Desde el 1 de febrero de 1997

Memoria de mujeres

Índice del artículo

Margarita y su hermana también asistieron a la Escuela Sarmiento y luego al Colegio de Jesús. Ella tenía diez años cuando fueron a vivir a Buenos Aires; ingresaron al Colegio del Sagrado Corazón, en Callao y Juncal, regido por monjas. Fuera del colegio tenían profesoras de inglés, francés y bordado; sólo por diversión fueron también a una profesora de danzas españolas.

Las tres son muy lectoras. Carmen Rosa cuenta que la enloquecían los cuentitos "Calleja". Luego, aunque no entendía mucho, leía P.B.T y Caras y Caretas. Para el viaje en barco le regalaron Robinson Crusoe y leyó Las Mil y Una Noches que llevaba su padre. Al recordar el regreso de Europa, dice: "La lectura fue un lujo de aristócrata, como también el derecho de actuar y resolver. El de pensar no existía" (p. 123). Y también: "Siempre he leído con mucho placer" (p.12). Zulema recuerda que al cumplir siete años le regalaron El Tesoro de la Juventud, y al entrar a la escuela, junto con los útiles, el padre le compró una gruesa de cuentos "Calleja". En la adolescencia, pasó a leer poesía, varias novelas de Hugo Wast, Pablo y Virginia, María, "y poco a poco, cuanto libro caía a mi alcance". Le atraía todo en la biblioteca familiar; a veces se "animaba, furtivamente, a leer algunos capítulos". Descubrió que algunos libros desaparecían a veces de su sitio, "sin duda la providencia de mi madre que iba siguiendo los pasos de sus hijas preadolescentes y se sentía obligada a preservarnos de este mundo -¿ficticio?- que se había instalado en su hogar" (p.84). La literatura le permitió conocer mundos ajenos, la diversidad de sentimientos y conductas humanas, las perversiones y altruismos (p. 85).

Aunque Margarita no consigna sus lecturas, sí refiere que las hace, que le atrae la poesía. Siendo jovencita, una de sus tías la alienta a escribir pues tiene aptitudes para hacerlo. Más tarde Margarita se ocupa de ordenar los papeles de su padre y escribe numerosas notas destinadas a colaborar con el biógrafo de éste.

Lo religioso tiene también un lugar en las tres memorias. Carmen Rosa escribe en una carta a su sobrina: "Yo me he criado en un ambiente sumamente católico, así eran por tradición mi abuela, mi madre y toda la familia. Cuando era joven encontraba innecesaria tanta religiosidad, pero ahora la bendigo, es una de las mayores riquezas que se puede tener" (p.136). En su relato se incluyen muchas prácticas religiosas familiares, desde la fundación de una capilla con la imagen de la Virgen de La Merced que hoy está en la iglesia parroquial de esa localidad, pasando por todas las devociones de su abuela, hasta las importantes donaciones que hacía uno de sus tíos, viudo y dado a una buena vida, "quizá para descargo de su conciencia" (p. 31). Zulema mira con cierta ternura y comprensión su religiosidad de niña y adolescente, pero con algún rechazo del temor y las exageraciones que la acompañaban. Da cuenta del anticlericalismo de su padre, vinculado al laicismo con que se presentó el radicalismo en su primera época. Su novio también era radical y ella menciona sus ideales cívicos pero no una inclinación religiosa. Aunque en otros libros hace mayores referencias, en estas memorias son escasas. No se percibe su vivencia piadosa actual. La religiosidad de Margarita, en cambio, es vigorosa a lo largo de toda su vida, igual que la de sus padres, y la manifiesta con mucha naturalidad. En el libro incluye numerosos pensamientos religiosos y oraciones, sus afanes por la capilla del Luracatao, y sus donaciones a la Iglesia, además de un capítulo dedicado a la Salta religiosa y, en especial, la devoción del Milagro.

Zulema y Margarita cuentan sus respectivos noviazgos y sugieren más o menos claramente su falta de información sobre el sexo y la vida matrimonial. Ambas estaban muy enamoradas y habían depositado una gran confianza en sus respectivos novios, bien acogidos por sus familias.

También tienen en común una detenida referencia a cuestiones domésticas: las tareas de lavado, el planchado; a ambas sus madres les cosían los vestidos; prestan atención a la alimentación de los niños pequeños y a las comidas; tenían niñeras que les contaban historias fantásticas y habitualmente chofer para los automóviles familiares. Carmen Rosa dice que nunca fue vestida sino por su abuela o su tía, aunque en la casa había numeroso personal de servicio. Ella recuerda también el uso de carruajes.