El General Martín Miguel de Güemes, cuya figura se recuerda hoy en todo el país al cumplirse un nuevo aniversario de su muerte, fue un militar de carrera nacido en Salta, hijo de un español que supo desempeñarse como recaudador de impuestos del rey de España y de una dama de noble familia jujeña. En junio de 1821, durante una emboscada callejera de las fuerzas realistas, Güemes fue herido de muerte. Desde entonces es recordado justamente como el máximo héroe que vio nacer la Provincia de Salta.
Cualquiera que conozca un poco acerca de la azarosa vida del General puede darse cuenta de que no eligió su destino. Que fue una encrucijada histórica la que, por azar, decidió que el militar educado para servir a su majestad el Rey (en nombre del monarca fue que Güemes abordó el buque mercante inglés durante las invasiones al Río de la Plata en 1806) tomara las banderas de la independencia de la tierra en que nació y luchara con valor y determinación para consolidarla y defenderla de sus poderosos enemigos.
Güemes no buscó la gloria que coronó su vida, al contrario de quienes pretendiendo vanamente emular sus virtudes utilizan dinero de todos los salteños para fabricarse a medida una gloria de laboratorio, en la que se combinan sin rigor argumentos morales y elementos del realismo mágico.
La operación consiste en convencer al respetable de que Güemes todavía vive y que lo hace reencarnado en quienes nos gobiernan. El empeño no puede ser más osado desde el punto de vista histórico y más obsceno desde la moral política.
Quien con el pretexto de ensalzar a Güemes y hacerlo cabalgar por terrenos de fantasía que el General nunca pisó, con el argumento de hacer más grande o más extensa aún su gloria, lo que desean en realidad es cobijar bajo la moral del guerrero los vicios y las taras de una generación, tan negada para las armas como para las virtudes cívicas.
En términos más comprensibles, se trata de una estafa histórica y de una desgraciada falsificación cultural.
Poder y gloria no son lo mismo. Quien ha ejercido el primero, si se quiere demasiado, lo que pretende ahora es darse un baño de la segunda. Quienes así sienten ya no se contentan con ganar elecciones: lo que buscan es una adoración sin límites, un agradecimiento perpetuo que al mismo tiempo que oculte sus defectos sirva para que nadie se atreva a cuestionar sus errores.
Pero la gloria no se fabrica, así como no se puede inventar el talento allí donde solo hay vulgaridad y vanos deseos de figuración. Los valores éticos se poseen o no, y aunque algunos puedan falsificarse a sí mismos, esperando el juicio benevolente de la historia, solo la obsesión por la gloria y la idolatría de sus semejantes los hunde ya mismo en el más profundo de los descréditos morales.
Güemes es para los salteños un «feliz accidente». Los que nos gobiernan son, en el mejor de los casos, el resultado de décadas enteras de decadencia y la prueba más rotunda de que el destino, esa gran fuerza desconocida que llena al ser humano de temores e incertidumbres, es ingobernable y que los intentos de controlarlo con fórmulas matemáticas son, cuanto menos, pecados de soberbia imperdonables.