La importancia de la calidad de la voz para el liderazgo político

  • El tono del discurso político es un arte. Alcanzar el volumen adecuado y la tonalidad justa es una aspiración que requiere horas y horas de entrenamiento, pero que muchas veces tropieza con las condiciones naturales.
  • Todavía lejos de Frank Sinatra
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La acústica del discurso político es un factor poco estudiado que, sin embargo, ejerce una poderosa influencia en las preferencias de los votantes.


Si bien en la política de hoy existe la creencia de que el liderazgo se disputa más en base a argumentos políticos que a fuerza bruta, todavía los electores muestran una preferencia por los candidatos con voz más profunda, con una prosodia más pulida y con una particular sonoridad en su voz.

Los sonidos que emiten los políticos por su boca -independientemente de lo que digan- transmiten la imagen de fuerza física, de competencia y de integridad. Sucede exactamente igual con los hombres que con las mujeres.

Así lo pone de manifiesto un estudio de Casey KLOFSTAD, profesor asociado de ciencia política en la Universidad de Miami, en el que se afirma que los candidatos con mejor voz atraen más votos porque tanto los hombres como las mujeres con voces más graves son percibidos por los votantes como físicamente más potentes y agresivos.

Por otro lado, es notable cómo las dificultades fonéticas reducen la calidad del discurso político, como lo han puesto de manifiesto los estudios de los científicos Rosario SIGNORELLO y Didier DEMOLIN, de la Universidad Sorbonne Nouvelle de París.

Los profesores franceses presentaron en la reunión anual de la Acoustical Society of America, celebrada en diciembre pasado, dos casos paradigmáticos: el de Umberto Bossi, antiguo líder de la Lega Nord italiana, cuyas cuerdas vocales resultaron paralizadas tras el grave infarto cerebral que sufrió en 2004, y el del expresidente del Brasil Luiz Inácio Lula da Silva, cuya laringe fue afectada por el cáncer de garganta que padeció.

Según los estudiosos de la Sorbona, en ambos casos se produjo una reducción del rango vocal dinámico con ronquera, un descenso en la velocidad del discurso y la pérdida de la capacidad de modular el tono. Según SIGNORELLO, acostumbramos a usar la manipulación del tono de la voz para ser irónicos y sarcásticos, así como para cambiar el significado de una frase. En los dos casos estudiados, los problemas de salud sobrevenidos afectaron de modo muy intenso a la capacidad de emplear la ironía y de dar sentidos variados a las palabras.

En el Reino Unido, los expertos han estudiado los tonos de voz de los tres últimos líderes laboristas (Gordon Brown, Ed Miliband y Jeremy Corbyn) llegando a la conclusión que, con excepción del tono profundo de Brown, en los casos de Miliband y Corbyn, sus respectivos tonos de voz (nasal en el primero, alto en el segundo) constituyen factores que conspiran o han conspirado de forma muy intensa contra sus expectativas de liderazgo.

Los especialistas británicos han recordado que Margaret Thatcher, que fue tempranamente consciente de que su voz, a veces chillona y estridente, no era precisamente atractiva para el electorado, se vio obligada a contratar un voice coach del National Theatre para que la entrenara y la ayudara a alcanzar tonos de voz más bajos.

Consciente de sus problemas vocales, Ed Miliband recurrió a la cirugía para corregirlos, aunque al someterse al bisturí dijo que se trataba de una operación para su tabique nasal desviado y para curar un problema de apnea del sueño. Pocos le creyeron entonces.

La voz es probablemente el más vital de los instrumentos políticos, un arma de persuasión masiva, de modo que cuando un político es incapaz de modular su voz y de presentar sus ideas con un tono agradable al oído, se produce un cortocircuito con su audiencia. Los políticos con problemas nasales o con voz adenoidal suenan embotados, poco convincentes y faltos de sinceridad.

Según los expertos en imagen política no se trata de tener una voz bella sino una voz efectiva y convincente. El caso que ilustra mejor esta diferencia -dicen- es el de Bill Clinton, cuya voz rasgada y su tono angustiado parecen curiosamente sexy.

El tono del discurso político es un arte. Alcanzar el volumen adecuado y la tonalidad justa es una aspiración que requiere horas y horas de entrenamiento, pero que muchas veces tropieza con las condiciones naturales, ya que la voz no es producida por un solo órgano sino que representa la combinación y coordinación de diferentes partes del cuerpo humano (los pulmones, el abdomen, la garganta, los labios, los dientes, la lengua, el paladar y las mandíbulas) que en cuestión de milisgundos tienen que hacer su trabajo para lograr que las vibraciones del aire adopten la forma precisa que queremos.

Aunque según lo advierten también los expertos, el principal problema que afrontan los políticos de hoy es que sus voces suenan tan hiladas y manipuladas que sus votantes tienden a juzgarlas como la expresión de un refinado cinismo. Atrás parecen haber quedado las épocas en que los políticos empleaban su voz con criterio artístico. Uno de los primeros en hacerlo fue el presidente Franklin D. Roosevelt en los años 30 del siglo pasado, que con su timbre medido de voz y sus mensajes por radio convirtió al discurso en un elemento extraordinariamente poderoso para tranquilizar a la nación durante la Gran Depresión.

El tono informal y sentimental de Ronald Reagan, unido a su formación como actor, fue una auténtica máquina de capturar votos. Muchos también explican por la voz el triunfo de George W. Bush sobre Al Gore. Según estos estudiosos, la voz se ha convertido en algo tan importante que está considerada como el medio a través del cual se espera que los políticos expresen su genialidad. De este modo -dicen- Bush consiguió imponerse a Gore, en parte porque la voz del primero lo posicionó como un hombre normal, frente a su antagonista, cuyo estilo rígido, mojigato y monótono, antes que atraer, repelía votos.

En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas del año pasado se enfrentaron Emmanuel Macron y Marine Le Pen. Dejando a un lado el contenido de sus respectivos mensajes, no se puede negar que jugó en contra de la candidata derechista su voz de fumadora, de «cantante de blues», como han señalado algunos.

La voz de Le Pen, aun en conversaciones informales, la hace aparecer como una mujer seria y a menudo grosera, que interpela y agrede a sus interlocutores. Macron, por el contrario, ha hecho gala siempre de un tono más moderado y a pesar de que su estatura no es la de un Chirac, su modulación bien estudiada le ha hecho ganar muchos seguidores.

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