
Lo harán, como casi siempre en estos últimos 36 años, en medio de un clima de malsana excitación y especial inquietud, que no es espontáneo, como muchos creen, sino fabricado a medida por quienes cada cierto tiempo se las ingenian para sacar el máximo provecho personal de las decisiones más pasionales y menos reflexivas de sus congéneres.
Como muchos de nuestros lectores saben, no podré votar en estas elecciones, aunque espero hacerlo en el Consulado Argentino en las nacionales del próximo 27 de octubre.
De haber podido votar en las elecciones provinciales de Salta, lo más probable es que, por pura debilidad o quizá por un reflejo de imitación, terminara yo enredado en esa maraña de mensajes incomprensibles que emiten los absurdos pero tenaces políticos de Salta. Así, mi voto habría sido uno más de todos cuantos se echan en la urna sin ninguna racionalidad que lo guíe y lo convierta en valioso.
Por esta razón es que pienso que el enorme espacio geográfico que me separa de Salta debería servir para evitarme el disgusto de tener que mirar todo aquello con la misma agitación descompuesta con que lo hacen quienes están sobre el terreno y experimentan, por ello, sensaciones tan fuertes y movilizadoras que les impiden pensar y reflexionar serenamente sobre lo que ocurre a su alrededor.
Durante los últimos cinco años -aun viviendo fuera del país- he estado más cerca que nunca de la política de Salta. Pero todo ha sido fruto de la casualidad, pues no me lo he propuesto en absoluto.
Al contrario, hasta hace poco mi deseo era el de aprovechar la distancia física para crear una suerte de distancia emocional que me permitiera vivir despasionadamente (aunque no sin interés) las pequeñas batallas tribales de mi provincia. Me habría gustado edificar un muro que hiciera posible, para mí y para los míos, una existencia de paz y tranquilidad allende los mares, sin nostalgias enfermizas, sin cuentas pendientes por saldar.
Pero no he tenido esa suerte.
Para sorpresa mía, algunas de mis aportaciones distantes a los caóticos y todavía dispersos debates de la vida pública salteña en los últimos años se han vuelto más cercanas, más constantes y, para algunos, quizá más necesarias. Y aunque todavía dudo de si tal proximidad puede resultar realmente útil a mis comprovincianos, hoy tengo la impresión de que un puñado de personas, a las que en su mayoría ni siquiera conozco, verían como una traición o un abandono imperdonable que dejara de aportar a las grandes y pequeñas discusiones que se producen en el espacio público de nuestra provincia, y que frente al desafío cívico que plantean las próximas elecciones me encerrara yo en un inexplicable y lejano silencio.
En realidad, me apena un poco comprobar que mientras algunos se animan a compartir ideas -a veces sin reconocerlo- y se atreven a soñar con una mejor calidad de vida democrática para todos los salteños, sin exclusiones, cuando se trata de «pasar al acto» -es decir, cuando toca poner en acción estas ideas- esas mismas personas parecen considerar que la aventura reformista no vale la pena ser acometida en una sociedad tan desvertebrada como la nuestra y juzgan más conveniente dejar aparcados los sueños de un futuro mejor para más adelante, cuando «las condiciones estén dadas».
Esta especie de renuncia anticipada me parece sumamente negativa, pero no puedo hacer más de lo que hago para que algunas cosas se muevan en Salta y lo hagan en una dirección de progreso.
Las próxima elecciones
Ante la cercanía de las elecciones provinciales, muchos se preguntan si apoyo a algún candidato a Gobernador. La respuesta es no.Y no porque no tenga interés en la contienda -que lo tengo, como ya he dicho- sino por otras razones que me gustaría exponer brevemente aquí.
En contra de los que muchos creen, pienso que la indiferencia cívica es una actitud política como la que más y así debe ser valorada. A los indiferentes, así como a los descontentos y a los desmovilizados, no se los debe despreciar como tibios o tímidos, sino respetarlos como a ciudadanos valientes que se animan a denunciar con su indiferencia los males que aquejan a nuestro sistema de convivencia. Muchos creen, como decía BURKE, que la moderación es una especie de traición, cuando no lo es en absoluto. La moderación no es otra cosa que la esencia de la política.
No tomar partido por ningún candidato o fracción es una forma legítima de protestar contra esa especie de democracia radical que se nos propone y en la que la voluntad mayoritaria busca imponerse (sin mejores argumentos que el de la propia existencia de la mayoría) a una forma de gobierno en la que existen y se respetan unos derechos y unas garantías constitucionales que señalan límites muy precisos a las mayorías. Nunca debemos olvidar que en una democracia, la mayoría de los ciudadanos es capaz de ejercer la más cruel represión contra las minorías. Algo de esto está sucediendo en Salta.
No es una novedad para nadie que en el último cuarto de siglo los salteños nos hemos ocupado de construir y cultivar mayorías, rindiéndoles tributos cual si fuese el mayor número, y no el conjunto, el único depositario y el supremo intérprete del interés general. Y nos hemos olvidado al mismo tiempo de que el sistema político que instaura y protege nuestra Constitución de 1986 es una democracia constitucional o una democracia liberal (para los que prefieren este último adjetivo), y no simplemente una democracia a secas. Creo que aquí reside la clave de todo el asunto.
Es mi deber advertir que todos los candidatos que se presentan a las próximas elecciones, al igual que hicieron los dos gobernadores que los precedieron, prometen, con diferentes grados de intensidad pero con parecidas intenciones, privilegiar aquella voluntad mayoritaria en detrimento de los derechos de las minorías. En ninguno de los múltiples y variados catálogos de ocurrencias que circulan estos días por Salta e inundan las redes sociales figura, ni siquiera a título de esbozo, la tutela y promoción de los derechos de las minorías.
Apoyaría, sin reservas, a quien propusiera construir una democracia basada en el respeto permanente de los derechos de las minorías. Lo haría con alguien que dijera con claridad de qué modo se van a defender las minorías del acoso «democrático» de las mayorías. Pero, por desgracia, no ha aparecido ningún candidato capaz de articular una idea semejante y, menos aún, de ponerla en práctica con garantías razonables de éxito en una sociedad agitada y desigual que solo busca producir winners de largo recorrido.
Los gobiernos mayoritarios y el interés general
Los últimos 24 años en Salta han servido para que gobiernos con una muy amplia base de apoyos populares se hayan dedicado nominalmente a gobernar para aquella mayoría; aunque todos sabemos en realidad que los dos últimos gobernadores han preferido proteger los intereses de su grupo de amigos (pequeñas oligarquías enquistadas en el poder) más que el propio interés mayoritario, al que tan frecuente como interesadamente se ha tendido a confundir con el interés general.En nombre de la mayoría, los gobiernos que comenzaron en 1995 se han esforzado por echar los cimientos de un populismo dañino, ineficiente y sustentado por una base intelectual y doctrinaria muy rudimentaria. Los dos gobernadores que se han desempeñado en este largo periodo, verdaderos adalides de la mediocridad, se han encargado de entronizar la corrupción y clientelismo, para, entre otras cosas, ahogar los derechos de las minorías y sojuzgarlas.
El sistema instaurado hace un cuarto de siglo dividió sus objetivos en dos grandes direcciones, divergentes según quién fuese el destinatario de sus políticas: 1) para los amigos y favorecedores, negocios y prebendas; 2) para el resto de los adherentes, símbolos y pobreza en abundancia. Es lógico entender, pues, que para aquellos que no comulgaban con el régimen y no entraban dentro de una u otra categoría, la respuesta del ganador fue siempre la misma: ni justicia.
Algunos podrían decir, y con razón que hemos dedicado dos terceras partes del periodo democrático inagurado en 1983 a construir lo que hoy se conoce como una democracia iliberal; pero, en mi opinión, en Salta se han dado pasos mucho más decididos y consistentes en una dirección quizá más peligrosa todavía para los derechos y las libertades de todos.
En lo que sigue, intentaré demostrar que nuestro régimen de convivencia posee algunas de las principales características de lo que se ha dado en llamar el fascismo eterno. Lo haré con la intención de poner de manifiesto, una vez más, la crucial importancia de las próximas elecciones provinciales y la necesidad de que el voto ciudadano sea ejercido con responsabilidad y no con fanatismo.
Sobre el ‘fascismo eterno’
Umberto Eco acuñó hace más de dos décadas el termino «Ur-Fascismo», o «fascismo eterno», para ayudar a identificar con facilidad a los regímenes fascistas, de los que -dice el filósofo- se pueden eliminar uno o más aspectos sin que por ello pierdan su esencia (Discurso pronunciado el 24 de abril de 1995 en la Universidad de Columbia, Nueva York, recogido después en Cinco escritos morales [Penguin Random House, 2010] y en Contra el fascismo [Lumen, 2018]).Para Eco, es posible elaborar una lista de características del fascismo, que sin embargo no pueden ser encuadradas en un sistema particular y armónico, pues muchas de ellas se contradicen mutuamente y son típicas de otras formas de despotismo o fanatismo. Pero «basta con que una de ellas esté presente para hacer coagular una nebulosa fascista», dice el brillante filósofo piamontés.
Entre las principales características identificadas por Eco (en total son catorce) destacan algunas, que me gustaría mencionar en este escrito, porque son perfectamente reconocibles en el sistema de gobierno que los salteños (algunos, sin saberlo) estamos sosteniendo.
Quisiera mencionar, en primer lugar, el culto a la tradición, un terreno en el que los dos últimos gobiernos de Salta han concretado enormes avances que ya no se pueden considerar meramente simbólicos. Pensemos solamente en el desmesurado culto histórico-religioso a Güemes, en la promoción por el gobierno de las honras a la Pachamama y la elevación a los altares de los peregrinos, nuevos y sorprendentes protagonistas de la antigua y muy devota fiesta del Milagro. Nada de esto ocurría hace solo treinta años en Salta.
Sobre el culto a la tradición dice Eco que la nueva cultura que caracteriza al «Ur-Fascismo» ha de ser sincrética. Dice el filósofo que «sincretismo» no es solo, como indican los diccionarios, la combinación de formas diferentes de creencias o prácticas: «Una combinación de ese tipo debe tolerar las contradicciones. Todos los mensajes originales contienen un germen de sabiduría y, cuando parecen decir cosas diferentes o incompatibles, lo hacen solo porque todos aluden, alegóricamente, a alguna verdad primitiva. Como consecuencia, ya no puede haber avance del saber. La verdad ya ha sido anunciada de una vez por todas, y lo único que podemos hacer nosotros es seguir interpretando su oscuro mensaje».
Es, por tanto, el culto a la tradición instaurado y potenciado por los dos últimos gobernadores de Salta el que ahora mismo está impidiendo la difusión y el avance del conocimiento, y el que, a fuerza de repetición, nos condena a una educación conservadora e inmovilista, incapaz de iluminar a las nuevas generaciones y de prepararlas para los desafíos que plantea el futuro. La emergencia y consolidación de la que yo llamo la budget generation, integrada en su mayoría por jóvenes con una muy deficiente base formativa pero con una ambición política personal a prueba de bombas, es producto de la esclerosis de nuestro sistema educativo y del oscurantismo que el poder absoluto se ha esmerado en difundir para autoprotegerse.
El tradicionalismo en Salta implica también el rechazo del modernismo, que es la segunda de las características identificadas por Eco. Decía el filósofo que «tanto los fascistas como los nazis adoraban la tecnología, mientras que los pensadores tradicionalistas suelen rechazar la tecnología como negación de los valores espirituales tradicionales. Sin embargo, a pesar de que el nazismo estuviera orgulloso de sus logros industriales, su aplauso a la modernidad era solo el aspecto superficial de una ideología basada en la ‘sangre’ y la ‘tierra’ (Blut und Boden). El rechazo del mundo moderno se camuflaba como condena de la forma de vida capitalista, pero concernía principalmente a la repulsa del espíritu del 1789 (o del 1776, obviamente). La Ilustración, la edad de la Razón, se ven como el principio de la depravación moderna. En este sentido, el Ur-Fascismo puede definirse como ‘irracionalismo’».
Basta con repasar alguno de los discursos más importantes del actual Gobernador de la Provincia para advertir, entre líneas, este rechazo al modernismo, oculto detrás de la máscara del abrazo a la tecnología. Sirva como ejemplo de esta particular ideología basada en Blut und Boden la combinación aparentemente contradictoria entre la inteligencia artificial que supuestamente adivina los tropiezos sexuales de las adolescentes salteñas más pobres y el lema de la campaña a senador nacional del hermano del Gobernador: «La misma sangre, la misma lucha».
El irracionalismo depende también -dice Eco- del culto de la acción por la acción. «La acción es bella de por sí, y, por lo tanto, debe actuarse antes de y sin reflexión alguna. Pensar es una forma de castración. Por eso la cultura es sospechosa en la medida en que se la identifica con actitudes críticas». El mejor ejemplo de esta pasión por la acción irreflexiva, el desprecio por el pensamiento y la permanente sospecha hacia el mundo intelectual, es la avasalladora maquinaria de praxis procesal que ha puesto en marcha el actual Procurador General de la Provincia, quien parece no querer dejar nada en pie tras su paso por el cargo y se ha lanzado a esclarecer los crímenes más complejos «cueste lo que cueste». Y ello, sin contar con que, cada tanto, este mismo magistrado, enceguecido por la figuración, envía a su jefa de prensa a publicar insultos y descalificaciones hacia los miembros del Foro de Observación de la Calidad Institucional de Salta, una de las pocas instancias de pensamiento libre que existen en nuestra provincia. A ellos, a los observadores, solo les falta que el Procurador les lance a la cara aquello de «muera la inteligencia» o que les repita aquella siniestra frase que se atribuye a Goebbels «cuando oigo la palabra cultura, echo la mano a la pistola».
Dice Umberto Eco que ninguna forma de sincretismo puede aceptar el pensamiento crítico. El espíritu crítico opera distinciones, y distinguir es señal de modernidad. En la cultura moderna, la comunidad científica entiende el desacuerdo como instrumento de progreso de los conocimientos. Para el Ur-Fascismo, el desacuerdo es traición y es un signo de diversidad intolerable. El Ur-Fascismo -dice el filósofo- «crece y busca el consenso explotando y exacerbando el natural miedo de la diferencia».
Otra característica es la frustración individual o social que da origen a los fascismos. La base sociológica de estos regímenes son las clases medias frustradas, desazonadas por alguna crisis económica o alguna humillación política, asustada por la presión de los grupos sociales subalternos. Dice Umberto Eco que «en nuestra época, en la que los antiguos ‘proletarios’ se están convirtiendo en pequeña burguesía (y los lumpen se autoexcluyen de la escena política), el fascismo encontrará su público en esta nueva mayoría».
Para no hacer demasiado extenso este escrito, me gustaría concluir con la mención de las tres últimas de las características identificadas por Umberto Eco, a saber: el machismo, el populismo cualitativo y la «neolengua».
Respecto del primero, dice Eco que tanto la guerra permanente como el heroísmo son juegos difíciles de jugar, y es por esa razón que el Ur-Fascista transfiere su voluntad de poder a cuestiones sexuales. «Este es el origen del machismo (que implica desdén hacia las mujeres y una condena intolerante de costumbres sexuales no conformistas, desde la castidad hasta la homosexualidad). Y puesto que también el sexo es un juego difícil de jugar, el héroe Ur-Fascista juega con las armas, que son su Ersatz fálico: sus juegos de guerra se deben a una invidia penis permanente», dice el filósofo.
En relación con el llamado «populismo cualitativo», Eco recuerda que en una democracia constitucional los ciudadanos gozan de derechos individuales, pero en una democracia a secas el conjunto de los ciudadanos solo está dotado de un impacto político desde el punto de vista cuantitativo (se siguen las decisiones de la mayoría). Para el Ur-Fascismo los individuos en cuanto individuos no tienen derechos, y el «pueblo» se concibe como una cualidad, una entidad monolítica que expresa la «voluntad común».
«Puesto que ninguna cantidad de seres humanos puede poseer una voluntad común, el líder pretende ser su intérprete. Habiendo perdido su poder de mandato, los ciudadanos no actúan, son llamados solo pars pro toto a desempeñar el papel de pueblo. El pueblo, de esta manera, es solo una ficción teatral», escribe Eco, en lo que bien podría ser una caracterización precisa del peronismo y de su discutible doctrina.
Finalmente, como sucede en Salta y se puede apreciar tanto en los discursos del Gobernador como en el lenguaje y estrategias de comunicación de la página web oficial del gobierno, el Ur-Fascismo habla la «neolengua».
La «neolengua» -inventada por Orwell en 1984- se practica no solo en la información pública, sino también en los actos administrativos, en las resoluciones judiciales y en los textos escolares, todos ellos basados en un léxico pobre y en una sintaxis elemental, a veces disfrazada por el empleo de una jerga críptica, como sucede en el lenguaje forense. La finalidad del empleo de esta particular forma de comunicación no es otra que la de limitar los instrumentos para el razonamiento complejo y crítico.
A modo de conclusión
En síntesis, que el fascismo está todavía a nuestro alrededor y no debemos bajar la guardia, porque entre sus nuevas estrategias se cuenta una capacidad muy fina de pervertir el lenguaje y enmascarar sus verdaderas intenciones. Como dice Umberto Eco, «el Ur-Fascismo puede volver todavía con las apariencias más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y apuntar con el índice sobre cada una de sus formas nuevas, cada día, en cada parte del mundo».Es por esta razón que me atrevo a pedir a mis comprovincianos un esfuerzo de atención muy especial en las próximas elecciones, puesto que nuestra democracia, devaluada a propósito por quienes nos gobernaron desde 1995, corre serio riesgo de involucionar hacia formas aún más autoritarias y negatorias de las libertades. Y debemos estar atentos, porque si bien la oferta electoral es la que es y a estas alturas ya no se puede cambiar, tenemos que ser conscientes de que la democracia es una fuerza viva que se alimenta de la política que es la que promueve y asegura nuestras libertades. Nuestro deber es contribuir a mejorarla con nuestro voto y con gestos de convivencia pacífica.
Si no lo conseguimos, si nuestro voto se dispersa, si no somos capaces de lograr que se impongan los que sueñan con un futuro en el que las libertades y los derechos de todos -especialmente los de las minorías- sean posibles, la fuerza del fascismo crecerá irremediablemente en Salta y llegará un momento en que para recuperar la convivencia y rescatar a las libertades de su encierro serán necesario esfuerzos extraordinarios que hoy por hoy una mayoría de salteños desearía evitar.