Lo que no resulta admisible en un Estado de Derecho, ni siquiera en el salteño, que tiene más agujeros que la superficie de la Luna, es que cuando el sistema judicial falla, sea por lentitud o por ineficiencia, y se han agotado los recursos para que las decisiones sean revisadas por órganos de mayor rango, surja un pelagatos en una radio que amenace a la sociedad diciendo que "algo habrá que hacer si la justicia deja en libertad" a fulano de tal.Es siempre preferible que el sujeto indeseable (fulano de tal) se encuentre en libertad y sin cargos; incluso es preferible que haya cientos de indeseables sueltos, a que alguien autorice a un don nadie a movilizar vaya a saber qué recursos para "hacer justicia por mano propia".
No se sabe muy bien si este émulo de Roy Rogers (el jinete justiciero) está convocando a la sociedad salteña a un linchamiento, pero no mediático sino físico, o si, por el contrario está proponiendo forzar la voluntad de los jueces para que mantengan procesado a una persona, existan o no las pruebas que demuestren que ha cometido los delitos de los que se le acusa. Lo que parece claro es que algunos siguen prefiriendo las épocas en que las decisiones judiciales sobre la vida y la hacienda de las personas se forjaban en los cuarteles y en los clubes sociales, pero no en los estrados.
El Estado de Derecho, esto es el Imperio de la Ley, puede convivir con los delincuentes y de hecho lo hace librando un combate permanente. Con quien no puede convivir es con aquellos impostores que pretenden suplantarlo. Lo que no se puede tolerar, a menos que la Ley admita su insuficiencia y las instituciones su fracaso, es que la justicia, en vez de estar en manos de los jueces, lo esté en la de ciertos lenguaraces que pisotean la ley, se burlan de los jueces y pretenden dar lecciones de moral a una sociedad desde un estudio de radio.
Por un millón de razones que no vienen al caso enumerar, siempre se puede confiar en la justicia mientras se respete la libertad de los ciudadanos y todos nos allanemos a la superioridad de la ley, incluidos los jueces. En lo que no se puede confiar es en estos pájaros de mal agüero que pretenden colocarse por encima de la sociedad y se dirigen a ella con las ínfulas propias del que predica desde el púlpito.