
Dice un histórico fallo de la Corte de Justicia de Salta que los salteños somos cristianos «por tradición» y que es por esta razón -la tradicional- que nuestro carácter religioso debe ser respetado, especialmente por aquellos que profesan un credo diferente al nuestro o no profesan ninguno.
Lo curioso de este enfoque es que los «cristianos mayoritarios» están relevados de cualquier deber de respetar las creencias o no creencias ajenas. A los demás, por la fuerza de la tradición, se les puede imponer legítimamente las creencias y los ritos de la mayoría. Eso sí que está permitido.
Se puede disentir de esta conclusión, pero de lo que no se puede dudar es de que el poder político -que la Corte no solo resume sino que ejerce con denuedo- no considera que los salteños profesamos la religión católica por convicción, sino simplemente porque se trata de «una costumbre bastante arraigada».
Quien ha venido a dar la puntilla a la ya de por sí débil idea de la convicción religiosa colectiva del pueblo salteño ha sido el propio Gobernador de la Provincia, Juan Manuel Urtubey, quien en su nombre ha salido a decir que, a pesar de ser creyente, no practica la religión en la que fue cuidadosamente educado desde niño. Es decir, que no se siente fuertemente adherido a la idea religiosa, como le sucede a la mayoría de los creyentes no practicantes, que no dudan tanto de su fe como de la utilidad de los ritos y de las ideas que ellos representan.
Hasta que se conocieron estas tremendas declaraciones, casi todos los salteños pensábamos que nos gobernaba un señor de convicciones sumamente discutibles pero firmes y en cierta medida estables. Hoy nos hemos dado cuenta de que no es así.
Pero la sorpresa no ha sido mayúscula, como algunos han dicho, puesto que en materia de convicciones personales, el Gobernador de Salta hace tiempo que viene emitiendo claras señales de fragilidad, de cálculo y de oportunismo.
De las muchas materias en las que el Gobernador ha ofrecido puntos de vista y decisiones contradictorias me voy a quedar con una: el pluralismo democrático.
Casi no hay dudas acerca de que el gobernador Urtubey ha visto en los últimos once años cómo la sociedad salteña cambiaba delante de sus narices. No siempre para mejor, por supuesto. Pero al cabo de todo este tiempo es innegable que la sociedad de 2018 ha dejado muy atrás a la de 2007, mucho más homogénea, menos variada y escasamente fragmentada.
Sin embargo, la práctica del gobierno no ha acompañado esta vertiginosa transformación de la sociedad. A pesar de los intentos -todos ellos parcialmente fallidos- el gobierno de Urtubey ha dirigido sus esfuerzos al objetivo de imponer una mirada rígida sobre la historia de Salta, poniendo por delante los valores, los principios y creencias de un grupo social en decadencia, y ocultando al mismo tiempo todas las señales que, cada vez con mayor intensidad, ofrecen la imagen de una sociedad mucho más diversa y cada vez menos proclive a compartir las convicciones de la pretendida aristocracia. Unas convicciones que -a pesar de la progresista doctrina la Corte de Justicia de Salta- se ha demostrado que no son universales.
Esta práctica del gobierno de Urtubey no es baladí, puesto que encierra la pretensión de definirnos como pueblo y de conformar nuestras miradas de una forma homogénea. Urtubey no solo ha puesto en práctica políticas reaccionarias para afirmar su poder sino que también ha intentado lograr la hegemonía de sus creencias; salvo en estos últimos dos meses en los que -aparentemente por razones de marketing electoral- parece haberse apartado del manual del buen conservador provinciano.
De golpe, el Gobernador ha visto cómo sus convicciones comenzaban a escasear. Primero fueron las democráticas y ahora, sin que nadie no previera, las religiosas. Para un integrista como él, una cosa trae a la otra, pues política y religión han formado para él un solo cosmos.
Por eso es que solo después de once años de gobierno descubrimos que Juan Urtubey es un demócrata no practicante. Porque su gobierno, basado en el ideario tradicional de la derecha reaccionaria lugareña ha arriado vergonzosamente sus banderas; pero no en una dirección pluralista y respetuosa de la diversidad como se podría suponer, sino en beneficio del relativismo moral y el oportunismo político. El grupo social que Urtubey representa como nadie siempre ha sido brutal, pero, siéndolo, al menos tenía principios. Ahora se limita a ser brutal, ya que los principios se han subordinado a los objetivos políticos del líder, primero, y a sus cambiantes humores, después.
Al parecer, la nueva moral de la derecha salteña exime de la obligación de asistir a misa, pero sigue adelante con su pretensión de que los agnósticos no falten a ellas y santifiquen las fiestas de guardar. Con el silencio cómplice de la Iglesia, los asuntos del espíritu se solventan ahora de una forma muy particular: los de izquierda se divorcian, los de la derecha -salvo algunos casos excepcionales- obtienen la nulidad eclesiástica de su matrimonio.
Este mismo patrón mental se aplica a los asuntos de la democracia, pues desde el gobierno se exige a los demás la observancia de unas formas democráticas que el propio gobierno es incapaz de cumplir, en nombre de la razón de Estado, del relativismo moral o de lo que sea. Así como el matrimonio cristiano deja de ser indisoluble y sagrado para algunos, las minorías dejan de tener sentido en nuestra falsa representación de la democracia.
En tales condiciones parece bastante hipócrita ponerse a dar lecciones al prójimo, de moral cristiana, de principios democráticos o de lo que sea.