Este no es un elogio del Intendente Municipal de Salta, ni de su persona, ni de su gestión. No es que Gustavo Sáenz no se lo merezca; sería mucho más justo decir que no lo necesita. A lo largo de un año de gobierno y a fuerza de insistencia, consciente de su fragilidad política y de la desconfianza y recelos que su figura despierta en ciertas esferas de poder, Saénz ha conseguido ser protagonista, aunque a él de verdad le hubiera gustado serlo en circunstancias no tan difíciles.
La primera batalla que debió librar el nuevo Intendente fue con la alargada y tupida sombra de su antecesor. Los largos doce años de Miguel Isa al frente de la Municipalidad fueron al principio una losa para Sáenz, no solo porque Isa supo -en cierto tramo de su mandato- hacer las cosas medianamente bien, sino porque la siempre mal avenida «familia municipal» recibió Sáenz enseñándole los colmillos.
Pero Sáenz supo lidiar el toro, y a fuerza de campechanía más que de capacidad política, ha conseguido conquistar los corazones más esquivos de la malhadada familia de municipales.
Después ha debido luchar contra el ninguneo político, el corsé financiero y los celos enfermizos del gobierno provincial, que no solo amenazó una y otra vez con cortarle los víveres sino también le inventó, de la noche a la mañana, una estructura municipalista paralela a la que Sáenz, por iniciativa, por despliegue y por ideas, lleva como burro pa' Bolivia.
La forma en que Sáenz ha roto el techo de cristal que amenazaba con aislar a su gobierno del mundo es una incógnita, cuyas claves están reservadas seguramente a los pocos que comparten con él su universo de decisiones políticas. Contra todo pronóstico, el Intendente aparece cada tanto por Salta trayendo recursos e ideas que, si no fuera por él, se quedarían empantanados en esa especie de aduana ideológica construida por Urtubey para que ningún gallo cante más fuerte que él en su particular gallinero.
Por si faltaba algo, en el año que ahora expira, Sáenz ni se ha casado de nuevo, ni ha protagonizado aventuras mediáticas o sonados pecados eclesiásticos, que no sean sus ya consabidas imitaciones chalchaleras, que ahora hasta se puede decir que suenan más afinadas.
A diferencia de Urtubey -en el crepúsculo de su carrera, más cerca del showbusiness, y al borde del inmovilismo- Sáenz comprendió pronto que había que moverse, dejar de lado la retórica verborrágica de las consignas políticamente correctas y buscar soluciones, de forma rápida y donde las hubiera. Es evidente que en el escaso tiempo que lleva gobernando y con las dificultades con que ha topado, el número de soluciones alumbradas es todavía insuficiente en relación con la cantidad de problemas irresueltos de una ciudad que ya no puede ocultar sus deficiencias detrás de los discursos.
Quizá por cabeza dura o por chalchalero trasnochado, Gustavo Sáenz se ha convertido en el político del año en Salta, por encima de muchos que hace tiempo eligieron hacer la plancha a cambio de un jugoso sueldo público.