El Gobernador de Salta ha vuelto a desaparecer, sin dejar rastros y durante varios días, de los lugares en donde se ejerce formalmente el gobierno y lo ha hecho esta vez sin que su cónyuge -entretenida en otros menesteres- haya dado pistas acerca de su paradero, como en ocasiones anteriores. A los salteños -que no sean, claro está, los que se alimentan a diario con las prebendas del poder- les está resultando esta vez sumamente dificultoso enterarse del lugar (o los lugares) en donde su Gobernador se encuentra durante los casi siete días seguidos que ya dura su ausencia. Tampoco, por supuesto, ha sido posible establecer -más que en base a especulaciones- a qué está dedicando todo el tiempo que detraído de sus obligaciones.
No por ser repetidas y toleradas por los salteños, las prolongadas ausencias del Gobernador de la Provincia dejan de ser irregulares y preocupantes.
Pero en Salta, ni el Partido Obrero, al que parece que la imaginación de sus dirigentes no les da más que para acusar a Urtubey de «cómplice del ajuste», se muestra inquieto por lo que a estas alturas configura un abandono continuado de las obligaciones que impone la Constitución provincial.
Si por lo menos el PO se quejara de que las ausencias de Urtubey y sus secretos desplazamientos sirven para «profundizar las políticas de ajuste contra los trabajadores», pero ni siquiera eso. Todos en Salta piensan que al tenerlo al Gobernador lejos las cosas marchan mejor de lo que muchos desearían. Los del PO, con Claudio Del Pla a la cabeza, piensan incluso que Urtubey es lo mejor que le podría pasar a esa izquierda dogmática -cercana a la Tercera Internacional- que experimenta un insano placer inventándose eslóganes anticapitalistas, sin proponer ninguna solución que no sea la «revolución permanente».
La verdad es que la ausencia de Urtubey se nota, para lo malo y para lo bueno. Es verdad que su gobierno funciona igual de mal cuando él no está que cuando está, pero eso de quitarle el cuerpo a los problemas y esquivar las críticas poniendo tierra de por medio revela no solo una irreponsabilidad mayúscula sino una apreciable falta de coraje.
Desde que Urtubey falta (a estas alturas, cualquier profesor más o menos estricto ya lo hubiera declarado «libre») los problemas de los salteños van a peor. Es decir, no se puede sostener que los viajes del Gobernador (algunos de los cuales ya se ha comprobado que son inútiles para los salteños, excepto para él) contribuyan a la solución de los problemas colectivos. Es probable que su ausencia no los agrave, pero su presencia al menos ayuda a que los ciudadanos perciban que alguien manda y no que están en manos de unos «gerentes» sin responsabilidad política.
De lo que no caben dudas es que las ausencias, sean o no justificadas, causen o no daños a los intereses generales, son en sí mismas un abuso de poder, en la medida en que el Gobernador jamás da cuenta del uso de su tiempo y de los demás recursos del Estado que él maneja como si fueran suyos. Informar y rendir cuentas en casos como estos es lo que, en general, hacen todos los gobernantes democráticos del mundo.