
Como ya ocurriera en junio pasado, cuando Juan Manuel Urtubey buscó el refugio de las sombras en el amplio escenario sobre el que el Consejo Nacional del Partido Justicialista denunció un complot de inteligencia en la muerte de Nisman, anoche el Gobernador de Salta desapareció de la escena en el preciso momento en que su protegido, Daniel Scioli, debió enfrentar a los medios de comunicación para reconocer la dura derrota electoral.
El gesto de Urtubey vuelve a ser llamativo, sobre todo si se tiene en cuenta que durante la noche del 25 de octubre el Gobernador de Salta fue uno de los que jaleó a Scioli y le disputó el protagonismo después de su precaria «victoria», por tres puntos.
Anoche, el todavía Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, subió al escenario arropado por una treintena de personas, entre las que se encontraba su candidato a Vicepresidente, Carlos Zannini.
Pero Urtubey, quien hasta hace pocas semanas aparecía como una especie de supremo arquitecto de alianzas políticas peronistas en favor de Scioli, no estaba. Igual que cuando Nisman, pero peor.
Esta nueva espantada del Gobernador de Salta pone en duda su auténtico carácter de líder democrático y revela, de modo preocupante, una personalidad con una baja o muy baja tolerancia al fracaso.
Algunos indicios de esta especie de patología política se comenzaron a insinuar la noche del 29 de julio de 2011, algunas horas después de que fueran hallados en la Quebrada de San Lorenzo los cuerpos asesinados de dos jóvenes turistas extranjeras. Aquella noche Urtubey no solamente no reconoció ningún error en su gestión o en la de sus funcionarios, sino que intentó negar la realidad al lanzar una frase que ha quedado para la historia: «Estas cosas no suceden en Salta».
Urtubey no desea pagar precios políticos ni cargar con mochilas que puedan hacerle más penoso su ascenso a la gloria. Por eso no quiso aparecer pegado al «suicisinato» de Nisman, ni acompañar a un Scioli derrotado, pero digno.