Por qué debe renunciar Juan Manuel Urtubey

  • La casi nula dedicación del Gobernador de Salta a sus obligaciones constitucionales de gobierno está provocando un vacío institucional de consecuencias imprevisibles. Hoy por hoy la campaña presidencial es más importante para él que el futuro de su provincia y de sus habitantes. La situación es lo suficientemente grave para que el Gobernador piense que la mejor de las decisiones posibles es la de dimitir de su cargo.
  • El vuelo de las gallinas

Todas las fuerzas políticas democráticas de Salta -incluido el Partido Justicialista- deberían ponerse de acuerdo de una vez en exigir que el Gobernador de Salta asuma su responsabilidad política y presente su renuncia al cargo que ocupa, pero que no ejerce.


Desde hace casi dos años, Juan Manuel Urtubey visita Salta solo unas horas por la semana (un tiempo que explota publicitariamente muy bien, en inauguraciones intrascendentes y en otras apariciones menores), ya que su cuartel general de campaña se encuentra, como casi todo el mundo sabe, en Buenos Aires.

Comete un error el Gobernador de Salta, y lo cometen los salteños que así piensan, cuando da por hecho que sus comprovincianos lo han plebiscitado para que ejerza de candidato a Presidente de la Nación, mientras él mantiene nominalmente el cargo de Gobernador. Los salteños nunca se han pronunciado al respecto; nunca han sido consultados. La decisión de lanzarse a la campaña presidencial ha sido de él y no de los salteños, que en su mayoría esperan y desean que el Gobernador cumpla con la tarea que le ha sido encomendada y que no es otra que gobernar a su Provincia.

Si Juan Manuel Urtubey quiere demostrar que sabe o puede hacer varias cosas al mismo tiempo, podemos extenderle un certificado a tales efectos, sin que la gobernabilidad de Salta se resienta y sin que las instituciones sufran sus continuas ausencias. Nadie duda de su capacidad multitarea.

Ahora que si lo que único que quiere es gobernar más tiempo que Juan Carlos Romero, los salteños no podemos permitir un gobierno fantasma, un Gobernador sin agenda conocida, que obra a espasmos y cuyo tiempo está diseñado para ajustarse a las necesidades de su campaña, más que a los problemas que padecen los salteños y que deben ser resueltos, con responsabilidad y con dedicación.

Es tiempo de que políticos como el vicegobernador Miguel Isa se sienten con Urtubey y le digan, serenamente, que las cosas no pueden seguir así. Que el Vicegobernador no es florero de quita y pon, que la Provincia de Salta no es su cortijo personal. Que se necesita gobierno y liderazgo, y que, si el Gobernador lo tiene, es para que lo ejerza en Salta y no fuera de ella.

En casi todas sus apariciones recientes, Urtubey se ha esmerado en dejar claro que, para él, Salta es una etapa ya superada. Es decir, habla en pasado y no en futuro. Y si Urtubey ya ha superado a Salta (porque Salta jamás lo superó a él), lo lógico es que permita que se abra la sucesión constitucional en las responsabilidades del poder, pero ahora mismo, y no a finales de 2019. Que no engañe a la pobre gente diciéndole que «hay cosas todavía por hacer», no solo porque el argumento constituye una obviedad imperdonable, sino porque «lo que falta por hacer» podría hacerlo hoy cualquiera mejor que él.

Cuanto más se acerquen las elecciones presidenciales del año próximo, Urtubey tendrá menos tiempo y menos ganas de dedicarse a Salta y a sus problemas, si es que todavía le queda algún entusiasmo en tal sentido. Pretender ejercer de Gobernador viniendo un par de veces a la semana (a veces solo una), para hacer cosas absolutamente intrascendentes, no es gobernar, sino tomarle el pelo a los salteños. Y eso, por supuesto, tiene un límite.

Juan Manuel Urtubey ha donado recientemente su sueldo de Gobernador, con el argumento de que sus emolumentos «no le alcanzan» para cubrir sus necesidades. Pero mucho antes de renunciar a su sueldo había renunciado a su trabajo, o, mejor dicho, decidido, con desusada libertad, cómo y cuándo ejercerlo. Ahora lo que toca es que formalice su renuncia a un cargo que no solo ya no ejerce sino que tampoco cobra.

Fuera de Salta le espera una vida de cine, a no dudarlo. Y ojalá que el futuro le sonría. Pero si tal es su sentimiento o su deseo; si es sincero cada vez que lloriquea eso de «mi amada Salta», debe dejar que sus amados comprovincianos tomen las riendas de sus vidas, y no pretender llevarlas él desde la distancia. Porque eso no es amor sino egoísmo, y un egoísmo más bien malvado.

Del Gobernador estrella de Netflix se espera altura de miras y desprendimiento. Si se empeña en seguir ocupando un cargo en las condiciones ya descritas, solo conseguirá que su leyenda se atenúe y se diluya; por más que multiplique sus gestos para la galería y le saque humo al avión de la Provincia haciendo cruces en el descosido mapa del país. Si, por el contrario, toma la decisión de dimitir y de dedicarse en cuerpo y espíritu a su campaña presidencial, pagando de su bolsillo o del de sus patrocinadores los ingentes gastos que genera, podrá agigantar su leyenda con un acto valiente, comprometido, y en cierta medida patriótico.

Si como él dice (o sueña) la vida le tiene reservados otros paraísos, lo lógico es que suelte amarras y demuestre ahora que puede navegar solo en mares procelosos, sin la muleta salteña, que -para él y a estas alturas- ya es mochila. Si hace lo contrario, solo confirmará lo que pensamos algunos: que es un miedica que solo va a lo seguro.