Cuando mañana el Gobernador de la Provincia haga su entrada triunfal en la sede de la soberanía popular salteña, de la mano de su nueva esposa, una lluvia imaginaria de pétalos de rosa saludará el glamouroso ingreso de la pareja, y los ochenta y tres representantes del pueblo se pondrán de pie para recibir al líder de un gobierno que atesora en su palmarés el récord nacional de mujeres muertas violentamente. Nadie se acordará en ese momento de las muertes -como la de Andrea Neri- que han ocurrido por graves negligencias en el seno del gobierno, ni tampoco de las otras que se podrían haber evitado con políticas un poco menos declamativas y contemplativas que las que dice haber puesto en práctica la ministra Pamela Calletti.
Mientras el Gobernador hable de obras (como los grifos de agua que ha inaugurado o la pintura de paredes en algunos hospitales), la alargada sombra de la Ministra de Derechos Humanos y Justicia flotará como un fantasma sobre la sala y oscurecerá de a ratos el discurso gubernamental. Una inmensa mayoría de asistentes al acto inaugural del año parlamentario en Salta sabe que el hombre que dibuja maravillas verbales desde el estrado es el mismo falócrata que sostiene en un puesto que no merece a una persona cuyos errores de bulto han amplificado la desigualdad y aumentado el número de mujeres asesinadas.
Los aplausos resonarán en la sala. Sus señorías se prodigarán en vítores y reverencias, que en muchos casos no estarán dirigidas al hombre que en carne mortal ocupa el asiento principal del recinto, sino a las leyendas convergentes de Güemes, Ragone y el Señor del Milagro, que el orador desde hace tiempo asegura representar, a título de vicario temporal de la virtud, del heroísmo y de la santidad.
Mañana, pues, escucharemos de boca del líder de la falocracia más hipócrita y dañina que ha tenido Salta en sus cuatro siglos de historia las bondades de un mundo que solo existe en la imaginación de quien lo describe. No tendremos la suerte de escuchar un mea culpa ni por la pobreza ni por las extraordinariamente graves cifras de la violencia machista.
Si acaso, y con un poco de suerte, volveremos a oír las lamentaciones de siempre y aquella de «todavía falta mucho por hacer», como si los diez años que han pasado desde el comienzo de este maravilloso cuento de hadas no fuesen tiempo más que suficiente para haber hecho lo que correspondía hacer. Lo peor, tal vez, es que se nos dirá otra vez que lo mejor está aún por venir y que para alcanzar el destino de grandeza que la Providencia nos tiene reservados, es menester continuar el camino por el que vamos.
Pero el tiempo se acaba, así como se agota el crédito que la mansedumbre popular ha abierto a los falócratas, autores de falsas promesas. Una Legislatura rendida a los pies de la pareja enamorada jamás representará fielmente el sentimiento de frustración y de rabia que hoy embarga a cientos de miles de salteños y salteñas por la incompetencia de quienes, desde hace una década, dicen que nos gobiernan.