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Dos solían ser las tareas capitales: la ganadería y el cultivo de la tierra en aquella enorme finca (2), labrantíos que se hacían mediante una acequia, cuya boca-toma arrancaba del río de la Quebrada del Toro, corriente que llegaba a los rastrojos, después de hacer un trayecto de unas ocho leguas; canal, era ese que dio motivo para que en sus márgenes se levantaran casas y ranchos de sembradores.Conocía yo este predio de San Agustín, palmo a palmo, ya que lo solía recorrer en busca de miel de enjambre y en excursiones de caza y pesca en el río Arias, encantadores recuerdos avivados por la distancia y por ser de mis tiempos de muchacho andariego y montaraz.
Sus fronteras eran: por el mediodía la histórica estancia y Santuario de Sumalao, de propiedad de mis abuelos Manuel Alemán; guerrero de la Independencia; por el Norte, la finca San Martín de don Zenón Saravia; por el ocaso la ruta que une a la capital de la provincia con los departementos del Sur, y por el Oriente los augustos montes cuyas encrespadas crestas sirven de aledaños a San Agustín por ese rumbo.
La espaciosa morada de campo, se alzaba en una sobresaliente eminenciam desde cuyos corredores con poyos se abarcaban paisajes de gran belleza, al propio tiempo que estupendas y magníficas escenas geológicas, ya próximasm ya lejanas esfumándose en lontananza. En esa linda casona, su dueña, llenaba su espíritu en el santo amor al hogar y al trabajo.
Cerca de la mansión de familia estaba levantado un paballón conocido como el Oratorio, en que se veneraba a San Agustín, cuya imagen burilada en madera, era una miniatura, tocada con su hábito talar, la cabeza cubierta con una mitra, en su pequeña diestra, sostenía una petit copia de su oratorio que no estaba decorado por adorno alguno, salvo la cruz del Redentor que lo coronaba.
En los años de sequía se solían elevar plegarias, mediante una misa de campaña pidiendo a la Reina de los Cielos agua para los sedientos campos y el sembrador pudiera hacer estremecer la tierra herida por el arado.
Para llenar aquellas divinas formalidades, con varios días de anticipación, la dueña de casa invitaba a los eminentes párrocos, doctores Justiniano Echenique y Serapio Gallegos, de Chicoana y San José de los Cerrillos, respectivamente, curas que a sus facultades espirituales, unían las de médicos de la materia y del alma, cuya terapeútica tenía poco de científica, pero abundaba en maceracione de yuyos, las que luego de ingeridos, se decía: Dios dirá.
Aquellos eminente clérigos y pastores solían decir cotidianamente sus pláticas en lenguaje simple y llano, incitando a la humilde grey al amor al hogar; a la paz, a las tareas rurales y por fin al repudio del repelente beberaje.
Cuando llegaban las suntuosas festividades religiosas que se celebraban en la sede del gran Obispado de Salta en homenaje al Señor de los Milagros, Echenique y Gallegos, con especial éste, solían ocupar la cátedra sagrada, en cuyas ceremonias se hacía derroche de un dechado de fina erudición religiosa.
Mucho me complace hacer este recuerdo en homenaje a los citados párrocos, ya que fueron decididos amigos de mis padres.
Alguna vez que estos santos varones no podían acceder a los convites de doña Genoveva, dirigía sus ruegos al Guardián del Convento de San Francisco, en procura de un religioso de la Orden del Pobrecitod e Asís.
Entre los mansos y candorosos ganaderos y dichosos labradores, a quienes no torturaba la duda -se esparcía- en varias leguas a la redonda, la noticia de la próxima misa, gratísima novedad que la campanita del oratorio, al echarse a vuelo con sus alegres repiques, llenando el sahumado aire de primavera, en las quietas y apacibles horas en que el sol cae detrás del fino azulino de los Andes y al lledgar la sonrosada auorra llamando a misa, que yo dragoneando de monagillo, solía ayudar. Como decorado, había una calavera de plata que me colmaba de espanto.
La arribada del franciscano, que por cierto no era forzosa, colmaba de complacencia y alegría al desparramado vecindario, ya que iba a romper la tediosa monotonía de la existencia de cmpo, y a dar motivo a las familias patricias para reunirse, después de galopar, las nutridas caravanas, sendas leguas, para hacer sociedad, lindo y airoso conjunto de que fomaban parte integrante, señoritas en estado de nubiludad.
Consistía esta charla juvenil en comentar noviazgos y enlaces entre las familias del campo y en la sede de la provincia, ya que la endémica sarna francesa de las modas todavía no había intoxicado el sexo bello; en relatar emocionantes pasaje y lances de las novelas de Pérez Escrich, tales como "El corazón en la mano", "El cura de Aldea", "Amalia" de nuestro (José) Mármol y María del venezolano Jorge Isaac (Nota: era colombiano), en cuya bibliografía jamás dejaba de entrar en danza y tallar "Facundo" de Sarmiento pero lo era por ancianos y mozos que se deleitaban con su subyugante lectura. Desde aquellos suspirados días de embeleso, cuyo recuerdo me pone nostálgico, data mi irresistible inclinación a leer que perdurará hasta que me sorprenda la muerte.
La dueña de casa, inclinada por ingénita bondad, brindaba al religioso con blando lecho, en reemplazo del de piedra del Convento, a fin de que se repusiera del trote y galope de unas siete legua que lo ponían cual maleta de viaje; con cristalina agua del manantial del "Ojo del Obispo", para sus abluciones mañaneras y demás gollerías, coronando el todo con almuerzos a los bodas de Camacho. A la ofrenda de la misa asistía doña Genoveva encabezando una real y verdadera procesión compuesta por su familia en pleno, amigos, labriegos y srvidumbre, cuyo nutrido golpe de gentes, caminaba hacia el oratorio por una avenida de paraísos en flor que servían de fragante dosel.
Terminaba la divina plegaria ya cuando el luminoso astro del día se alzaba tanto que llegaba al cenit, la hora en que más aturden las chicharras y coyuyos, para hacer madurar la algarroba, cual decía el paisanaje, a que se sumaba un cardumen de saltarines y canoras avecillas de pintados colores, como aquellas que acompañaban a San Francisco a retornar a su convento.
Luego el desbande era de lo más pintoresco; cada hombre echaba su china a la grupa de sus cabalgaduras, en tanto que airosos mozos ayudaban a trepar a sus sillas a mozas en plena madurez. Eran todos pastores y sembradores que nos traían a la mente, con su espíritu de humildad, los encomenderos, yaconas y mitayos de los días aciagos de nuestra conquista y dominación de España en Indias.
Año tras año, aal llegar el 28 de agosto, se realizaban en homenaje al Santo, las verbenas, conocidas por fiestas de San Agustín, las que se verificaban a pocas cuadras del oratorio en un lugar llamado "Puerta de Arriba", con cuyo nombre geográfico se le distinguía para diferenciarse de la "Puerta de Abajo", dos únicas portadas que daban acceso al viandante para llegar a la estanciam a cuya nutrida romería, luego de la misa, oída de rodillas, acudía un gran gentío para entregarse a la más repelente disipación a que doña Genoveva, no asistía nunca, indudablemente porque le repugnaban, pero que no pudo suprimir, obedeciendo a la tradición y costumbres arraigadas que venían del tiempo del coloniaje.