El Gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, se ha colocado en la mira de unos tiradores certeros. No hay dudas de que su crecida figura despierta cada vez más recelos y enconos dentro de la misma parcialidad política que el propio Gobernador integraba solo hace unos meses. Desde allí provienen los ataques más feroces que ha recibido en los últimos 45 días. El odio no se explica por el supuesto viraje a la derecha de Urtubey, pues el muy católico y muy peronista Gobernador de Salta, más allá de los disfraces circunstanciales de los que se ha valido para prosperar, nunca fue otra cosa que un reaccionario de derechas. El odio se explica, más bien, por el hecho de que Urtubey, sin que nadie le diera vela en el entierro, se encargó de oficiar de sepulturero prematuro del kirchnerismo y de azote de la expresidenta Kirchner, a la que negó como Judas.
Pero el kirchnerismo no está muerto ni adormecido, como lo demuestran los virulentos ataques personales y en su honor que está recibiendo Urtubey, en base a informaciones que proporciona el aparato de inteligencia de La Cámpora, una de las estructuras del kirchnerismo que mayor vitalidad ha demostrado desde diciembre de 2015.
El temporal ha obligado al Gobernador de Salta a limitar su exposición mediática en los grandes medios nacionales, una cautela que también ha adoptado su novia, la actriz Isabel Macedo, una de las víctimas colaterales de estos ataques.
El panorama es diferente en el territorio salteño, pues aquí algunos campo-kirchneristas todavía mantienen la fe en el veleidoso gobernador, en quien se empeñan en ver a «un peronista» (es decir, a alguien capaz de ser todo y nada al mismo tiempo), y no a «un macrista», como dicen en Buenos Aires y alrededores.
La verdad es que, salvo en la ambigüedad, en el discurso fácil y en la tentación mesiánica, Urtubey no se parece en nada a un peronista clásico. Tampoco parece -y hay que decirlo- un peronista desencantado del kirchnerismo, al estilo de Hugo Moyano, a quien Urtubey calificó alguna vez de «piantavotos». Desde la triste noticia del fallecimiento de su padre, ocurrido a finales de enero pasado, Urtubey se parece cada vez más a sí mismo. Lo cual es de agradecer y temer al mismo tiempo.
Como si una gran energía liberadora le empujara a sacar lo peor de sí, el Gobernador de Salta es hoy un ser irreconocible. Ya ni sus errores son los mismos. Todo parece haber cambiado -a peor- desde que se produjo la sucesión natural en el liderazgo del clan.
Entre las cosas que ya no son las mismas no se puede dejar de mencionar el aumento (algunos dicen que inevitable) de sus rasgos autocráticos. Su tercer mandato, el más difícil de todos, es también al que menos trabajo dedica, en una clara demostración de que, satisfecha la vanidad personal, no existe ya la vocación de servicio.
Desde que a finales de 2007 Urtubey asumiera como Gobernador tras su primera elección, Salta y el mundo han cambiado de una forma que los detentadores del poder no calculaban. El tercer periodo de gobierno, que nos muestra a un Urtubey sin energías, sin equipo, sin capacidad de reacción y sin ilusiones, es la demostración palpable de que son las encuestas y no la destreza política las que llevan el timón y definen la «agenda» de la Provincia.
El gobierno reacciona a espasmos frente a fenómenos como el crecimiento desmesurado de la presión de ciertas minorías sociales con capacidad de chantaje, las renovadas exigencias medioambientales, la nueva percepción de la corrupción, y las demandas de transparencia y de ética pública. Urtubey no tiene un discurso sobre estos temas. Solo parches y encuestas. Malos parches y peores encuestas.
Con tres elecciones ganadas, es difícil convencer a alguien de que la democracia es un ejercicio de modestia que consiste en admitir que nadie puede gobernar solo, más cuando se trata de sociedades complejas. Pero el gobernador del «yo, me, mí, conmigo», sigue pensando que él encarna, en un solo cuerpo, al Estado, a la política y a la democracia. Los resultados están a la vista.
Consciente de que no podrá repetir como Gobernador en 2019, Urtubey está permitiendo con su silencio y su desidia que, mucho antes de lo que sería conveniente para los intereses de los salteños y para su futuro, se desate una sórdida lucha por la sucesión y por los «espacios». Para muchos será la lucha por su superviviencia y las de sus familias, pero para una abrumadora mayoría de salteños no estamos viviendo más que el estallido del egoísmo personalista que inauguró Romero y que Urtubey continuó como su mejor discípulo.
De continuar así las cosas, con un Gobernador ausente, flotando por los cerros de Úbeda, y unas políticas ridículas de solemnidad, los salteños nos aseguraremos, por los próximos 25 años, una democracia de unos pocos, tutelada eso sí por los obispos y los «trans», que forman, extrañamente, una comunidad con sólidos lazos comuns.
Cuando lo consigamos, aplaudirán al unísono los peronistas, los macristas y los kirchneristas (si es que hay alguna diferencia entre ellos) porque habrán conseguido lo que se propusieron desde siempre: arrebatar la política a los ciudadanos y mantenerla cautiva.