
Según la particular interpretación de nuestro folklore que a diario nos esboza el exvicegobernador Andrés Zottos, en Salta, si no hay obras no hay gobierno.
Para el espigado candidato, solo las obras (el cemento criollo) justifican la existencia de la política y de la democracia misma. Como buen ortodoxo que es, Zottos cree religiosamente en el carácter sacro de los iconos, de modo que lo que no se ve, no se toca o no se huele (¡y vaya si están perfumadas las iglesias de Oriente!) no existe, no llega al ciudadano, no logra conmover sus sentidos.
Esto quiere decir una sola cosa: que a Zottos no le interesan los derechos inmateriales de la persona; ni su dignidad, ni su libertad, ni su autonomía, que son valores cuya preexistencia y respeto asegura y constituye condición sine qua non para el disfrute de la materialidad (del cemento criollo).
Así pues, Zottos está empeñado en pavimentar el alma de los salteños y a dejarse la vida en el empeño, si fuera necesario. No le importa empezar a construir el edificio de la ciudadanía por el tejado.
Zottos es de los que creen que «vivir bien» significa que la gente tenga cloacas, luz, acceso a la red de gas y agua potable. Pero mucha gente que tiene las dos cosas se muere de hambre y de «inanición democrática» en Salta, pues casi todos ellos sufren las más variadas humillaciones institucionales, a manos de gente muy parecida al propio Zottos.
Superar los atrasos materiales está muy bien; hacer que la gente deje de beber agua contaminada del río, aun mejor. Pero en eso precisamente han puesto históricamente el acento todas las dictaduras y los totalitarismos conocidos a lo largo de la historia. Basta ver la prolijidad de las calles de Pyongyang, la amplitud de sus plazas y la simetría de sus edificios para darse cuenta de que el sueño inalcanzable de Zottos no es emular a Churchill (que prometió a su pueblo sangre, sudor y lágrimas para conquistar la libertad) sino a Kim Jong Un, un verdadero campeón de las obras públicas y de las ojivas nucleares.
Sería muy exagerado decir que a Zottos no le interesa la democracia, pero sí muy justo decir que le importan más las obras que la democracia y los derechos de las personas.
Con estas cualidades es muy peligroso elegir a alguien para que sea diputado nacional, pues podría llegar el momento en que al electo le agarre una especie de síndrome de abstinencia del cemento portland y decida echar abajo el edificio del Congreso en la avenida Entre Ríos de Buenos Aires.
Sin dudas, Zottos sería feliz si le encargaran a él la obra de reconstruirlo.