
Razón tiene Urtubey cuando dice que la patria de hoy en día ya no nos exige dar la vida como antes. Es decir, que ni él ni nosotros derramaremos nuestra sangre -como Cristo- para la salvación de nuestros semejantes. En el caso de Urtubey, su sacrificio consistirá en bajar y subir a pie la escalerilla del avión oficial. Así, de esta forma tan dolorosa, el Gobernador de Salta se asegurará un lugar en los altares y en los manuales de cuarto grado de primaria.
Evidentemente, para cabalgar hasta la Horqueta como un mártir en ciernes ya no se necesita ir desangrándose por una bala aviesa alojada en los cuartos posteriores. Las heridas del siglo XXI son si acaso más sutiles, casi invisibles y a veces indoloras; pero igualmente letales.
Con este convencimiento cabalgó Urtubey junto a sus indómitos gauchos hace dos días. Como siempre, lo hizo entre lágrimas y sollozos, porque al chozno nunca le cuadró la idea de que se celebrara, como dice el almanaque, una fiesta cívica en honor a Güemes; una fiesta que exaltara su vida, su leyenda y su legado, no su muerte. El interés familiar y el de la camarilla histórica que desde hace décadas le baila el agua es convertir al 17 de Junio en un perpetuo Viernes Santo, con crespones macilentos abrazados a lazos morados y el bronce sinfónico de las campanas tocando a muerto.
Pero ¿qué mejor ejercicio de mortificación republicana que recrear el precario transporte de Güemes bajo código rojo (en la época, más que una clasificación sanitaria, aquello era cuestión del color de los ponchos) con un Gobernador tocado seriamente en sus partes más íntimas?
Lo que hay que pensar es que si en los gélidos días de finales del otoño de 1821 hubiera habido cámaras de vigilancia en la Plaza Belgrano, esta es la hora que el Ministro de Seguridad ya habría convertido en viral el vídeo de la artera emboscada de Barbarucho Valdez, bajo el título «balas van y balas vienen, a la vuelta de la casa de Güemes. Mirá la balacera en la que resultó lesionado el héroe gaucho».
Las circunstancias de la vida y de la política han hecho que Urtubey llegue herido (muy herido) a esta cabalgata procesional y purificadora de 2019. Todo el mundo sabe por qué.
Pero como los malvados de Salta son muy de hacer leña del árbol caído, sus amigos de Limache hoy mismo le han echado en cara la mala situación económica y social de la Provincia, como si recién ahora se hubieran dado cuenta de ella, y sobre todo, como si ellos, los criticones, no tuvieran nada que ver en el asunto.
Ahora resulta que el petróleo no funciona, la agricultura solo cosecha desencanto, el empleo es una basura, el aparato productivo se desmorona por horas y son más de 700.000 los pobres estructurales que malviven en el inframundo que Urtubey se ha inventado para su solaz y esparcimiento. Hace solo 15 días vivíamos en un vergel, mandando salteñitos y salteñitas a estudiar robótica a China y a los Estados Unidos. Algo ha cambiado en estos días, por supuesto, pero no han sido precisamente los indicadores socioeconómicos, que siguen registrando mínimos de catástrofe, como lo vienen haciendo desde hace por lo menos ocho años, si no más.
Lo que ha cambiado es que Urtubey es hoy mucho menos presidenciable que antes. Es decir, que algunos ya han comenzado a darse cuenta de que el Gobernador ha estado jugándose unas cartas bravas que no le pertenecían en propiedad. Ahora los dueños de la baraja le reclaman el dispendio.
Por supuesto, el candidato hoy tocado puede recuperarse mañana y levantarse como el Ave Fénix de sus cenizas, pero no lo harán los indicadores sociales de una Provincia hundida por la falta de política, por la abundancia de políticas y de políticos, de espacios y de espacias, y atravesada por el ego megalomaniaco de algunas personalidades de calado moral más bien superficial.
Aun así, los amigos mediáticos del Gobernador, si este levanta los match points en su contra, volverán a renovarle el crédito; aunque el otrora ambicioso mandatario, en su desvarío, se haya convertido ya en un telepredicador de poca monta.