A mediados de la década de los años setenta del pasado siglo, la ciudad de Salta fue visitada durante algunos días por un agudo observador del marketing visual, que había forjado su oficio en las más grandes capitales del mundo. Enorme fue su sorpresa al comprobar que, en Salta, una mayoría de comercios pequeños y a veces hasta minúsculos ofrecían sus mercancías a través de pizarras que se colocaban en las veredas.
No eran anuncios fijos, ya que las pizarras se borraban y volvían a escribir con cierta periodicidad, pero lo que llamó la atención de nuestro visitante no fue ni la frecuencia de los cambios ni el tamaño de la letra sino la variedad y la extravagancia de la oferta de productos.
Muchos comercios vendían al público medicamentos, revistas, cohetes, empanadas, preservativos, golosinas, material de oficina, ropa interior femenina, mapas, zapallos y productos de repostería casera, sin especializarse en nada en particular.
En las pizarras se podían ver combinaciones auténticamente «bizarras» como por ejemplo «diarios y maicenas», «golosinas pirotécnicas», o «empanadas y gillettes». Lo cual en cierto modo era ya un avance, pues un almacén de la calle Alvarado al 2300, pasando la vía, solo vendía nueces y eso era lo único que figuraba en su pizarra. Otro comerciante de Cerrillos, en su peor época, tenía una abundante oferta de gomas para fabricar hondas y naranjas, pero como única mercancía.
La conclusión de nuestro ocasional visitante fue que el comercio en Salta estaba bastante poco especializado, pero no tanto por la incapacidad de los comerciantes para seleccionar un buen producto al que dedicarse de lleno, sino por la amplia permisividad municipal, ya que, a la hora de habilitar los comercios, la autoridad les daba una especie de carta blanca para vender, incluso blanca.
Casi en cualquier lugar, los transeúntes podían comprar corpiños y medias de mujer junto con sandwiches imperiales de lechuga y ternera. A veces hasta se los podía llevar envuelto juntos. Eso es lo más normal del mundo en Salta.
O más bien lo era, hasta que la Municipalidad elevó al rango de crimen de lesa humanidad una falta administrativa casi intrascendente a la que bautizó con el pomposo nombre de «distorsión de rubro».
Se trata de algo que no es mucho más grave que una simple transgresión, normalmente por exceso, del ámbito objetivo del sector de actividad contemplado en la habilitación concedida. No es como el curandero que finge ser médico, por ejemplo.
De hecho, en otros países se llama a este fenómeno con el nombre un poco más comprensible de «actividades no amparadas en la licencia».
Así por ejemplo, en los bares los clientes no pueden celebrar fiestas, en las playas de estacionamiento no pueden estacionar los carros de los vendedores ambulantes, en las peñas folklóricas no se puede tocar rock, y cosas por el estilo.
Cualquier mínima desviación de los términos de la habilitación municipal es motivo de clausura inmediata.
Es decir, que se ha pasado de la permisividad casi total (las categorías mercantiles con fronteras porosas) a una rigidez administrativa absoluta (las categorías mercantiles separadas por muros de cemento). Y todo, porque suena muy bien decir que a determinado comerciante le han colocado fajas de clausura por «distorsión de rubro».
Un «distorsionador de rubro» ocupa el lugar más infame en la escala social. Por debajo de él solo están los pedófilos y los genocidas.
Ya no cuela eso de actividades «afines». Entre otros motivos, porque al «afine» solo se dedican ya en Salta unos pocos aficionados al piano y algunos talleres mecánicos especializados en motores de más de cuatro válvulas. Todo lo demás, en vez de «afine» se ha convertido en un «afane».
La nueva política municipal no solo está encaminada a hacer cumplir las ordenanzas vigentes sino también a hacer que Salta pierda esa imagen de mercado oriental sui generis que la atormenta desde hace tiempo.
No aquí camelleros sino carros chocleros, en el centro no hay princesas sino mecheras. Los malabaristas y encantadores de serpientes han sido sustituido por los vendedores callejeros de embutidos y cachorros (que también operan juntos) y el paso solemne el Califa visitando el mercado es ya una ilusión desde que ha cambiado el Intendente.
Ya casi no se escucha el canto de los mendigos (tengo hambre, tengo frío, tenga usted piedad de mí), ni la melodía de la princesa (sustituida por los pitos policiales cuando es atrapada una mechera) y la caravana de los camelleros alejándose, simbolizando el final del mercado en el crepúsculo ha cedido su lugar en la historia a los operativos de tránsito en caso de ablación de órganos.
Desde que nos visitara aquel experto, que anotaba todo en una libretita verde, muchas cosas han cambiado a peor en la ciudad de Salta.