Deconstruyendo la densidad nacional

  • El autor recoge las sensaciones que genera en el seno tanto del peronismo como del partido gobernante la estrategia del gobernador Juan Manuel Urtubey de cara a su posicionamiento como futuro candidato a Presidente de la Nación.
  • Terrenos hostiles
mt_nothumb
Quienes lo conocen de cerca, afirman sin vacilar que Juan Manuel Urtubey es, de verdad, un ser «denso», por naturaleza. Nadie sabe decir, sin embargo, si su alabada densidad obedece a que el personaje contiene mucha masa en relación con su volumen o, como suele decir la gente un poco más vulgar, a que es oscuro, confuso y enredado.

Sea como fuere, al Gobernador «denso» se le han escapado varias tortugas durante las últimas semanas, algo imperdonable para un líder que, como él, se supone que está al tanto hasta del movimiento más intrascendente de sus ocasionales adversarios o competidores políticos.

Algo parece estar fallando en la cocina de su campaña. Tal vez no le llega el gas, como durante siglos sucedió en El Quebrachal.

Sus asesores parecen más pendientes de los experimentos que de la realidad que los rodea, que muy a pesar de ellos se mueve, a veces, con esa exasperante lentitud de épocas políticas pretéritas.

Llegados a un cierto nivel, los políticos suelen ser muy ladinos y este no parece ser el caso de Urtubey, que con su imagen hipertelevisiva parece un poco perdido en el terreno de la política de a pie, en donde se disputa un partido en el que de poco valen las astucias de los planificadores obsesivos y predominan los huesos del que pone la pierna más fuerte.

Las últimas semanas han demostrado que la rudeza y las fricciones del juego encuentran a un Urtubey demasiado empolvado, muy confiado tal vez en que su carita de niño católico que jamás ha roto un plato puede llegar a convencer a un buen número de señoras gordas, tan aficionadas a las telenovelas como a las facturas vespertinas con dulce de leche. El experimento se detiene aquí. Fuera de aquí, para Urtubey solo hay terrenos hostiles y números francamente desfavorables.

Cuenta con la inmensa suerte de que los salteños a los que gobierna a espasmos y cada vez que le da la gana pasarse por allí tienen trabajado desde la escuela primaria el «orgullo» provinciano hasta límites insospechados y, por ello, son capaces de tragarse, aun en los tiempos que corren, que todas las desgracias con las que conviven a diario provienen de la «insensibilidad» del gobierno nacional.

Pero eso de cargar todas las culpas en Macri de cara a su electorado salteño y alabar sus políticas cuando se trata de audiencias mayores es un viejo recurso del que hace poco más de veinte años echó mano el gobernador Romero, que atacó cuanto pudo al gobierno de Menem (basta con repasar las portadas de El Tribuno del año 1996), señalándolo como el «mayor inconveniente» para el desarrollo de Salta, y terminó siendo candidato a vicepresidente de aquél.

Esquizofrenias como esta, justamente, son las que terminan enterrando los sueños presidenciales de los sultanes salteños, cualquiera sea el apellido que lleven.

El supremo constructor de la «densidad nacional» se enfrenta en este comienzo del invierno con un panorama que no hubiera soñado para él ni el más audaz de sus enemigos. Lo bueno es que él solo se ha buscado este nivel de rechazo, en el que parece estar influyendo cada vez más el agotamiento del margen de explotación mediática de su matrimonio con Isabel Macedo y la falta de renovación ideológica en el seno de su entorno más próximo.

Si el Gobernador de Salta ha tocado o no techo en su loca aventura presidencial no se sabrá sino hasta bien pasadas las próximas elecciones legislativas. Su resultado importa bastante poco, desde que el gobierno provincial ha decidido, contra todas las evidencias y a pesar del impresentable gasto que ello supone, obligar a los salteños a votar en dos elecciones con dos sistemas de votación diferente cada una. La opacidad del voto electrónico y su control estrecho por parte del gobierno hace dudar no tanto de la transparencia del acto electoral cuanto de las cifras concretas que arrojen los próximos comicios, que pueden ser acomodadas a gusto y paladar del dueño de las maquinitas.