueblo como «vieja traidora» y «vieja matrona» con solo una semana de diferencia entre sus discursos.
Perón y Evita mandaron a su hijo unigénito a El Galpón para que el hombre hecho dios o el dios hecho hombre se mezclara con el pueblo y cargara con la cruz del sufrimiento. El Hijo cumplió con su cometido y prometió a ese pueblo rabiosamente peronista que se pondrá de pie en menos de lo que canta un gallo en la cercana localidad de Las Víboras.
Tan fugaz y fructífera fue la presencia de este sorprendente hijo de Juan y Eva (que lo fuera antes de Rodolfo y Licha) que en cuestión de horas El Galpón recobró la calma y su Intendente se recuperó milagrosamente de un estado de shock catatónico a cachetazo limpio.
Para esta hora (las 18) se espera que vuelva la luz a El Galpón. Una luz artificial que hará desaparecer las escasas sombras de una jornada que empezó con un terremoto de 6 puntos de la escala de Richter, pero que finalizó con una demostración de fervor peronista de aquellas que no se recuerdan desde las ya lejanas visitas de Cástulo Guerra y de su compañero de tribuna, Marcelino Arias Esquiú.