Urtubey le declara la guerra a las cosas que le hacen la vida más fácil a los salteños

  • De las cuatro vías posibles para atajar la fuga de recursos que representa la planta de personal supernumeraria de la Administración pública, el Gobernador de Salta ha elegido la más dañina para la vida normal de los ciudadanos de su Provincia.
  • Crisis fiscal y nuevos impuestos
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Mantener con la panza llena y el corazón contento a la legión de burócratas que responden al favor político de su designación con el voto fiel, de ellos y de sus familias, cuesta una determinada cantidad de dinero que el gobierno de Urtubey -el mismo que ha inflado la Administración hasta reventar- no tiene.


De las cuatro vías posibles para evitar el descalabro (despidos, endeudamiento, ayuda federal y subida de impuestos), Urtubey ha elegido la última, que es la más cómoda para quien no quiere poner en peligro los votos presentes y futuros, no puede salir al mercado sin pagar intereses elevadísimos y tiene cerrado -a saber por cuanto tiempo- el grifo del oxígeno federal.

Según Urtubey y sus temibles ingenieros fiscales, será suficiente con estas dos medidas: 1) el secuestro de la ropa usada que circula por las rutas más periféricas de la Provincia sin pagar los impuestos; y 2) la creación de un tributo especial que gravará -en teoría- a las grandes empresas extranjeras que ofrecen servicios digitales en territorio salteño, pero que en la práctica pagarán los inocentes ciudadanos que los consumen.

Muchos de estos servicios existen no solo para que quienes los han diseñado y los explotan a través de las fronteras ganen mucho dinero, sino para que la vida de quienes los consumen sea más fácil, más llevadera o más agradable. Para que mucha gente -pobres, ricos y no tan ricos- hagan lo que antes no se podía hacer sino salvando grandes obstáculos operativos y de escala económica: consumir cultura de última generación (a través de la música, el cine, la televisión y los grandes periódicos mundiales de suscripción), viajar en avión, hospedarse por poco dinero en los lugares que les apetezca conocer, transferir o recibir dinero y una cantidad bastante importante de cosas parecidas.

Con su decisión, Urtubey no le ha declarado la guerra al capitalismo global, como algunos creen, sino al ciudadano normal y silvestre que, gracias a la tecnología -y aun con las redes frágiles que existen en Salta- tiene abierta una pequeña ventana a un mundo ancho, variado y plural al que ahora deberá acceder previo pago de un peaje, que, paradójicamente, no embolsarán los que crean la tecnología y se esmeran por darle contenido, sino quien se empeña en obstruir su utilización: el gobernador Urtubey.

Como cada vez que a alguien se le ocurre golpear la economía con un impuesto nuevo, hay que preguntarse ¿para qué? Y en este caso la respuesta es bastante clara: para pagar a las decenas de miles de zánganos que él nombró en la Administración pública y para evitar que sus despidos se traduzcan en odios eternos y votos en contra.

Dicho en otras palabras, que si no hubiera nombrado a tantos -y a tantos tan inútiles- esta es la hora que los salteños no verían amenazados o encarecidos sus abonos a Netflix, a Spotify, a Apple, y entorpecidas sus transacciones en Booking, AirBnB y servicios similares. La vida fácil continuaría siendo algo más fácil para muchos, si a un señor que debería haber hecho mejor los números, y evitado enamorarse tanto de sí mismo, no se le hubiera ocurrido un día llenar las oficinas con gente que no hace nada y, además, decidiera después que a los nombrados por él no hay que tocarlos, que se quedan para toda la vida.

Cuando todo comience a hacerse cuesta arriba para los salteños que alguna vez soñaron con disfrutar de la tecnología en libertad y sin remordimientos, será preciso recordar que no hay que culpar al chancho (a los burócratas de buen sueldo) sino al que les da de comer (al Gobernador); y, cuando lo hagamos, en vez de acudir en masa a las oficinas públicas a exigir la renuncia de los ñoquis (ausentes o presenciales), procuremos ir a las urnas a decirle a Juan Manuel Urtubey: «Mirá changuito. Ya está bien. Es hora de irte a tu casa».

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