
El Gobernador de Salta ha vaciado a sus seguidores de argumentos. Sus continuos cambios de orientación política -algunos de ellos, inexplicables- han ido dejando a la vista, bien es cierto que lentamente, a un personaje enamorado de sí mismo, dueño de una idea patrimonial del poder, emparentada más con el derecho privado que con el derecho público.
Voluntaria o no, lo cierto es que la erosión de la piedra nos ha mostrado al personaje real, aquel que, en el fondo, se ríe de quienes concilian ideas con él («los boludos que aplauden»), que no se dan cuenta que el proyecto de un país más justo y más inclusivo es solo una fachada para disimular un ego bulímico rayano en la patología.No a todos los seguidores se les puede pedir hoy que carguen sus cañones contra Romero y que lo identifiquen como el adalid de superadas políticas neoliberales, y mañana que ensalcen al mismo personaje, en base a no se sabe qué renovadas virtudes progresistas.
Urtubey ha recuperado la siembra del progreso (el nauseoso panegírico con el que intentó congraciarse años atrás con el romerismo) y no ha dado explicaciones a quienes lo apoyan. Al negárselas, ha confirmado que sus enloquecidos y enloquecedores golpes de timón están dictados por un narcisismo profundo e incurable y que sus deseos deben ser observados como leyes por sus fieles, so pena de que estos se caigan (algunos, muy estrepitosamente) del presupuesto del gobierno que a todos parece cobijar generosamente.
Mientras tanto, una sociedad anestesiada o adormecida presencia los excesos del poder de Urtubey, cual si este pronunciara sus úcases desde un alto palco dorado en una exhibición de gladiadores. Unos pocos interpretan los gestos postreros del Gobernador como una falta de respeto a su cargo y como un desprecio que no reconoce medida hacia quienes, libremente o no tan libremente, lo han elegido.
A contrario de lo que sucede con los líderes políticos del mundo civilizado, el mayor número de votos es interpretado por Urtubey como un cheque en blanco para hacer con el poder lo que le plazca. Así ha ocurrido en 2011 y ha vuelto a ocurrir en 2015, sin que a los salteños el asunto les haya tomado por sorpresa. Pero así no funcionan las cosas en democracia.Con todas las instituciones, públicas y privadas, bajo su control y con un aparato de comunicación que dejaría al del Tercer Reich a la altura de la pomada Cobra, Urtubey no tiene límites. Es malo -incluso para él- no tenerlos.
Más tarde o más temprano, los ciudadanos van a comprender que defender a Urtubey hoy es defender su cerrado personalismo y su convicción de que el poder se ejerce sobre la sociedad como el ciudadano de la antigua Roma ejercía el nexum sobre su esclavo; es decir, como un potestad virtualmente absoluta, que implica dominio, pero que también incluye la posibilidad de que el acreedor venda al nexi como esclavo, le dé cárcel o incluso la muerte.
Cuanto más egocéntrico y personalista es el ejercicio del poder de Urtubey menor es la libertad de los salteños, con independencia de su prosperidad y de la imagen que pudiera tener cada uno del gobierno. Defender hoy a Urtubey significa sencillamente defender a los enemigos de la libertad y de los derechos de las personas, desde cualquier tribuna que se haga. No importa si el defensor dice ejercer el periodismo, la docencia, la política, la ciencia o una profesión cualquiera.Los que aplauden estos excesos no solo están contaminados sino también comprometidos con una operación de reducción de la democracia a sus mínimos históricos y con un proyecto personal de destrucción de la ciudadanía, que, por decirlo de alguna manera, ya lleva un 75% de «avance de obra».
Todavía los salteños están a tiempo de evitar el desastre. Para ello, el único camino posible es señalarle al Gobernador los límites que en ningún caso puede traspasar, aunque ello hiera su narcisismo y allane el copete de algunos. Los ciudadanos libres, los que discrepan del gobierno, cualquiera sea el signo de este, vienen desde hace tiempo reclamando su lugar y es hora de que se los escuche.
Si Urtubey es inteligente y no desea pasar a la historia como un tirano de estatura menor o como el líder de una democracia del tercer mundo, deberá comenzar por bajarse de la nube y elegir entre la frivolidad, que lo mantiene opificado, pero contento, y el trabajo al que tanta alergia tiene.La elección es de él. Los demás -especialmente sus incondicionales a sueldo- aplaudirán lo que él decida.