No hay un error en el título. No se apresure, señor lector. Urtubey es más un «kirchnerita» (sin «s») que un «kirchnerista». La diferencia que puede hacer una simple «s» es increíble. El sufijo «-ista» sirve para formar adjetivos que habitualmente se sustantivan y suelen signficar «partidario de» o «inclinado a» aquello que expresa la misma raíz pero con sufijo «-ismo» (por ejemplo, pesimista, peronista o estalinista).
En cambio, el sufijo «-ita» se utiliza para formar principalmente adjetivos gentilicios y otros que no denotan ya una simple inclinación o una adhesión ideológica sino que expresan pertenencia (por ejemplo, moscovita, jesuita, carmelita y, por qué no, kirchnerita).
Pues bien, el señor Urtubey pertenece en cuerpo y alma al orbe y la urbe kirchnerista, de modo que el rótulo de kirchnerita le cabe como un guante.
El hecho, ciertamente circunstancial, de que Urtubey haya descubierto al peronismo, no lo convierte automáticamente, por así decirlo, en «peronita». El Gobernador de Salta es, en todo caso, un peronista kirchnerita o, con mayor justeza, un kirchnerita recién llegado al peronismo.
Con todo y sus oscilaciones, Urtubey se ha planteado muy seriamente convertirse en el sepulturero del kirchnerismo (es fácil ahora hacer leña del árbol caído) y en el rescatista (no rescatita) del «viejo peronismo histórico», que para él no nació con las movilizaciones obreras de 1945 sino en las sacristías gorilas de 1955.
El peronismo histórico es, al decir de Héctor Schamis, «una identidad fluida», algo que llena rápidamente los espacios vacíos. Especialmente, los huecos que deja la memoria. Pensar que Urtubey pueda liderar al peronismo (al de los pobres y los excluidos) es como imaginar al Mahatma Ghandi activando un cinturón de explosivos mientras pasea por las calles de Bruselas.
Antes de aspirar a semejantes cosas, el Gobernador de Salta deberá rendir detalladas cuentas (no ya a los salteños) de ocho años de gorilismo de baja intensidad, de sus vínculos con el ala más dura de la intolerancia religiosa y de su abierto apoyo a la declinante aristocracia de Salta, el grupo social más visceralmente antiperonista que haya conocido nunca la historia.