
Tiene una cierta gracia que bastante entrado el siglo XXI exista en la República Argentina algo que se llama la «Liga de los Gobernadores» y que funciona o pretende funcionar como un contrapoder territorial, con amplios poderes de veto, como los que entorpecieron la convivencia y anularon la gobernabilidad del país durante buena parte del siglo XIX.
Más llamativo aún es que los gobernadores que integran la mentada «Liga» sean todos peronistas, o más o menos peronistas, como el caso del Gobernador de Salta, que nada en aguas de la ambigüedad desde hace varios años.
Entre las pocas cosas que demostraron las elecciones del pasado domingo se cuentan sin embargo dos muy importantes: la primera es que la fuerza política que aupó al presidente Mauricio Macri no se ha hundido, como esperaban muchos (entre ellos los gobernadores de la «Liga») sino que ha incrementado su audiencia electoral, de un modo bastante claro en algunas provincias, y no tan claro en algunos sitios muy poblados como la Provincia de Buenos Aires.
La segunda es que el peronismo clásico -especialmente aquel apoyado por la vieja y deteriorada estructura sindical- ha sufrido derrotas poco menos que estrepitosas.
Resultado: No le queda a estos peronistas hambrientos de poder otra herramienta de oposición que buscar hacer una piña alrededor de esos gobernadores que prometen darle batalla a Macri. Es decir, utilizar el poder territorial para chantajear al gobierno federal, para entorpecer la convivencia y para anular la gobernabilidad del país, como ya sucedió varias veces en la historia.
¿Quién lidera este movimiento? Debería hacerlo el gobernador del territorio más poblado y al mismo tiempo aquel que, entre sus colegas, mejor hiciera las cosas. Gobernar no es un juego. Hay que mostrar que los gobiernos funcionan, antes de animarse a alzar la voz.
Salta es y seguirá siendo una provincia marginal, virtualmente aislada, insuficientemente poblada, con unos niveles escandalosos de pobreza y desigualdad, con una ciudadanía a medias, con las cifras de mujeres asesinadas de las más altas del país y con un gobierno francamente desastroso, que mantiene como aliados a unos gauchos ultraconservadores y a los sectores más reaccionarios de la iglesia católica. Nunca en la historia el gobernador de un territorio tan vapuleado por la realidad ha sido el elegido para liderar otra cosa que no sea la «Liga de la Pobreza».
Lo que esperan los peronistas -al menos, estos peronistas- es que la oposición a Macri, que dejará pronto de tener por escenarios al Congreso Nacional y a los platós de televisión, sea liderada por un hombre inflexible que no se muestre condescendiente con el gobierno federal ni aplauda las medidas que adopta. Buscarán, en lo posible, a un hombre con una trayectoria limpia y recta, requisitos que ni de lejos cumple el Gobernador de Salta, que ha traicionado al peronismo en varias ocasiones (2007 y 2015, por solo citar las más notables) y que ha mostrado públicamente su debilidad por Macri.
Si a eso le sumamos que la provincia que gobierna, acorralada por la pobreza y lastrada por la mala administración, pretende vivir de las otras (inflar la interminable plantilla de empleados públicos a costa de los recursos de la Provincia de Buenos Aires, de Santa Fe o de Córdoba), el liderazgo de Juan Manuel Urtubey de un peronismo crecientemente necesitado de hombres fuertes y con carácter se antoja lejano e imposible.
El sueño de un Urtubey «líder» muere en las calles de Salta, en los pueblos postergados del interior de la Provincia, en la calidad de vida de unos 800.000 salteños que buscan desesperadamente las oportunidades para salir de su postergación, en contra del elitismo que privilegia la posición del Gobernador, de sus parientes, de sus amigos y de sus antiguos compañeros de colegio.
En cualquier consorcio de propiedad horizontal, los propietarios concernidos no elegirían jamás como presidente a aquel individuo que vive en condiciones miserables o que padece síndrome de Diógenes; a aquel en cuya casa se mata a las mujeres por el solo hecho de serlo; a aquel que pretende vivir a costillas de sus vecinos y cuyas finanzas personales son un desastre. Se buscarán, lógicamente, a alguien más presentable.