
Si Frankl -que además de filósofo era neurólogo y psiquiatra- hubiese estudiado en profundidad los fenómenos mentales que se producen en la política de Salta quizá habría invertido los términos de su sentencia; es decir, habría constatado que cuando no nos sentimos capaces de cambiar nosotros mismos (bien sea porque no podemos o porque estamos encantados de ser lo que somos) nos queda todo el tiempo abierto para cambiar cualquier cosa que suceda en el exterior, por muy inmodificable o difícil que parezca.
A lo largo de casi seis décadas de contacto directo con la política de Salta, he visto a sus principales protagonistas cambiar muy poco en el aspecto personal, pero al mismo tiempo los he visto muy empeñados -diría que demasiado- en cambiar casi todo, sin el más mínimo ánimo de mejorarlo.
Lo que pretendo decir es que para mejorar la política, reforzar la calidad de las instituciones, promover nuevos y mejores contenidos democráticos y solidificar a nuestra república no es suficiente la sola voluntad de hacerlo: es preciso que nosotros mismos nos propongamos mejorar como personas y como ciudadanos.
Una tarea como la que propongo requiere, por supuesto, de mucha humildad, de una capacidad autocrítica muy desarrollada y del cultivo de una virtud muy poco frecuente y que consiste en no temer a caer en la impopularidad por reconocer que uno no es tan bueno como su madre pensó que era.
Una de las conclusiones que saco de esta prolongada observación de los fenómenos políticos que se producen en el lugar en el que nací es que nuestra vida cívica es tan poco excitante que apenas si llegamos a rozar aquellos extremos emocionales que nos obligan a cambiar y a menudo propician que con nuestra capacidad reflexiva alcancemos lo más profundo de los fenómenos y los veamos como nunca antes los habíamos visto.
Yo mismo me enfrento a diario con esta carencia emocional, aun a pesar de que la emigración y la nostalgia me conceden una cierta ventaja a la hora de ver y de valorar ciertas cosas que a mis comprovincianos residentes no les provoca -como a mí- un cierto desorden interior.
Esta semana leo cómo el gobierno provincial de Salta y sus principales operadores políticos han vuelto a caer en la tentación de jugar al gato y al ratón con la convocatoria a elecciones para obtener ventajas políticas de muy corto alcance. Frente a esta triste constatación, pienso que el primer reto que afronta la democracia de Salta es el de mejorar los mecanismos de participación de los ciudadanos y que los poderes públicos tienen que hacer un esfuerzo para que nuestras elecciones no sean repetitivas, monótonas y sumamente injustas como lo vienen siendo desde Romero a Sáenz, pasando por Urtubey.
Con estos mimbres, es muy previsible que cuando la competencia haya comenzado efectivamente, a las elecciones concurran los mismos robots de siempre; es decir, gentes (y gentas) que no solo no han cambiado ni un ápice desde la última cita electoral, sino que muy probablemente han ido a peor en los últimos veinticinco años. ¿Es justo que a los salteños, a los que condenamos a participar en sus propios asuntos solo llamándolos a votar, les hagamos una oferta tan pobre? ¿Quién puede animarse a ser parte activa de la república si en vez de poner delante de sus ojos una especie de ágora ateniense los obligamos a elegir ganado en pie en una mala copia del mercado de hacienda Liniers?
Casi todos podemos darnos cuenta de que los políticos ponen por delante la palabra «cambio», pero que todos ellos hablan de cambiar a los demás; nunca de cambiar ellos mismos. Pero ¿son ellos tan perfectos que no necesitan cambiar?
Recuerdo que el primer día de abril de 2017 escribí un artículo con el título Demasiado amor por Salta puede matarnos, en el que intentaba una comparación si acaso imposible entre la canción de Brian May Too Much Love Will Kill You y el patético discurso que aquel mismo día pronunció el gobernador Juan Manuel Urtubey ante la Asamblea Legislativa.
Sé por supuesto que el de este señor es un caso muy especial de narcisismo (quizá para que se lo haga ver con algún científico de la talla del desaparecido Viktor Frankl), pero lo que tengo muy presente es que la madurez de los políticos de Salta, en general, no se mide por la evolución de sus procesos mentales o por sus progresos morales sino por el grosor de sus cédulas parcelarias. Así como ellos han invertido la ecuación de Frankl, han desmentido también al mismísimo Norman Mailer cuando decía aquello de «hay una ley de vida, cruel y exacta, que afirma que uno debe crecer o, en caso contrario, pagar más por seguir siendo el mismo».
Pues bien, ciertas personas que se dedican en Salta a predicar bienaventuranzas de todos los colores, pero que al final terminan inaugurando grifos de agua en localidades alejadas, como si con ello alcanzaran el cénit de su capacidad creadora, hacen que ese precio que inexorablemente el ser humano debe pagar para seguir siendo el mismo lo paguen otros, nunca ellos mismos.
Por eso nos va como nos va.
Tenemos que convencernos de una vez que no debemos exigir tantos cambios a la política y sí mucho más a quienes la protagonizan. En pocos lugares como en Salta la pluralidad de pensamientos y de sensibilidades que caracteriza a la base social se encuentra tan reducida por el gran parecido emocional que existe entre los políticos más prominentes.
Hay muchas cosas para cambiar, desde luego, pero esta enorme distancia entre unos y otros parece hoy estar al tope de la lista.