Gustavo Sáenz, el Napoleón Bonaparte salteño

  • Los salteños tienen en su Intendente a un Napoleón Bonaparte en ciernes. Y probablemente no lo sepan.
  • Figuras históricas paralelas
Desde la agudeza estratégica hasta la simpatía personal, pasando por la estatura, son muchos los elementos en común entre las figuras del emperador Napoleón Bonaparte y del Intendente Municipal de la ciudad de Salta, Gustavo Sáenz.

Pero lo que más acerca a la figura de uno y otro no son estas pequeñas cosas sino la cantidad de «frentes» abiertos por uno y otro estratega.

Es un detalle casi anecdótico que Napoleón haya abierto cientos de frentes de batalla desde su instalación en el poder en noviembre de 1789 hasta la famosa batalla de Waterloo, que en 1815 le señaló el camino del exilio, y que los frentes de Sáenz sean de pavimento. Al fin y al cabo se trata también de una guerra; en este caso contra la creciente incivilización de los salteños.

Tampoco importa que los ejércitos de Napoleón hayan guerreado en sitios tan lejanos el uno del otro como Europa, el Caribe, América del Norte, el Río de la Plata, el Océano Índico y el Atlántico.

Sáenz está construyendo su propia leyenda en la calle Ayacucho, en la Caseros, en la avenida Líbano, en la Francisco Arias, en la Manuela G. de Todd (si es que los malevos no le pisan el concreto fresco), en la avenida Bélgica, en el barrio Intersindical y en cientos de otros de lugares, el uno más emblemático que el otro.

Pero una sola avenida, por su nombre, resume toda la osadía napoleónica de Sáenz: la avenida Escuadrón de los Decididos, objeto de una intensa repavimentación. Si algo singulariza la obra de Sáenz al frente de la Intendencia esto es la decisión. El hombre va para adelante, no hay dudas.

Se podrá decir que Napoleón combatió en los siete mares, pero Sáenz, cada vez que se enfrenta a un caño de Aguas del Norte es como si se topara con el Océano Pacífico en persona, por la envenenada herencia que la ciudad ha recibido de la empresa pública provincial que se encarga de repartir el agua más o menos potable a los hogares de Salta.

A veces, de tan compleja que es la cosa, los operarios municipales no tienen más remedio que ponerse a rezar para que las mismas olas que trajeron al cajón del Señor del Milagro hacia el puerto de El Callao, se lleven hacia las Galápagos los cerotitos que impiden al cemento municipal fraguar, duro y bienoliente.

Por el momento, es tan arrolladora la fuerza de Sáenz y la de sus decididos encofradores urbanos que no se atisba la posibilidad de un Waterloo cercano. Más bien, teniendo en cuenta los dolores de cabeza que producen al municipio las deficientes infraestructuras de saneamiento de la ciudad, lo que tenga Sáenz cerca sea un Watercloset, pero no un Waterloo.

Lo mejor de todo, es que el Intendente de Salta está ganando la batalla, a fuerza de bolsas de portland. Puede que las calles no estén aún con el cutis tan terso como esperan muchos salteños, pero no hay dudas de que ha sido Gustavo Sáenz el que las ha rescatado del imperdonable olvido en que se hallaban.