A menudo se dice que el ser humano (el homo parlante) es amo de sus silencios y esclavo de sus palabras. El aforismo tiene una notable excepción subjetiva: los políticos que ejercen responsabilidades de gobierno. Ocurre con frecuencia que quienes nos gobiernan están obligados a hablar, a llamar a las cosas por su nombre y transmitir con palabras a sus conciudadanos, no ya sus sentimientos, sino la realidad de las cosas.
Un político se convierte así en esclavo de sus silencios cuando son esos silencios -y no las palabras- los detalles más significativos del mensaje.
Desde hace mucho tiempo, existe una especie de jerarquía de expresiones que los políticos utilizan, a veces sin el necesario rigor, para dar a conocer su disconformidad o su reproche en relación con determinadas acciones humanas. Un abanico que va desde la simple reconvención (o censura) hasta la repulsa (la condena más enérgica), pasando por el repudio (o rechazo).
No da igual una cosa que la otra. La precisión del lenguaje define, en este caso, como en muchos otros, la exactitud de la reacción política.
El caso del Gobernador de Salta
Nunca en los siete años precedentes, el Gobernador de Salta había salido públicamente a «condenar enérgicamente» un hecho. Ni siquiera los más graves que conmocionaron a la sociedad.Ayer sin embargo ha utilizado la expresión más grave de entre todas todas las que puede emplear un político.
Y no lo ha hecho para reprobar un hecho atroz y comprobado sino un suceso aparentemente menor; una sospecha que dista mucho -todavía- de ser una verdad clara y contrastada.
Lo que habría que preguntarse, no ya con curiosidad política sino con preocupación psicológica, es por qué motivo el Gobernador condena enérgicamente ahora este tipo de hechos difusos y el 29 de julio de 2011, cuando enfrentó a los periodistas para dar cuenta del hallazgo de los cuerpos asesinados de dos jóvenes turistas francesas en la Quebrada de San Lorenzo, guardó un penoso silencio que avergonzó entonces -y avergüenza aún- a una enorme cantidad de salteños.
En aquella oportunidad, el Gobernador se limitó a decir: «En Salta no ocurren estas cosas», como queriendo transmitir a la población que el asesinato y los cadáveres pertenecían al mundo de las pesadillas y no al de la realidad.
¿Qué valoración personal y política puede hacerse de un mandatario que frente a la muerte y al asesinato de dos inocentes e indefensas mujeres se abstiene de condenar y que, al contrario, reserva el uso de las palabras más duras para un hecho que ni siquiera se sabe si tiene relevancia penal?
El Gobernador de Salta tardó varios días en expresar su congoja por el asesinato de las turistas francesas, pero no consta que haya condenado el hecho, como lo hubiera hecho cualquier político frente a un ataque incalificable a la libertad y a la vida de las personas.
Los mismos silencios del Gobernador han dejado a los salteños perplejos -solo por poner tres ejemplos aislados- en casos como la reciente detención del sacerdote italiano acusado de graves delitos contra menores de edad, o en el sonado caso de la negativa de un juez a autorizar un aborto legal, en contra del criterio del más alto tribunal de justicia de la Nación, o en la inexplicable muerte de cuatro brigadistas de Defensa Civil mientras apagaban un incendio forestal en Guachipas.
Pero en el caso de las fotografías del intendente Mazzone su «condena enérgica» ha sido casi inmediata. ¿Por qué?
Hay que reconocerle al Gobernador, que desde aquella horrible metedura de pata de finales de noviembre de 2011, cuando dijo o dio a entender que la violencia contra la mujer forma parte del «acervo cultural» de los salteños, ha hecho grandes progresos en la materia. En enero de 2015, el mismo Gobernador es otra persona, más prudente, y si acaso más consciente de la magnitud de los problemas que le toca enfrentar.
Pero, a pesar de estos progresos -que no parecen ser producto de una mayor capacidad política sino más bien consecuencia de la dura pedagogía de la escuela de la vida- la desmedida e inmediata reacción de la «enérgica condena» de ayer, puesta en contraste con siete años de discursos erráticos y mal planificados, conduce a concluir en que los valores que rigen la vida del Gobernador de Salta son variables y contingentes en función de sus necesidades electorales.
Es casi obligado reconocer su coherencia, pues si en julio de 2011 calló su condena para evitar perder unas elecciones, en enero de 2015 es la misma motivación la que lo ha impulsado a pronunciar la primera «condena enérgica» de su vida. No por la muerte de inocentes a manos de salvajes victimarios, sino por un Intendente de su redil político, fotografiado en una fiesta simplemente sospechosa.