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Doña Genoveva Paz de Figueroa - "Reminiscencias"
Los variados puntos de los que me voy a ocupar y por cierto con gran complacencia, vienen de muy lejos, a los que, no obstante eso, los recuerdo con toda nitidez ya que son los de los deliciosos de mis primeros años y por no padecer todavía de amnesia, que consiste en recordar episodios pretéritos y olvidarse de los presentes.Por tener mi casa solariega de campo a reducidos kilómetros de su residencia en su inmnsa estancia de San Agustín y ser mis padres y hermanos de la amistad de esta dama de extraordinario temple la conocí, como así mismo a sus numerosos hijos, cuyo padre fue el caracterizado caballero don Pío Figueroa (1), a quien no he conocido y de quien no tengo antecedentes, acerca de su vida pública de que, al parecer, careció.
Este que casó con doña Genoveva, fue hijo de don Santiago Figueroa, gran amigo del prócer general Belgrano y hermano de don Mariano(*), dueño de la gran finca de El Bañado, a cuyo varón alguna vez, en mi niñez, vi en las tradicionales e históricas ferias del Santuario de Sumalao, renombradas festividades a que acudían multitud de gentes de las provincias fronteras con Salta y del extranjero, a que se sumaba un crecidísimo golpe de tullidos y dolientes en procura de un Milagro del Señor de Vilque, imagen que se veneraba en dicho humilladero. A tan popular romería, como a las que se hacía en su propiedad de San Agustín doña Genoveva jamás acudía, idiosincracia que quizá, en sus mocedades no puso en práctica, ya que pudo ser llevada por su apasionado esposo.
Refiere la bella tradición que don Santiago Figueroa, como he dicho, fue de la intimidad de Belgrano, a quien el niño Mariano, hijo de aquél, había caído en gracia al prócer y a quien le llamaba, o le dio el grado de capitán.
Este capitán, cuando ya en su vejez le preguntaban, o pedían que relatara algún lancero episodio emocionante de la campaña de la guerra de la Independencia, respondía con sorna: "Yo ya no me acuerdo casi nada. Pregúntele a Manuel que seguramente se ha de acordar, cuyo hijo recibía la incisiva sátira con creciente disgusto, ya que era un veterano solterón, ira que aumentaba si se hallaba entre niñas, ante quienes ansiaba pasar por un tierno Adonis.
De un físico y presencia inconfundibles entre los buenos de la buena sociedad, don Manuelito -como cariñosamente se le decía- supo ser un devoto del violín y hasta sabía demostrar su inflamado estro de poeta. Cual San Francisco Solano que doctrinaba y catequizaba a los indígenas de La Rioja a los dulces acordes de su violín, también don Manuelito deleitaba a las señoritas con arrullos de palomo valiéndose de su instrumento musical.
Al fin, como a todos, le llegó su San Martín, y cayó soltero, ya que como decía con gracejo, aquellas muchachas de quienes él gustó, ellas no gustaron de él y las que de él gustaron, él no gustó de ellas.
Además de la anterior tradición, o punto histórico, acerca de los Figueroa, San Agustín se señala por el siguiente caso, que debe figurar en aquél carácter en estas remembranzas:
En 1838, después de los desastres que padeció el general Felipe Heredia, cuando la guerra entre Rosas y Santa Cruz, dictador de Bolivia, se acontonó en San Agustín donde hizo su cuartel general, ya cuando había sido totalmente desprestigiado y repudiado por los salteño, a tal extremo que hasta las armas le quitaron.
Es indudable que ambos generales Heredia, Alejandro y Felipe, ex gobernadores de Salta, como comprovincianos de doña Genoveva, intimaron con su esposo don Pío.
Por eso fue que Felipe escogió dicho lugar, situado hacia el Sur de la capital, punto estratégico para huir por esa zona camino de Tucumán, ya que la ruta del Oriente le estaba cerrada por los caudillos fronterizos que ansiaban agarrarlo y aún fusilarlo, debido a que los Heredia habían mandado a Tucumán con sendas barras de grillos a los legisladores que defendieron la autonomía de la provincia, saliendo en libertad luego del asesinato de Alejandro Heredia, el 12 de noviembre de 1838.
El 16 de dicho mes y año, Felipe Heredia gobernador titular, desde San Agustín tiró un decreto y lanzó una proclama delegando el mando en los coroneles Manuel Solá y José Manuel Quirós y se marchó por los derroteros del mediodía de la sede de Salta, esquivando el cuerpo, como he dicho, a los caudillos de Campo Santo, Metán y Rosario de la Frontera alzados en armas.
De dicha virtuosa pareja de que fueron cónyuges don Pío y doña Genoveva nacieron los siguientes hijos: Mariano que falleció soltero y Santiago que formó familia en Tucumán; Delia, casada con José Valdez, Nicolasa, desposada con Manuel Antonio Peña, quien a la muerte de ésta, contrajo nupcias con Isabel, hermana de aquella; Encarnación que debió casarse con su primo Julio A. Roca, la que al fin casó con Ojeda y luego de enviudar, lo hizo con Juan Aranda; Plácida contrajo enlace con mi llorado amigo Mariano Gorostiaga; María con Félix Usandivaras; Benjamina con Abelardo Figueroa, y Candelaria con Juan Zapata.
Por lo que iremos relatando se verá que doña Genoveva como sus amistades y en todo el dilatado departamento de San José de los Cerrillos, le decían, era dama de extraordinario carácter y empuje. Allá por la década que va de 1860 al 70 debió ser cuando murió su esposo, dejándole un legado de dolor e inmensas responsabilidades espirituales y materiales, ya que se echó sobre sus débiles hombros de mujer y de madre, la educación de su larga familia algunos todavía pequeñuelos, al propio tiempo que enfrentarse con la administración rural de su enorme heredad de San Agustín, ubicada en el riente y paradisíaco Valle de Lerma, estancia en que colaboró con varonil decisión, cotidianas labores en que fue eficazmente auxiliada por el gaucho más leal e hidalgo que haya conocido, llamado con el cariñoso apodo de "Tata Ventura", principiando por la propia patrona, la familia y los felices moradores del pago.
Cuando yo lo conocí, "Tata Ventura" debió andar por los ochenta años; más no por eso se desmontaba de caballos y redomones, en que, desde la llegada de la aurora, cuidaba rebaños, sembradíos y cosechas.
Administró su finca esta matrona quizás y sin quizás, por más de media centuria, hasta que, vencida por los años inclementes, que nunca llegan solos entregó en arriendo su latifundio a sus hijos políticos Aranda y Zapata, para después recluirse en su mansión de la sede de la provincia a aguardar, con sana y cristiana resignación, la hora final en que la cubrieran las tinieblas en que yace, de las que, nosotros, mediante estas modestas reminiscencias, la sacamos, al echar nuestro débil rayo de luz sobre su memoria. Su deceso debió acontecer en el año 1885, ya cuando iría arribando a los noventa años. Ahora haremos memoria acerca de sus hábitos e idiosincracias.
Señora fue ésta, que jamás formó parte integrante de esas conocidas por beatas, las que hacen de la iglesia su segundo hogar, porque no desatendía sus deberes de madre amantísima, por la cotidiana y empecinada concurrencia a misa, ni a novenarios y trisajios; más era religiosa y fervorosa creyente y temerosa de su Dios.
La cuna de aquella patricia se meció en Tucumán. Era hermana del coronel abogado Marcos Paz, quien durante la dramática y sacudida presidencia del general Mitre (1862-1868) desempeñó el augusto cargo de vicepresidente de la Nación y en quien Mitre, al marchar a la guerra contra el tercer régulo del infortunio del Paraguay en 1865, puso en sus manos el bastón e insignias del poder supremo de la República.
Este personaje político y hombre de estado en 1858 fue progresista gobernador de Tucumán y provisorio de Córdoba el 61, víctima del cólera dejó de existir en San José de Flores el 2 de enero del 68, mientras ejercía la primera magistratura en horas de profunda agitación y dolor para la Patria.Como su hermana, nació en Tucumán en 1813 y se educó en Buenos Aires, graduándose de doctor en leyes en el año 39. En la provincia de Buenos Aires existe el Partido y Pueblo de Marcos Paz, creados en su homenaje.
Dicha matrona llevaba unidos a sus cualidades morales e intelectuales, una singular belleza física, que ella, aunque viejita, solía realzar con algunas coqueterías de tocador y una mantilla de espumilla con que sus hijas decoraban la cabecita, ya totalmente cubierta con la nieve de los años. De estatura muy pequeña, su faz de un perfil realmente griego, que ninguna de sus hijas con ser donosas, superó salvo su nieta Genoveva Peña que en hermosura y estatura era un trasunto de la abuela. De ojos azules, de vivo y fuerte mirar que penetraba como un taladro.
Con sus huéspedes supo ser obsequiosa e insinuante, con quienes distribuía sus raras y muy hidalgas inclinaciones al buen trato y vivacidad social; bellas prendas eran esas, que denotaban su sano y limpio abolengo criollo.
Cuando con desdén reconvenía a domésticos y labriegos, o al arrendero que consentía mancebías en su rancho, era el instante en que se ponía olímpica e iracunda.
Dos solían ser las tareas capitales: la ganadería y el cultivo de la tierra en aquella enorme finca (2), labrantíos que se hacían mediante una acequia, cuya boca-toma arrancaba del río de la Quebrada del Toro, corriente que llegaba a los rastrojos, después de hacer un trayecto de unas ocho leguas; canal, era ese que dio motivo para que en sus márgenes se levantaran casas y ranchos de sembradores.
Conocía yo este predio de San Agustín, palmo a palmo, ya que lo solía recorrer en busca de miel de enjambre y en excursiones de caza y pesca en el río Arias, encantadores recuerdos avivados por la distancia y por ser de mis tiempos de muchacho andariego y montaraz.
Sus fronteras eran: por el mediodía la histórica estancia y Santuario de Sumalao, de propiedad de mis abuelos Manuel Alemán; guerrero de la Independencia; por el Norte, la finca San Martín de don Zenón Saravia; por el ocaso la ruta que une a la capital de la provincia con los departementos del Sur, y por el Oriente los augustos montes cuyas encrespadas crestas sirven de aledaños a San Agustín por ese rumbo.
La espaciosa morada de campo, se alzaba en una sobresaliente eminenciam desde cuyos corredores con poyos se abarcaban paisajes de gran belleza, al propio tiempo que estupendas y magníficas escenas geológicas, ya próximasm ya lejanas esfumándose en lontananza. En esa linda casona, su dueña, llenaba su espíritu en el santo amor al hogar y al trabajo.
Cerca de la mansión de familia estaba levantado un paballón conocido como el Oratorio, en que se veneraba a San Agustín, cuya imagen burilada en madera, era una miniatura, tocada con su hábito talar, la cabeza cubierta con una mitra, en su pequeña diestra, sostenía una petit copia de su oratorio que no estaba decorado por adorno alguno, salvo la cruz del Redentor que lo coronaba.
En los años de sequía se solían elevar plegarias, mediante una misa de campaña pidiendo a la Reina de los Cielos agua para los sedientos campos y el sembrador pudiera hacer estremecer la tierra herida por el arado.
Para llenar aquellas divinas formalidades, con varios días de anticipación, la dueña de casa invitaba a los eminentes párrocos, doctores Justiniano Echenique y Serapio Gallegos, de Chicoana y San José de los Cerrillos, respectivamente, curas que a sus facultades espirituales, unían las de médicos de la materia y del alma, cuya terapeútica tenía poco de científica, pero abundaba en maceracione de yuyos, las que luego de ingeridos, se decía: Dios dirá.
Aquellos eminente clérigos y pastores solían decir cotidianamente sus pláticas en lenguaje simple y llano, incitando a la humilde grey al amor al hogar; a la paz, a las tareas rurales y por fin al repudio del repelente beberaje.
Cuando llegaban las suntuosas festividades religiosas que se celebraban en la sede del gran Obispado de Salta en homenaje al Señor de los Milagros, Echenique y Gallegos, con especial éste, solían ocupar la cátedra sagrada, en cuyas ceremonias se hacía derroche de un dechado de fina erudición religiosa.
Mucho me complace hacer este recuerdo en homenaje a los citados párrocos, ya que fueron decididos amigos de mis padres.
Alguna vez que estos santos varones no podían acceder a los convites de doña Genoveva, dirigía sus ruegos al Guardián del Convento de San Francisco, en procura de un religioso de la Orden del Pobrecitod e Asís.
Entre los mansos y candorosos ganaderos y dichosos labradores, a quienes no torturaba la duda -se esparcía- en varias leguas a la redonda, la noticia de la próxima misa, gratísima novedad que la campanita del oratorio, al echarse a vuelo con sus alegres repiques, llenando el sahumado aire de primavera, en las quietas y apacibles horas en que el sol cae detrás del fino azulino de los Andes y al lledgar la sonrosada auorra llamando a misa, que yo dragoneando de monagillo, solía ayudar. Como decorado, había una calavera de plata que me colmaba de espanto.
La arribada del franciscano, que por cierto no era forzosa, colmaba de complacencia y alegría al desparramado vecindario, ya que iba a romper la tediosa monotonía de la existencia de cmpo, y a dar motivo a las familias patricias para reunirse, después de galopar, las nutridas caravanas, sendas leguas, para hacer sociedad, lindo y airoso conjunto de que fomaban parte integrante, señoritas en estado de nubiludad.
Consistía esta charla juvenil en comentar noviazgos y enlaces entre las familias del campo y en la sede de la provincia, ya que la endémica sarna francesa de las modas todavía no había intoxicado el sexo bello; en relatar emocionantes pasaje y lances de las novelas de Pérez Escrich, tales como "El corazón en la mano", "El cura de Aldea", "Amalia" de nuestro (José) Mármol y María del venezolano Jorge Isaac (Nota: era colombiano), en cuya bibliografía jamás dejaba de entrar en danza y tallar "Facundo" de Sarmiento pero lo era por ancianos y mozos que se deleitaban con su subyugante lectura. Desde aquellos suspirados días de embeleso, cuyo recuerdo me pone nostálgico, data mi irresistible inclinación a leer que perdurará hasta que me sorprenda la muerte.
La dueña de casa, inclinada por ingénita bondad, brindaba al religioso con blando lecho, en reemplazo del de piedra del Convento, a fin de que se repusiera del trote y galope de unas siete legua que lo ponían cual maleta de viaje; con cristalina agua del manantial del "Ojo del Obispo", para sus abluciones mañaneras y demás gollerías, coronando el todo con almuerzos a los bodas de Camacho. A la ofrenda de la misa asistía doña Genoveva encabezando una real y verdadera procesión compuesta por su familia en pleno, amigos, labriegos y srvidumbre, cuyo nutrido golpe de gentes, caminaba hacia el oratorio por una avenida de paraísos en flor que servían de fragante dosel.
Terminaba la divina plegaria ya cuando el luminoso astro del día se alzaba tanto que llegaba al cenit, la hora en que más aturden las chicharras y coyuyos, para hacer madurar la algarroba, cual decía el paisanaje, a que se sumaba un cardumen de saltarines y canoras avecillas de pintados colores, como aquellas que acompañaban a San Francisco a retornar a su convento.
Luego el desbande era de lo más pintoresco; cada hombre echaba su china a la grupa de sus cabalgaduras, en tanto que airosos mozos ayudaban a trepar a sus sillas a mozas en plena madurez. Eran todos pastores y sembradores que nos traían a la mente, con su espíritu de humildad, los encomenderos, yaconas y mitayos de los días aciagos de nuestra conquista y dominación de España en Indias.
Año tras año, aal llegar el 28 de agosto, se realizaban en homenaje al Santo, las verbenas, conocidas por fiestas de San Agustín, las que se verificaban a pocas cuadras del oratorio en un lugar llamado "Puerta de Arriba", con cuyo nombre geográfico se le distinguía para diferenciarse de la "Puerta de Abajo", dos únicas portadas que daban acceso al viandante para llegar a la estanciam a cuya nutrida romería, luego de la misa, oída de rodillas, acudía un gran gentío para entregarse a la más repelente disipación a que doña Genoveva, no asistía nunca, indudablemente porque le repugnaban, pero que no pudo suprimir, obedeciendo a la tradición y costumbres arraigadas que venían del tiempo del coloniaje.
He dicho que esta singular matrona criolla neta, era de un temple varonil, lo que demostraré narrando el siguiente episodio que la pinta de cuerpo entero, el que bien pudo tener una finalidad trágica, rasgo que pone en evidencia su entereza:
En 1864, algo como una dinastía de familia que venía desde 1840 se apoderó del gobierno de Salta, por medio de una fingida zancadilla cuartelera, que don José Uriburu, le echó a su tío don Juan Uriburu, a la sazón gobernador titulado. Ello puso al pueblo entero de la provincia que echaba rayos. En menos de una quincena más de dos mil ciudadanos montados pusieron cerco a la ciudad capital, alzados contra los jefes que se habían fortificado con el 8 de Línea del Ejército de la Nación, los que en definitiva, luego de asaltos a la plaza y de la victoria del Infiernillo, fueron totalmente aplastados.
A la sazón mi padre era coronel casi vitalicio del gran departamento de Los Cerrillos, quien se levantó en armas con la división "Defensores de la Ley", con la que, al fin dio, el combate victorioso ya citado en los extramuros de la ciudad.
Dicho jefe en los instantes de mayores urgencias para preparar los escuadrones, destacó pelotones de hombres, a fin de que, sin miramientos, requisaran elementos de movilidad.
Una de las partidas, rompiendo valladares, penetró en los potreros de San Agustín. Informada doña Genoveva de que sus equinos se iban encerrando en los corrales próximos a su mansión, e indignada por tal avance, se presentó en la puerta de los rediles, e hizo acercarse al gaucho capitán de la partida que así violaba sus sagrados derechos de dueña y propietaria. El paisano algo medroso, picó espuelas y se llegó hasta donde se hallaba la patrona, la que lo recibió con una lluvia de pedradas, junto a un copioso cardumen de adjetivos, mientras sus ojos claros vibraban al impulso de sus palabras.
El grave incidente quedó orillado satisfactoriamente, ya que el coronel Centeno se apresuró a dar a doña Genoveva -con quien lo ligaban lazos de amistad que venían de lejos- sus más francas y gentiles excusas por tamaña demasía.
Franciso Centeno
Buenos Aires, 28 de agosto de 1930.
(2) Estas actividades la inició don Antonio de Figueroa, dedicado al comercio de mulas. Este rubro incluía el engorde de las mulas en tierras del Valle de Lerma. "En el proceso de concentración de tierras y configuración de extensas propiedades, el interés por acceder a buenas pasturas para el engorde de tropas de mulas fue determinante" (Sara Mata, "Tierra y poder en Salta", página 82) Una de ellas, fue la estancia de El Bañado, formada por la estancia del mismo nombre y los potreros El Saladillo, Osma, San Simón, Viniacus (o Viñaco).
Dentro del grupo que integraba la elite salteña de las primeras décadas del siglo XIX, compuesto por cuatro familias, en su libro "Martín Güemes ¿tirano o instrumento" (1968, aún no traducido al castellano), el historiador norteamericano Roger Haigh coloca en primer lugar a la familia de Antonio de Figueroa. "Los Figueroas poseían un cuarto del Valle de Lerma, un área alrededor de 80 millas cuadradas en la parte sudoeste de la provincia. Todos los numerosos miembros de esta poderosa familia estaban involucrados en la cría de ganado, caballos y mulas". Añade que los Figueroas eran estancieros ricos, integragaban los Cabildos coloniales y eran los principales aportantes al tesoro real en Salta. En 1810 los salteños donaron 26.000 pesos para "sostener la causa de la Independencia". Antonio de Figuieroa aportó 22.000 pesos de ese total. No sólo aportaban dinero, también contribuyeron con ganado y con la formación de dos compañías que reunían a 500 milicianos armados.
En 1705 aquellas tierras de El Bañado pertenecían a Fernando Arias Velázquez, a quien heredó su hijo Bernardino, cuya viuda las vendió a Antonio Arias Velázquez, quien en 1757 la vendió a José de Cabrera (gobernador del Tucumán) quien compró a Domingo Diez de Zambrano los potreros de Osma y San Simón. En 1759 vende estas tierras a su cuñado Francisco Javier de Ibarguren, cuya viuda, Petrona de la Cámara vende toda la propiedad conocida como Estancia del Bañado a Colegio de Jesús. Los jesuitas adquirieron, además, las estancias de Saladillo y Viniacus.
Los Jesuitas se habían instalado en Salta en las primeras década del siglo XVII. Llegaron a poseer enormes extensiones de tierras, muchas de ellas donadas a la Compañía de Jesús por los vecinos. Esas tierras se usaban para la invernada o engorde de mulas, actividad que habían desarrollado antes en Córdoba. Expulsados en 1767, esa extensa propiedad pasó a ser administrada por la administración española a través de la Junta de Temporalidades.
En 1770 las Temporalidades arrienda esa importante propiedad a don Antonio de Figueroa. En 1785 esas tierras fueron rematadas a favor de don Antonio de Figueroa, "importante comerciante de mulas a fines del siglo XVIII". Según esta historiadora Figueroa adquirió estas tierras "por precio irrisorio". Años después extendió sus propiedades adquiriendo El Simbolar, que también tenía buenas pasturas para engorde de ganado.
Sus hijos seguirán añadiendo importantes estancias al patrimonio familiar. Su hijo Francisco Javier comprará un potrero en Chicoana y las estancias de San Lorenzo, Nuestra Señora de la Concepción y La Viña. También compran propiedades sus hermanos Apolinario, Santiago y el presbítero José Gabriel, que adquiere tierras en Cerrillos. Una de las más valiosas fueron las estancias de Pampa Grande en Guachipas y Pampa Blanca o Perico, que es hoy un departamento de Jujuy. Pampa Grande fue adquirida en el año 1806 por Santiago de Figueroa. A mediados del siglo XIX Pampa Grande perteneció a la familia de Indalecio Gómez, quedando en manos de sus descendientes, la familia Gómez Álzaga.
Todas estas propiedades conformban quizás el núcleo más importante de tierras fértiles y productivas de Salta. Además de tierras, Antonio de Figueroa era propietario de muchos inmuebles en la ciudad de Salta, donde residía en una casa ubicada en la esquina de la plaza principal, en las actuales calles Zuviría y Caseros, donde está el Hotel Colonial propiedad de don Luis Scoda (G.C.F.)