Federalismo, competitividad y cohesión territorial (desmintiendo a Urtubey)

  • En Bahía Blanca, Urtubey le ha dado la vuelta como un calcetín a la idea federal, que es bastante antigua y que, para ser sinceros, ha evolucionado bastante poco desde su primera formulación.
  • El federalismo, como poesía

Leo esta mañana en los diarios argentinos que el gobernador Juan Manuel Urtubey ha precisado -por decirlo de algún modo- su idea de federalismo en la ciudad de Bahía Blanca, en donde se ha reunido con empresarios agrupados en la Unión Industrial de aquella ciudad bonaerense.


Al parecer, y por razones que cualquiera podría comprender con bastante facilidad, Urtubey (Juan) tiene abiertas las puertas de todas las uniones industriales regionales del país, y hoy por hoy los empresarios son la base de su campaña. Sobre todo después de que el sindicalista camionero salteño Jorge Guaymás le colgara a nuestro Gobernador -un poco injustamente, para mi gusto- el siempre desdoroso cartel de antiobrero.

El caso es que -según el aparato de comunicación del gobierno provincial de Salta- Urtubey (Juan) dijo a su audiencia bahiense que «el federalismo se discute sobre la competitividad de las empresas en cada una de las regiones de Argentina. Ahí está la Argentina federal».

El nuevo Alexander Hamilton que tenemos en Finca Las Costas le ha dado la vuelta como un calcetín a la idea federal, que como algunos saben es bastante antigua y que, para ser sinceros, ha evolucionado bastante poco desde su primera formulación.

Sinceramente, no imagino a los suizos o a los austriacos pensando en la competitividad de sus empresas a la hora de decidir cómo organizar políticamente sus territorios. Pero si lo dice Urtubey, habrá que concederle -como algunas veces hacen los jueces del Tribunal de Juicio- «el beneficio de la duda».

La misma información que he leído dice que Urtubey remató su intervención ante los industriales del Sur con una frase cinematográfica: “Esa es la visión de país que tengo”.

Si realmente Urtubey tuviese algo de humor judío (que difícil que lo tenga), habría agregado a continuación y sin apenas respirar: “Y si no les gusta, tengo otras”.

Hasta que Urtubey (un falso Groucho Marx) no pronunció estas contundentes frases, no se sabía en el ancho mundo de la teoría política que el federalismo fuese un asunto económico, ya que siempre fue político, y a mucha honra.

Se podría decir incluso más: que los constituyentes argentinos de 1853 no quisieron fundar un impracticable «federalismo económico» y, al contrario, lo que pretendieron alcanzar es la unidad económica del país, sin distinciones de ninguna naturaleza entre los diferentes territorios.

Así lo demuestran el artículo 9º (que suprime las aduanas interiores), el 10º (que establece la libre circulación de las mercancías en el interior del territorio y consagra a estos efectos el principio de unidad de mercado), el 11º (que suprime los derechos de tránsito entre provincias), el 12º (que consagra la libertad de circulación interior de los buques), el 14º bis (que establece la unidad del mercado de trabajo en todo el territorio nacional, sin distinguir ni permitir particularidades locales), el 17º (que regula sin matices regionales el estatuto básico de la propiedad privada, complementado luego por un único Código Civil), el 26º (referido a la navegación de los ríos interiores), el 42º (que enumera los derechos del consumidor), el artículo 126º (que prohíbe a las provincias dictar leyes en materia de comercio, o navegación interior o exterior, establecer aduanas provinciales, acuñar moneda, establecer bancos con facultad para emitir billetes, dictar leyes sobre bancarrotas o establecer derechos de tonelaje).

El asunto parece estar bastante claro, aunque claro también está que si la idea del federalismo se basa en la competitividad, lo que plantea Urtubey es que cada provincia pueda tener sus propias normas laborales, su propio banco central y su propia moneda, sus aduanas, y su mercado interior, que forman algo así como el abc de la competitividad.

Pero aun así, eso no sería federalismo sino más bien sedición (a la catalana) o secesión, dependiendo del humor que tenga cada uno al interpretar los hechos.

Pero como todo se puede interpretar (y me va a perdonar el Gobernador que lo haga), creo que lo que quiso decir Urtubey es que él pretende un territorio más cohesionado en materia social y económica, pero eso difícilmente pueda tener el nombre de «federalismo», pues en ningún país que ha adoptado una forma parecida de descentralización territorial del poder se llama de este modo.

Pero para lograr este objetivo, no es suficiente con lo que pueda hacer el gobierno central por las economías periféricas. Me habría gustado que Urtubey hablase del nivel de inversión productiva real en su provincia (en mi provincia), pero no de la inversión que viene de afuera de nuestras fronteras sino de la que promueven los propios salteños con sus ahorros y con su creatividad. Y también me habría gustado saber qué hizo en los últimos 11 años nuestro Gobernador para estimular esta inversión local y qué medidas ha tomado (dentro de las que podía tomar) para evitar que los salteños ricos y ahorradores se vayan con su dinerito a otra parte.

Es decir, que antes de soñar con unicornios alados y con que sea el gobierno federal el que inyecte el oxígeno que necesitan las economías regionales para sobrevivir, es bastante más razonable pensar que la cohesión económica territorial comenzará a cobrar cuerpo en la medida en que los productores regionales abandonen su zona de confort; cuando dejen de trasladar sus quebrantos al Estado, cuando el Estado deje de protegerlos como si fuesen bebés de pecho, cuando los productores sean «artífices de su propio destino», cuando paguen salarios y contraten trabajadores «en blanco», cuando no evadan tributos y cuando se decidan a reinvertir sus beneficios en el mismo territorio en el que los han producido.

Sin ese impulso original, el cuento federalista se convierte en mera poesía. Pero como al Gobernador de Salta le gusta declamar (sobre todo fuera de Salta, donde la gente no sabe bien lo que él hizo y no hizo en su provincia), cualquier cosa es posible. Simplemente porque los deslices verbales de los políticos no se penalizan en la Argentina como se hace en los países más avanzados del mundo.