El precio del gas y la aislación térmica de las viviendas de Salta

En Salta, donde existen sofisticadísimas y muy detalladas normas para la construcción antisísmica, más del 90 por cien de los edificios y las viviendas existentes (incluidos muchos de reciente construcción) son totalmente ineficientes desde el punto de vista energético. Casi todo el mundo lo sabe, pero nadie quiere hacer nada para mejorar la situación.

Todos los años, los salteños perdemos cantidades millonarias por el pésimo aislamiento térmico de las viviendas y lugares de trabajo, sin que a los poderes público les interese el asunto en lo más mínimo.

A pesar del enorme impacto del cambio climático en la economía y en el bienestar de las personas, en Salta no existe, ni siquiera en proyecto, un plan de acción gubernamental para mejorar la eficiencia energética de las construcciones existentes y para garantizar la de las futuras.

Al parecer, importa más que los edificios no se derrumben en caso de terremoto, a que los salteños nos veamos obligados a dilapidar los escasos y costosos recursos energéticos de que disponemos, para no perecer de frío en invierno y de calor en verano.

En noviembre pasado, durante las deliberaciones de la COP 21 de París, se planteó como clave de la revolución energética propuesta la renovación de los edificios existentes para explotar su potencial de eficiencia energética. Los expertos europeos consideran imprescindible poner en práctica estrategias ambiciosas para la renovación del parque de edificios y piensan, con fundamento, que una de las tecnologías clave para el aumento de la eficiencia energética es el aislamiento.

No se trata solamente de un campo de experimentación ecológica sino de un sector de la economía con unas perspectivas de negocios amplísimas y muy interesantes.

Los mismos expertos consideran que el mayor potencial de ahorro se encuentra en el sector de la construcción, que es el responsable de la mayor parte del consumo europeo de energía, con un 40% del total. A pesar de estas cifras, las viviendas que se construyen en Salta, especialmente aquellas que se levantan con fondos públicos, no cumplen con ningún requisito de eficiencia energética, lo cual supone una condena irreversible a sus moradores a pagar precios elevadísimos por la luz y el gas que consumen.

En estos días, los salteños miramos con pavor la factura del gas, pero no nos preocupamos de la misma forma frente a la calidad de nuestras puertas y ventanas o a las propiedades aislantes de los materiales de construcción, especialmente los de muros y techos. Es la calidad deficiente de estos materiales la que multiplica innecesariamente el volumen de energía que consumimos. Pero nos empeñamos en echarle la culpa a las compañías suministradoras o al organismo que fija las tarifas.

En lugar de pedir que el gobierno provincial promueva, por ejemplo, la instalación de ventanas de alta eficiencia energética o de cristales especiales para favorecer el aislamiento térmico, en reemplazo de los existentes, organizamos grandes manifestaciones populares para pedir que alguien nos siga subsidiando el gas y la electricidad.

En Salta, las universidades forman a ingenieros para que diseñen las tuberías de gas y las redes de alta tensión, pero no se preocupan por formar profesionales expertos en gestión energética que son los encargados de optimizar el uso de la energía para lograr un uso racional y eficiente de los recursos disponibles, sin disminuir el nivel de prestaciones.

A veces olvidamos que la forma más simple de empezar a calentar una vivienda consiste en tomar medidas para que los ambientes no se enfríen a causa del mal aislamiento. La solución no está, por supuesto, en inyectar más gas a las cañerías sino en promover el aislamiento responsable e inteligente, realizando para ello las inversiones que sean necesarias.

De lo contrario, si no tomamos a tiempo las medidas que esta crítica situación requiere, en un futuro muchos desearemos que llegue el tan temido terremoto, para que eche abajo las viejas viviendas ineficientes y nos animemos por fin a construir en su lugar otras un poco más preparadas para el riguroso clima que nos toca enfrentar.