Los indicadores del mercado de trabajo desmienten la 'vocación' de Urtubey por los humildes

A pocas horas de que el Gobernador de Salta conmoviera a sus más fieles seguidores con una definición presocrática de «la lealtad», en la que no han faltado componentes mágicos y una aguda retórica de mostrador, el Instituto Nacional de Estadística y Censos ha vuelto a darle al mandatario un frío baño de realidad que, como en otras ocasiones, ha asumido la forma de cifras contundentes.

La publicación ayer de los principales indicadores socioeconómicos del país, surgidos de la Encuesta Permanente de Hogares, ha puesto de manifiesto una vez más que la situación de la Provincia gobernada por Juan Manuel Urtubey es desastrosa y que el insistente discurso del mandatario sobre su «vocación» por los más vulnerables forma parte del arsenal dialéctico con que se pretende hacer creer al resto del país que Salta es una Provincia bien gobernada, cuando la realidad indica todo lo contrario.

Los resultados del segundo trimestre de 2016 de la EPH arrojan un preocupante dato: El porcentaje de trabajadores que no realiza aportes jubilatorios en Salta (44,8%) excede en más de 11 puntos el promedio de los 31 conglomerados urbanos alcanzados por la encuesta (33,4%).

La cifra no solo pone de manifiesto que en nuestra Provincia casi la mitad de los asalariados trabaja en negro (esto es; carece de protección social) sino que el empleo privado exhibe unas altísimas tasas de informalidad que, valoradas desapasionadamente, nos hablan de una sociedad con la solidaridad fracturada.

Hay que recordar que en el porcentaje (milagrosamente todavía mayoritario) de trabajadores que cotizan efectivamente a los diferentes sistemas de seguridad social se debe contabilizar a la legión de trabajadores estatales, que conforman casi la mitad de la población con empleo estable en Salta.

La cifra es vergonzosa, si se tiene en cuenta, entre otras cosas, que la competencia de inspección se encuentra en manos del gobernador Urtubey, quien en casi nueve años de gobierno no ha hecho otra cosa que asomarse al puente para ver cómo, por debajo de sus pies, crecía sin parar el disgregador fenómeno de la informalidad laboral.

La tasa de actividad, entre las más bajas de la región

En idéntico periodo del año 2015, la Provincia de Salta tenía la tasa de actividad más alta de la región noroeste (el 57,5%). Esta tasa mide la proporción de la población total que participa en el sistema económico, bien desempeñando un puesto de trabajo o bien aspirando a conseguir uno.

En solo un año, la misma tasa ha caído más de dos puntos porcentuales (del 57,5 al 55,4%), lo que pone de manifiesto -en contraste con el sostenido aumento demográfico- que una cantidad muy importante de personas que viven en Salta no encuentran en esta Provincia incentivos suficientes para trabajar y que muchos desempleados -especialmente jóvenes- han abandonado la búsqueda activa de empleo.

Serio retroceso del empleo

Los indicadores de empleo revelan también la pésima gestión del gobierno de Urtubey. Mientras a nivel nacional la tasa de empleo se ha contraído en uno año (octubre 2015 a octubre de 2016) en solo 1,3% (ha pasado del 53,7 al 52,4%), en Salta la caída ha sido tres veces superior: 3,8% (del 54,2 en 2015 al 50,4% en 2016).

Esto significa que en Salta, en términos relativos, se han destruido más puestos de trabajo y con más velocidad que en todo el conjunto del país.

Por su parte, la tasa de desempleo (favorecida por el descenso de la población activa) ha experimentado también un retroceso importante en Salta entre octubre de 2015 y octubre de 2016. Este indicador socioeconómico fundamental ha dado un salto de gigantes del 5,7 al 8,9%.

Apenas si resulta significativo que la tasa nacional de desempleo sea ligeramente mayor (9,3%), ya que el crecimiento interanual del desempleo a nivel nacional ha sido más moderado que en Salta.

En efecto, mientras que la tasa nacional fue del 6,6% en octubre de 2015, en el mismo mes del año en curso esta tasa escaló hasta el 9,3%, incrementándose así en 2,7 puntos porcentuales.

En Salta, en cambio, el salto del 5,7 al 8,9%, registrado en el mismo periodo, supone un incremento de 3,2 puntos porcentuales, lo que revela un crecimiento del desempleo más acelerado que el que se produjo a nivel nacional.

El orgullo tocado y el discurso moral

A diferencia de lo que sucede con la desnutrición infantil y otros fenómenos asociados con la pobreza, es muy difícil achacar estas importantes diferencias de los indicadores sociolaborales a factores culturales o idiosincrásicos.

Los mercados de trabajo son iguales o muy parecidos en todo el mundo, de modo que la elusión de normas obligatorias no puede atribuirse sino a un déficit muy acusado de gestión política.

Y si tenemos en cuenta que el trabajo en negro o no registrado es una patología favorecida no tanto por la tolerancia del asalariado como del apetito de lucro del empleador, no se explica que las cifras reveladas ayer por el INDEC no precipiten inmediatamente la dimisión de su cargo del vicepresidente de la Unión Industrial Argentina (la patronal más poderosa del país) del señor José Urtubey Mera, hermano del Gobernador de la Provincia de Salta.

Si se tiene en cuenta además que dos de cada tres asalariados en Salta vive en situación de pobreza (es decir, no alcanza a satisfacer con las rentas provenientes de su trabajo sus necesidades más básicas), entre el alto desempleo y el altísimo nivel de trabajo en negro no hay forma humana de hacer creer a los ciudadanos de que el gobierno se preocupa por los más débiles, como una y otra vez repite el Gobernador de Salta en sus discursos.

Las cifras difundidas ayer por el INDEC revelan no solo la desidia de los gobernantes sino también una gran ineficiencia y el fracaso más rotundo de las llamadas «políticas públicas». En cualquier otro país del mundo, la persistencia de indicadores tan negativos como estos forzaría, al menos, la dimisión del ministro encargado de gestionar estos asuntos.

Y si nos tuviéramos que fiar de las propias palabras del gobernador Urtubey (lo que siempre conlleva un riesgo), aquello de «no podemos permitirnos la inmoralidad de ser ineficientes» debería aplicarse con rigor y no mandar a los mordedores de garrones en las redes sociales a que defiendan la moral de alguien que no sabe hacer las cosas.