El otoño caliente del 'inventor' de los derechos en Salta

  • El Gobernador de Salta ha impartido, por omisión, una clase magistral de tolerancia y diálogo democrático, cuando frente a una protesta organizada por estudiantes disconformes con su gestión, reaccionó como un animal embravecido.
  • Fuera de su eje

El Gobernador de Salta ha probado esta noche un amargo sorbo de su propia medicina. Acostumbrado a las mieles y los requiebros de pago en los actos organizados con dinero público para su lucimiento personal (para que «los boludos aplaudan», según su ya célebre expresión), al parecer no le ha sentado del todo bien que aquellos, a los que también considera boludos pero que no están por la labor de aplaudirle porque sí, se hayan organizado en banda para afearle su decisión de recortar el boleto estudiantil gratuito.


Quien está acostumbrado a lo primero (a los aplausos cautivos), debería no tener problemas para enfrentar lo segundo (las puteadas organizadas). Son las reglas del juego. Como dicen los que saben, «las puteadas van en el sueldo». Hay que aguantárselas.

Pero al gobernador Juan Manuel Urtubey se lo ha visto muy fuera de su elemento cuando un grupo de estudiantes politizados lo emboscó a la salida de una de sus magistrales clases de Derecho Constitucional en la universidad pública local.

Le ha bastado al mandatario una seguidilla de gestos avinagrados y unos cuantos nerviosos golpes de acelerador, para impartir la clase más brillante que hasta hoy ha sido impartida en toda la geografía provincial: la que versa sobre la tolerancia, el diálogo y la responsabilidad de los políticos con poder. Cientos de miles de salteños han aprendido esta noche lo que un Gobernador no debe hacer en ningún caso cuando la gente lo increpa en la calle.

Una clase de pedagogía inversa, si se quiere, pero una clase magistral al fin y al cabo.

Sin embargo, aunque el incidente ha sido aleccionador en muchos aspectos, de entre todos ellos sobresale uno: la sutil arrogancia del Gobernador cuando se dirige a sus inquietos interlocutores diciéndoles: «No se quejen del boleto gratuito porque lo inventé yo».

La frase, así aislada, merece quedar grabada con letras de fuego en el gran libro amarillo de la historia de las vanidades, porque ilustra con una claridad pocas veces alcanzada por quien la ha pronunciado, que en Salta las personas no disfrutan de derechos porque las leyes (sancionadas por los representantes del pueblo) los hayan establecido sino porque al Gobernador se le enciende de vez en cuando la lamparita de Edison.

Como a don Thomas, a Urtubey se le da por inventar de tanto en tanto lo que él llama con académica pedantería «políticas públicas», y es en su inmenso laboratorio en donde él ensaya en solitario las formas, los aromas y las texturas del bienestar en Salta. Y así como se le da por inventar algo, luego, por contrario imperio y según cómo esté de humor, se le da por borrar de mapa sus inventos. ¡Al menos la bombilla incandescente sobrevivió al viejo Edison!

Ante una emboscada como la que ha sufrido el Gobernador, cualquier político con recursos, con experiencia y con un mínimo sentido común, dispone de una paleta de respuestas o de soluciones para salir del encierro sin resignar su dignidad ni la alta investidura de su cargo. Ninguna de estas soluciones, por supuesto, es parecida a la de apretar el acelerador a ciegas o dirigirse con palabras malsonantes a quienes le obstruyen el paso.

Si este incidente -como sostienen algunos- ha servido para revelar la verdadera cara del Gobernador de Salta, es urgente que se lo haga mirar por alguien que entienda. Nadie que aspire a conquistar la confianza de sus conciudadanos reacciona de una forma tan poco cortés y al mismo tiempo tan irresponsable. Los bruñidores de la imagen pública del Gobernador deben convencerle, a poder ser pronto, de que sus atrabiliarios modales de cochero no le llevarán a ningún lugar importante.

Hace algunas semanas atrás, el presidente Emmanuel Macron, que tiene diez años menos de edad que el Gobernador de Salta y mucha menos experiencia política, enfrentó una situación parecida en Córcega y consiguió salir de ella con dificultad, pero con una elegancia a la altura del cargo que ocupa. En aquella ocasión el presidente francés se dirigió a su interlocutora en un tono firme pero sumamente educado diciéndole «¡Míreme a los ojos!». Macron sabe cómo hacer que una situación negativa se revierta en su favor.

Se conoce que Urtubey (que solo sintoniza a Tinelli y de vez en cuando ve las series que protagoniza su esposa) no ha visto ese vídeo, puesto que de haberlo hecho no hubiera salido pitando del lugar como lo hizo, mascullando palabras que cualquiera puede intuir que eran ofensivas hacia las personas que lo increpaban, con derecho o sin él, y apartando a los estudiantes hacia las cunetas como si fuesen chivos en el monte.

Alguien debería recordarle al Gobernador de la Provincia de Salta que es su obligación tolerar este tipo de manifestaciones poco amables, y que, frente a la violencia verbal, lo que no se puede hacer jamás es entrar al trapo como un morlaco enceguecido y echar más leña al fuego. Que, por decoro, no puede ir por la calle diciéndole a la gente que él ha inventado el precario bienestar de los salteños, porque aunque él, en su recóndita intimidad, se sienta Jesucristo y acostumbre a decir de sí mismo aquello de «soy el camino, la verdad y la vida» (Juan 14), queda muy feo presentarse ante personas necesitadas como un magnánimo Papá Noel que a las primeras de cambio decide que no habrá regalos para los que se portan mal.

El encumbrado profesor de Derecho Constitucional «real», como él mismo se ha definido para intentar distanciarse de los teóricos, ha cosechado esta noche un aplazo de traca: el que le han otorgado sin vacilar cientos de miles de personas, a lo largo y ancho del país, que consideran que su destemplada reacción es incompatible no solo con las libertades ciudadanas sino también con la buena educación, la modestia y el recato republicano.

El otoño ha comenzado a pintar de plata las sienes del que un día pensó que había bebido hasta saciarse de la fuente de la eterna juventud.

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