
A pesar de los esfuerzos dialécticos del intendente Lara Gros, que pretende trasladar a los vecinos las culpas del dengue y convencer a los incautos de que el mortal mosquito forma parte del paisaje de Orán, la situación sanitaria en esta ciudad se degrada por horas.
La cifra de muertos y contagiados es ya lo suficientemente grave como para que el gobierno provincial ponga todos sus recursos a trabajar y que sus funcionarios no descansen hasta que la epidemia haya sido conjurada.
Sin embargo, quien debería estar al frente de las operaciones y librando una lucha sin cuartel -el Gobernador de Salta- solo ha demostrado hasta ahora que le importan más los reportajes en la prensa del corazón que la situación dolorosa que viven los más pobres en Orán, cuya vida hoy depende solamente del hospital local y de sus menguados recursos sanitarios.
Emulando a su antiguo jefe Scioli -que equivocó su agenda cuando viajó a Europa en plena crisis por las inundaciones en su Provincia- Urtubey se ha embarcado, feliz y enamorado, hacia la Gran Manzana, junto a su novia, como si en Orán, en vez de mosquitos infectados, florecieran claveles en los charcos.
Aquel viaje inoportuno y desacertado le costó a Scioli la Presidencia de la Nación, pero a Urtubey no le costará nada, teniendo en cuenta, sobre todo, que el viaje -incluido el de su consorte- es probablemente costeado con el dinero de todos los salteños; a menos que el Gobernador pruebe lo contrario.
El gesto demuestra no solo desprecio por Orán y descubre lo que muchos oranenses ya sabían: que Urtubey los utilizó para ganar votos; que les prometió bienestar y solo trajo pobreza. Ahora que no los necesita (porque sus apetitos electorales están puestos en otros horizontes, digamos «más pudientes») Orán se ha convertido para el mandatario en un territorio molesto, en una rebelde piedra en el zapato.
Si en las próximas elecciones el Partido Justicialista regresa al nivel de votos de 2003, no será ya por culpa de Romero sino de Urtubey y de su aristocrático desprecio hacia ese pueblo, sufrido y milenario, que demostró en un vídeo casero que el padecimiento no es razón suficiente para abatir su dignidad.
Los oranenses -y quizá solo ellos- saben que la visita que el pasado sábado les hizo el Gobernador de Salta fue el gesto político más humillante que han tenido que soportar en los últimos 120 años.
No hay medicamentos específicos ni tratamiento para el dengue. La suerte del enfermo depende de su estado de salud y de su genética. Solo hacen falta médicos, instalaciones suficientes y cuidados adecuados. En los dos meses que quedan para que llegue el invierno puede haber más contagios y más muertes, y no todo es cuestión de rezarle a San Ramón Nonato, ni de sacar al santo en procesión por las calles, como propuso el intendente/párroco Lara Gros.
Orán necesita de una dirección política, clara y firme, para enfrentar la adversidad. Pero si esa dirección depende del gabinete de aficionados a la política (a las remeras y a los anteojos de sol) que acompaña a Urtubey, lo mejor será pensar seriamente en sacar al santo a la calle.
Porque si esperamos que sea el Gobernador el que se ponga personalmente al frente del asunto, antes de que termine la batalla, los mosquitos ya pueden ir plantando su mortífera bandera en lo alto del campanario del obispo Zanchetta.