El desprecio a la oposición distingue a los primeros siete meses de Sáenz en el poder

  • Se cumplen hoy siete meses exactos desde que Gustavo Sáenz asumió el cargo de Gobernador de Salta por el periodo 2019-2023.
  • Balance de un tiempo turbulento

Pocos gobernadores como él -hay que reconocerlo- han debido afrontar calamidades y situaciones excepcionales en un periodo tan corto. Pero hay que reconocer también que una de ellas -la muerte en cadena de niños aborígenes pobres y desnutridos- era la crónica de un desastre anunciado.


Al cabo de estos meses, los salteños tienen la sensación de que Sáenz representa la continuidad de un pasado cuyas huellas son difíciles de borrar. Esta probablemente sea la razón por la cual las principales actuaciones del gobierno provincial son recibidas con un gran escepticismo por los ciudadanos, cuando no por una generalizada indiferencia.

Seguramente Sáenz podría haber gestionado la hambruna en el norte y la crisis del coronavirus con un poco más de acierto. Pero también podría haberlo hecho peor. Todo es posible cuando se enfrentan circunstancias que el gobernante no busca conscientemente.

El problema está en lo que debería haber hecho, digamos de una forma consciente y deliberada, y que no hizo ni parece que esté en condiciones de hacer.

Al ganar las pasadas elecciones, los salteños depositaron en el nuevo Gobernador unas expectativas de cambio muy importante. No solo se trataba de apartarse de la línea mayestática y personalista de sus dos más inmediatos antecesores, sino de desmontar la bomba de relojería que estos habían colocado en un sistema institucional esculpido a golpes de martillo para servir a unos intereses muy alejados de los que animan la vida de cientos de miles de salteños.

En estos primeros meses de su gobierno, Sáenz no ha hecho nada para desactivar la trampa que montaron Romero y Urtubey. Al contrario, todos sus pasos parecen encaminados a reforzar la infuencia de los dos grandes señores política local, que, paradójicamente son los que, con su vulgaridad, han sustraído a nuestra política el poco señorío que le quedaba.

Sáenz está siguiendo sus pasos y ha empezado a leer el manual por sus primeras páginas: las que dicen que el que gobierna se basta a sí mismo y que si alguien sobra en Salta esto es la oposición al gobierno.

Como Romero primero y Urtubey después, aunque por razones ligeramente diferentes, Sáenz ha ignorado y despreciado a la oposición. Los últimos 37 años de democracia -33 de ellos con gobiernos peronistas- han demostrado que la oposición no es necesaria. Si existe, hay que laminarla. Su existencia es la prueba del fracaso del enfoque agonístico de la política que predica el peronismo peleón y autosuficiente.

Pero así como Romero despreció a la oposición por un cierto resentimiento de clase y Urtubey lo hizo porque se creyó intelectualmente superior a los demás, Sáenz lo hace porque a su alrededor escucha voces que le dicen con cierta insistencia que la oposición, más que un activo valioso para la política, es un obstáculo para el progreso de la voluntad omnímoda del líder.

Sáenz se cree con derecho a mandar con la misma diabólica intensidad de los otros dos, que no tuvieron quien les tosiera durante 24 años. Pero la personalidad de Sáenz (más humano y menos visceral que sus antecesores) lo coloca en una situación muy incómoda, pues la cabra siempre para el monte tira.

A Sáenz parece faltarle esa pizca de audacia -fundamental en la política- que a veces empuja a los líderes a soltar lastre y deshacerse de sus mentores para intentar valerse por sí mismo. A Sáenz le sucede como a esos estudiantes de medicina que comenzaron la carrera con su novia de la secundaria, paciente y sacrificada, pero muy íntimamente esperan acabar la carrera para cambiarla por una mejor.

El reto de Sáenz para lo que le queda de mandato es acordar con la oposición y no liquidarlos o mandarles a cortar el micrófono en la Cámara de Diputados. Puede que la historia sea generosa con Sáenz si se anima a romper sinceramente con el pasado y que no lo sea tanto si advierte que su mandato será más de lo mismo.

Y lo será, sin dudas, si el Gobernador de Salta no rompe con la tradición autoritaria y personalista de los que se unieron para que ascendiera a este cargo; si no tiene o no demuestra el coraje suficiente para criticar sus tropelías y propiciar su castigo; si sigue inflando su gobierno con inútiles heredados de las fracasadas experiencias anteriores; si sigue despreciando a la oposición y cerrando los ojos y apretando los dientes para que no existan o que no levanten cabeza.

Si Sáenz es más inteligente y más honrado que Romero y Urtubey, sabrá por dónde tiene que caminar en los próximos 41 meses. Si no lo es, los salteños no habrán descubierto en su gobierno nada nuevo y nada que les produzca ilusión o alimente sus esperanzas de cambio.