El orgullo de la 'tecnología' salteña

  • El gobierno de Salta presume de usar y de exportar 'tecnología salteña' para la lucha contra la pobreza, pero las cifras de la contabilidad socioconómica provincial ponen en duda de que esta tecnología sea eficiente en lo que se propone. El orgullo nacionalista en materia tecnológica es propio de las sociedades atrasadas y acomplejadas.
  • Chauvinismo tecnológico
El gobierno de Salta y, en particular, el Ministerio de la Primera Infancia, vienen desde hace tiempo machacando sobre la idea de que utilizan «tecnología salteña» para luchar contra la pobreza, y la de que esta tecnología se exporta actualmente a otras provincias y a otros países.

La insistencia informativa en esta materia persigue sin dudas el objetivo de hacer parecer al gobierno y a su agencia especializada (el Ministerio de la Primera Infancia) como unos avanzados usuarios de las nuevas tecnologías de la información aplicadas a la lucha contra la pobreza.

Pero esta estrategia lleva a los ciudadanos inmediatamente a preguntarse: Si la tecnología salteña es tan excelente, como dice el gobierno, ¿por qué razón es que los resultados del Ministerio de la Primera Infancia son tan pobres? ¿Por qué la pobreza en Salta se ha agravado sin remedio en los últimos años?

El triunfalismo gubernamental tropieza no solo con la dura realidad socioeconómica sino también con el hecho de que las nuevas tecnologías, por imperio de la mundialización, no admiten paternidades territoriales.

El nacionalismo tecnocultural es un fenómeno marginal en todo el mundo. Las asociaciones entre tecnología y nacionalismo, allí donde se producen, condensan la idea de un enfrentamiento entre nosotros y los otros; es decir, comienzan por desconocer la influencia de la cultura global en la difusión de los avances tecnológicos y terminan por materializar reivindicaciones acerca de la identidad de la comunidad y de la sociedad que los produce.

En este sentido, los orgullosos desarrollos salteños se parecen mucho al que provocan los ensayos con misiles balísticos en Corea del Norte.

Aunque a algunos no les guste mucho la idea, Salta no es una superpoderosa entidad en la economía del capitalismo global del siglo XXI, de allí que sus descubrimientos tecnológicos -por revolucionarios y eficientes que sean- no alcanzan para variar en lo más mínimo su consideración internacional de espacio subdesarrollado.

Atrapado en su complejo de inferioridad, el gobierno de Salta resuelve esta aparente paradoja a través de la construcción de una narrativa en la cual el salteñismo tecnológico aparece definido como el fundamento histórico y filosófico de una modernidad de la que los salteños son herederos naturales.

Salta no ha inventado la informática. No se han hecho aquí innovaciones en materia de lenguajes de programación ni de hardware. Somos, en este sentido, dependientes -no interdependientes- de otras potencias que nos venden generalmente lo que a ellas les sobra. El hecho de que se diseñen e instrumenten aquí programas, aplicaciones, bases de datos y otros recursos, no nos coloca a la vanguardia de nada. Más bien confirma el elevado grado de nuestra dependencia tecnológica.

La informática moderna es muy diferente al anchi. Mientras la tecnología salteña para elaborar el segundo es indiscutiblemente local, predicar el paternalismo tecnológico en algún campo de la primera es algo arriesgado. Por ese motivo es que quien usa un iPhone -por solo poner un ejemplo- no se animaría a decir jamás que está empleando tecnología «californiana». Los indios que programan el sistema operativo o los chinos que ensamblan el teléfono, podrían legítimamente sentirse olvidados.

Que los desarrollos de la informática salteña son buenos no está en duda. Hay buenas aplicaciones en casi todos los países del mundo; hay buenos programadores en Salta como los hay en Caracas, en Dublin, en Cupertino o en Nueva Delhi. Salta no tendría por qué ser la excepción. La cuestión estriba en saber si toda esa inteligencia aplicada a un fin noble, como lo es la reducción de la pobreza, no está siendo derrotada sin atenuantes por una realidad que desborda todas las previsiones y vuelve inútiles todas las herramientas disponibles.

Quizá con menos «orgullo salteño», y con más anchi, se obtengan mejores resultados que exportando nuestras aplicaciones burocráticas y haciendo tanta propaganda inútil.