Urtubey, el Gobernador guadiana

  • Entre los muchos adjetivos -amables- que se le pueden aplicar al Gobernador de Salta, el de guadiana es el que mejor le queda.
  • Abuso de poder
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La lengua española tiene palabras hermosas, como «guadiana», que significa persona o cosa que aparece y desaparece.

Dice la Real Academia que el adjetivo toma el nombre del río que atraviesa comarcas de Castilla La Mancha, Extremadura y Andalucía y que termina su recorrido en Portugal, tras atravesar las regiones de Algarve y Alentejo, y que es famoso porque su corriente superficial desaparece entre las lagunas de Ruidera y los ojos del Guadiana, ya que se infiltra en el subsuelo.

Todo esto es objeto de un intenso debate científico, desde hace muchos años, aunque lo que ha adquirido la dimensión de leyenda en el último tercio del siglo XX es que el río desaparece y reaparece. De allí que la expresión «ser como el Guadiana» se emplea cuando algo ocurre a intervalos irregulares o cuando alguien o algo desaparece y reaparece sin avisar.

No hay, pues, mejor adjetivo para calificar las constantes entradas y salidas de la escena pública del gobernador Juan Manuel Urtubey, quien ha adoptado la costumbre de esfumarse y volver a aparecer, en ambos casos, sin avisar.

Es falsa, seguramente, aquella leyenda urbana que habla de que Urtubey suele llamar al vicegobernador Isa para decirle: «Miguel, esta semana no voy a volver». A lo que el vice responde preguntando: «¿Por qué Juan Manuel?». La respuesta es invariable: «Porque no me vuá í, pué».

Al parecer, de esta forma es que se entera el Vicegobernador de Salta si debe o no asumir el «mando gubernativo» de la Provincia; un mando que después de una semana de ejercicio arroja un saldo cero en materia de decretos, como se ha podido comprobar al cabo de la semana que acaba de finalizar.

De lo que no se puede dudar es de que Urtubey es un Gobernador rítmico que aparece y desaparece, que sale y que entra, que se pone y se saca, con un cierto orden metafísico. Pero un orden que solo él conoce e interpreta a su antojo y que los ciudadanos deberían conocer y, por ende controlar, por las más elementales razones de transparencia democrática.