Algunas respuestas que nos debe 'el empleado del pueblo'

La cuenta oficial de Twitter del Gobernador de Salta, que, como es sobradamente sabido, no es gestionada ni atendida personalmente por su titular, publicó hace dos días unos 360 tuits, mientras el mandatario Salta pronunciaba ante la Asamblea Legislativa su discurso de inauguración del año parlamentario.

Cuatro mensajes destacan muy claramente entre todos los enviados en aquella oportunidad por el community manager del Gobernador.

Ordenados de forma inversa, estos tuits son los siguientes:


Desde su publicación -y ya han pasado dos días- Urtubey no ha explicado de ninguna forma por qué motivo, en vez de responder a la pregunta del niño, prefirió mirarlo, sonreír y seguir caminando (que es lo mismo que decir, guardar silencio). Ello, suponiendo que tanto el encuentro como la pregunta infantil hayan sido hechos reales y no inventados por la imaginación del Gobernador.

Pero admitiendo que hayan sido ciertos, el silencio y el hecho de haber seguido caminando, sin responder y sin inmutarse, son en sí mismas actitudes incomprensibles, reveladoras de inseguridad o de inmadurez, sobre todo si se tiene en cuenta que si alguien en nuestra sociedad debe responder a los ciudadanos, cuando es requerido para ello, ese alguien es, sin dudas, el Gobernador de la Provincia.

Aunque cargada de sentido común y de una curiosidad ciudadana fronteriza con la ingenuidad, la pregunta era muy sencilla y merecedora de una respuesta directa e inmediata. La respuesta ipso facto del Gobernador podría haber sido muy útil y muy educativa, no solo para quien la formuló, sino también para un amplio sector de la población salteña, que en realidad ignora a qué dedica su tiempo nuestro Gobernador.

¿Por qué escaparse, entonces? ¿Qué valor debemos asignar en este caso al silencio?

Urtubey no ha explicado por qué no respondió al niño en su momento y, menos todavía, por qué eligió hacerlo varios días después, y frente a un interlocutor distinto, mucho más dócil y más entregado.

Pongamos por caso que el Gobernador juzgó inmediatamente la pregunta como agresiva y descomedida o fuera de lugar. Pero preguntémonos también cómo debe de haberse sentido ese niño frente a un Gobernador que se limitó a sonreír y a seguir de largo.

Esta actitud de desprecio hacia la infancia contrasta con los largos discursos, cargados de dogmatismo y de consignas de adoctrinamiento ideológico, que Urtubey viene pronunciando, casi sin interrupción, en las inauguraciones de jardines de infantes que de tanto en tanto realiza su gobierno.

Pero por tardía, por demagógica o por extravagante, la respuesta de Urtubey a una pregunta que solo buscaba información sobre su trabajo, no ha dejado de ser lo que se esperaba; es decir, útil y educativa, al mismo tiempo.

Es muy bueno saber, por ejemplo, que nuestro Gobernador no se siente ligado a su responsabilidad pública por la figura del mandato con poder de representación, que tanto ha dado que hablar a los constitucionalistas argentinos, incluso desde antes de la sanción de la Constitución de 1853, y que Urtubey, con más criterio que aquellos teóricos de escritorio, ha elegido ocupar una posición subordinada respecto del pueblo.

Claro que si le hubiera respondido esto al niño, inmediatamente habría tenido que explicar otras cosas, como por ejemplo, cuánto es el tiempo que le dedica a ejercer como «empleado del pueblo» y qué relación existe entre este tiempo y la remuneración (directa e indirecta) que obtiene por su empleo: «Che, Urtubey ¿no te pagan mucho para lo poco que hacés?»

Tal vez, Urtubey no respondió a la primera pregunta porque temía, con cierto fundamento, que detrás de ella vinieran otras, mucho más incómodas y difíciles de responder.

Por ejemplo, la de cómo es posible que, siendo un «empleado del pueblo», como él se titula, el pueblo no pueda decirle lo que debe hacer o cómo debe comportarse frente a los problemas comunes; o por qué motivo los que les pagan el sueldo no pueden despedirlo antes de que finalice su contrato, como la mayoría de los empleadores, públicos o privados, puede hacer con aquellos empleados que no cumplen con sus obligaciones.

Parece más que evidente que alguien que ha sido contratado por todos los salteños para hacer de Salta «una sociedad más justa, con igualdad de oportunidades para todos», y que solo ha conseguido la mayor prosperidad para sus amigos y parientes, no es alguien que merezca seguir disfrutando de la confianza de su empleador y que este legítimamente puede prescindir de él antes de que finalice el plazo del contrato.

Pero esto no sucede así en Salta, pues el Gobernador no acostumbra a hacer caso, ni a las preguntas callejeras de los niños (visto está), ni a las críticas (fundadas o no) que le dirigen los sectores políticos que no comparten sus decisiones. Pudiendo hacerlo, tampoco se somete al control de la Legislatura, en donde tiene unas mayorías exageradas, pero pacíficas y bastante bien entrenadas.

El «empleado del pueblo» pasa, además, la mayor parte de su jornada de labor fuera de su puesto de trabajo. Cuando, ante la ausencia, alguien se pregunta dónde está el Gobernador, la respuesta es inmediata: «Usted ya sabe, doctor». Quien más quien menos sabe en Salta lo que está haciendo el Gobernador, con quién y dónde está. A muy pocos parece importarle que este tiempo de ancho disfrute sea remunerado generosamente con un sueldo del Estado y que los bienes que nos son comunes a todos y destinados a fines colectivos sean utilizados como una extensión del patrimonio personal del Gobernador.

Nadie, y menos el interesado, explica por qué el «empleado del pueblo» tiene sus miras puestas en otros despachos diferentes al que actualmente ocupa y que los salteños están pagando su campaña de imagen personal, e incluso sus costosos noviazgos off-shore.

Sin abandonar la figura contractual o estatutaria que el propio Gobernador eligió, es más práctico y más adecuado para la salud mental de la población, pensar que el «empleado del pueblo» es un empleado part-time, una especie de becario, «pasante» o «fijo discontinuo», con permiso especial para ausentarse de su puesto de trabajo y firmar decretos a distancia, usando el sello facsimilar y con la mediación de los funcionarios robots.

Si así trabaja este «empleado del pueblo», no quisiéramos saber en qué condiciones de magnánima laxitud normativa trabajan los otros empleados del pueblo, aquellos que integran la exorbitante y costosa planta de personal al servicio de la Administración del Estado, cuyo sueldo se paga ahora recurriendo a los descubiertos bancarios.

Si Urtubey piensa de verdad que es un «empleado del pueblo», sería muy interesante, además de coherente, que envíe sin demora a la Legislatura Provincial un proyecto de ley que regule la revocación popular de los mandatos y que se someta a un referéndum tan pronto como un grupo de descontentos alcance el número de firmas suficientes para desencadenar una petición formal en tal sentido.

Si este proyecto no es registrado en la mesa de entradas de la Cámara de Diputados o del Senado provincial en los próximos dos meses, no habrá más remedio que pensar que Urtubey actuó con soberbia mayestática al negarle una respuesta a un niño salteño que la esperaba ilusionado y que su autoimpuesto título de «empleado del pueblo» no es más que una excusa ingeniosa -como aquellas que emplearon varios dictadores que oprimieron a sus gobernados- para ocultar una realidad preocupante: la del autoritarismo paternalista, como enfermedad endémica que aqueja a ciertos gobernantes democráticos.