El Concejo Deliberante de la ciudad de Salta constituye, en sí mismo, un vasto terreno de estudio para los científicos. Pero no para los politólogos o los sociólogos, como se podría suponer, sino para los forenses especializados en la anatomía patológica del cerebro, que son los únicos capaces de establecer realmente la relación que existe entre las lesiones cerebrales y la enfermedad mental. El problema comienza cuando se constata que los concejales salteños tienen más preparación que muchos de los parlamentarios europeos de Estrasburgo. Pero se agudiza cuando los mismos concejales, reunidos se creen, efectivamente que son el Parlamento Europeo, o el de Westminster, y se dedican a fantasear en niveles políticos y filosóficos inasequibles al común de los ciudadanos, en vez de dedicarse a las tareas (modestas) que la ley les ha asignado.
La eficiencia de un órgano de esta naturaleza (llamémosle «comisión vecinal ampliada») se mide por la ratio entre el número de sus actos normativos con eficacia obligatoria (las ordenanzas) y sus gestos declarativos (sus meras expresiones de deseo). Cuando esta ratio supera la cota del 1:4, estamos en presencia de un órgano ineficiente, integrado presuntamente por charlatanes.
Otro elemento disfuncional, aunque no exclusivo del Concejo Deliberante, es que sus integrantes lo que quieren es gobernar; es decir, mandar, ordenar y administrar un presupuesto voluminoso, como lo hace el Intendente, o aun mejor, el Gobernador de la Provincia o la Presidente de la Nación.
Por esta razón es que gastan horas muy valiosas de su tiempo elaborando proyectos de declaración que son verdaderos programas de gobierno encubiertos.
Un ejemplo de candidez
Vamos a poner como ejemplo la declaración recientemente aprobada por la cual el Concejo Deliberante de Salta solicita al gobierno provincial (bajo la consabida fórmula del «vería con agrado») que «se priorice» el Centro de Salud Nº 15 del barrio Castañares.Es evidente que el Concejo nada puede resolver al respecto, pues no tiene facultades ni competencias sobre los centros de salud que funcionan en la ciudad. Sin embargo, le pide al gobierno que contrate médicos en diferentes especialidades, que aumente los turnos diarios, que se mejore la provisión de material sanitario y que se amplíe el edificio. Ya puede imaginar el lector, que con la mención de solo la mitad de estas «iniciativas», los vecinos de Castañares aplauden a rabiar a sus concejales, sin darse cuenta que lo que acaban de hacer es escribirle una carta a los reyes magos.
Pero la cosa no se detiene ahí, porque por pedir no se pierde nada. Entonces se desciende al detalle: contráteme profesionales para pediatría, psicología, kinesiología, cardiología, odontología, neurología y personal para el área de laboratorio; cómpreme «insumos» para el laboratorio, renuéveme el instrumental y, por si todo esto fuera poco, le pido que me amplíe el edificio.
Vamos, que la cuestión no es hacer una declaración incompleta o poco atractiva. Hay que hacer que el Centro de Salud de Castañares quede -por lo menos en el plano onírico- mejor que el hospital Mount Sinai de Nueva York.
Pero ¡atención! Todavía falta lo principal: los concejales piden para el referido centro sanitario una bandera de ceremonia con su correspondiente tahalí. ¿Qué ceremonias se realizan en un centro de salud? Como no sea el rezo de responsos, la declaración de necesidad de una bandera y de un abanderado en un centro donde faltan médicos para las especialidades más básicas es casi un sarcasmo, un chiste de mal gusto. Tal vez hubiera sido más lógico solicitar un crucifijo, ya que a la bandera -símbolo respetable donde los haya- no se le conocen poderes curativos.
¡Imagínense si la declaración surte efecto! Si el gobierno accede a lo solicitado, los concejales harán como esos automovilistas vivillos que se cuelan detrás de las ambulancias y aprovechan el tráfico despejado. Se apuntarán el tanto ellos y seguirán su marcha hasta la próxima declaración.
Cuando tienen que enfrentar la realidad
Así cualquiera es concejal. Mañana también se puede aprobar un proyecto de declaración en la que se vería con agrado que el Papa redactara una encíclica sobre la injusticia social en el Himalaya; otro para instar a Obama a enviar más tanques a Ucrania y otro para solicitar al presidente de la FIFA que sancione como «gravemente ultrajante» la agresión sufrida por Edinson Cavani.En términos estrictamente jurídicos, «la visión con agrado» de los concejales no tiene límites. No tiene por qué ceñirse al gobierno provincial o a los legisladores nacionales.
Ahora bien, cuando hay que enfrentarse a los carreros, a los empanaderos, a los vendedores ambulantes, a los grafiteros, a los milaneseros, a esos que viven cerca de nosotros (juntos pero no revueltos) nuestros concejales entran en profunda depresión.
Tan bonitas les salen las declaraciones que es una auténtica pena que las ordenanzas aprobadas resulten inaplicables. A muchos les gustaría convertir las declaraciones en ordenanzas urbi et orbi, pero la realidad hace lo inverso: que las ordenanzas se conviertan en declaraciones; es decir, que carezcan de aplicación práctica y se queden en una simple expresión de deseos.
Cualquiera se sentiría frustrado, pero nuestros concejales no. Porque ellos son «políticos». Es decir, que cuando terminan de revisar expedientes «legislativos» (como a ellos les gusta llamarlos), se dedican a la «política», o a lo que ellos llaman así y que consiste en analizar el complejo ajedrez del poder, en cuyo tablero ellos se sienten alfiles y no peones.
En esta tarea todos brillan. Churchill queda reducido a un simple aprendiz de brujo frente a estos estadistas de alturas dialécticas inconmensurables que continuamente se miran al espejo para preguntarse: ¿Qué hago yo aquí negociando con los carros chocleros cuando debería estar codéandome con Hollande y Angela Merkel? ¿Por qué tengo que arrastrar mi fama por estos pasillos llenos de tierra cuando podría estar brillando con luz propia en la cúspide del mundo?
Qué duda cabe de que el mundo necesita soñadores como estos, capaces de aprobar las declaraciones más perfectas para asegurar la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación. Pero también necesita gente preparada para enfrentar la realidad y resolver los problemas. Y de eso, créanme, aquí no vamos a encontrar.