El Gobernador de la Provincia de Salta ha vuelto a ponerse delante de los flashes y con él ha regresado la terminología del verso encantado. La sociología del taxista, que se expresa por boca del político más importante de este empobrecido territorio. Si Juan Manuel Urtubey fuese respetuoso de las personas a quienes dirige sus discursos, a buen seguro tendría un poco más de cuidado con las palabras y con el tono que utiliza.
Decir que la apertura de una oficina administrativa de la quinta magnitud comporta «poner al Estado más cerca de la gente» no solo es una falacia sino que es una exageración mayestática. Típico farol del que se cree que un chasquido de dedos suyo pone y saca a las personas de la comunidad política en la que naturalmente vive.
No, señor Urtubey. La 'gente', como usted la llama, es el Estado, y no usted. Esa gente no se acerca ni se aleja del Estado por su suprema voluntad de Gobernador sino que mantiene dentro de esta estructura un lugar fijo e inamovible. Y bastante importante, aunque usted no lo crea. Otra cosa, por supuesto, es que su gobierno o su administración (cosas muy diferentes al Estado) tenga en cuenta a «la gente» un día sí y otro no.
Lógico; si usted quisiera poner a su gobierno más cerca de «la gente», tendría que empezar por dedicarle más tiempo a las tareas propias del gobierno, y no desaparecerse semanas enteras sin dar explicaciones, hacer un vuelo rasante un viernes y seguir el jolgorio donde solo Dios lo sabe. Y por lo que usted deja entrever, eso estar en el lugar y en el momento en los que debe estar el Gobernador no es precisamente un plan que a usted lo vuelva loco de alegría.
No es bueno, créame, confundir a los ciudadanos llevándoles el mensaje de que ellos no forman parte del Estado y que este va y viene según a usted se le ocurra.
Su gobierno parece empeñado en enseñarle cosas a «la gente», pero tengo la impresión de que muchas personas simples y llanas que viven en Salta, esas a las que sus funcionarios consideran ignorantes de solemnidad (hasta para prepararse la comida), están en disposición de enseñarles muchas cosas, a usted y a sus sabios. Para empezar, podrían darles una buena lección de humidad y sencillez.
Revise por favor los apuntes de Derecho Político -esa asignatura que con brillantez poco usual impartió su padre a varias generaciones de juristas salteños- y así podrá enterarse, y quizá comprender, cuáles son los elementos del Estado.
Deje a un lado los elementos normativos y axiológicos y deténgase en los elementos fácticos. Apartar, como hace usted a los seres humanos por un lado y al Estado por el otro, no solo es peligroso -ideológicamente hablando- sino que es también una aberración política.
Dirán usted y su séquito de aduladores a sueldo que estas reflexiones son rebusques teóricos míos, además de inútiles, equivocados. Me gustaría que me desmientiese o que esgrimiera una razón mejor que la mía. Juro que ante sus mejores argumentos me inclinaré, como corresponde. Pero como sé que no hará ni siquiera el intento de contradecirme, me quedo por el momento con la razón que usted y sus buenos amigos a buen seguro me negarán.
No me inquieta, porque siempre habrá un salteño o una salteña, anónimos y bien educados, a los que no les gustará que en su empeño por enroscarle la víbora a unos cuantos incautos le falte usted el respeto a aquellas personas que se han tomado el trabajo de estudiar y de intentar comprender los conceptos fundamentales de la política.
