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Para Margarita la familia es un mundo rico, diverso, escasamente conflictivo y feliz. El afecto no incluye exceso de mimos sino más bien mucha disciplina, austeridad, respeto a las normas. Hay una cierta severidad sin exceso, casi natural; cada uno aprende y ocupa su lugar sin disentir. El padre tiene una presencia fuerte, patriarcal pero al mismo tiempo modernizadora; la madre, dentro de un tono tradicional, ejerce un papel muy activo de alta exigencia. Margarita es la menor entre seis hermanos, el mayor de los cuales murió a los diez años; su relación es fuerte con su única hermana mujer, mayor que ella, pero afectuosa y cercana con los varones y con numerosos tíos y primos. A medida que van creciendo y formando sus familias, Patrón Costas retiene a sus hijos lo más posible ampliando sus casas para que todos estén cómodos. Llegan a veranear juntos hasta setenta miembros de la familia en La Montaña, la casa de San Lorenzo.En las tres familias el concepto de autoridad es como un trasfondo omnipresente. "Un aristócrata provinciano es de hechura rígida, autoritaria, sin sutilezas ni matices. Es quizá el último representante del hombre medieval. Tanto ha perdurado en su sangre el principio de autoridad, que es impensable un cambio de conducta o renuncia. Tiene una idea unitaria y totalitaria de la cultura a la cual no puede ni quiere renunciar", dice Carmen Rosa. En diversos momentos Zulema va consignando que es su padre quien decide todo sin contestación, aunque lo hace afectuosa y gentilmente. Refiere que el día de su casamiento su padre la llamó aparte para decirle "que había terminado su potestad, que en adelante ésta le correspondía a mi marido. Hacía mucho que no prevalecía su dominio, más bien era mi amigo y, considerando que yo era mayor de edad, desde hacía rato, me desconcertaron sus palabras, pero me emocionaron profundamente..." (p.128). Al hablar de la educación de sus hijos, comenta: "... y el padre, principalmente, era invulnerable, omnipotente (...) Nuestra sociedad, tradicionalmente española, veía en él la cabeza indiscutida del clan" (p.137).
En los recuerdos de Margarita, "Mi padre era la autoridad que estaba por encima de todo y de todos, y nada de lo que no debía ser lo dejaba pasar. Era ese ser humano maravilloso, a quien todos respetaban y querían. Su autoridad era firme y no se discutía, pero al mismo tiempo se la acataba sin sentir" (p.15).
¿Cómo se educaron? Carmen Rosa pasa sus primeros siete años en el campo; no recuerda cómo aprendió a leer. Luego va irregularmente a la escuela pública en Buenos Aires dos años, uno a un colegio privado y otro de nuevo en la escuela pública. En Italia se educa interna en un buen colegio de monjas. "Cuando volví de Europa estudié pintura. Sabía hablar italiano y francés, así como nociones de alemán, pues en el colegio nos enseñaron y porque tuvimos una institutriz francesa y otra alemana. Además tenía conocimientos de inglés. A principios de siglo la educación de la mujer en la clase media no era ni práctica ni utilitaria, sino hogareña. La burguesía adinerada y la aristocracia se reservaban ciertos refinamientos como ser letras e idiomas. En cuanto a los pobres, escasamente sabían leer y escribir, sumar y restar" (p.123).
Muy ansiosa por aprender a leer, Zulema lo consigue en forma autodidacta; entra un año tarde a la escuela para poder ir con su hermana, pero luego recupera el tiempo haciendo un grado libre. Cursa los primeros grados en la Escuela Sarmiento, en Salta, y luego en la Escuela Normal hasta recibirse de maestra.
"Aunque mi pretensión era ser universitaria, estudiar una carrera, que no había aquí. No se vislumbraba ninguna posibilidad ya que no teníamos universidad y, mis padres, mi padre en definitiva, se oponía férreamente a tal propósito, no sólo por las razones expuestas sino porque era un despropósito que una niña de mi clase tuviera una profesión liberal, ni ninguna niña, creo" (p. 92).
Entonces apuesta todo a la carrera de su novio, y para estar a su altura –"siempre unos grados por debajo"- asiste a una escuela profesional donde estudia dactilografía e idiomas y, un tanto obligadamente, economía doméstica. Por otra parte, practicó algunos deportes; renunció al básquet por pedido de su novio. Zulema hizo lo que el ambiente le permitió, siempre abierta y tratando de crecer; ya octogenaria, fue con uno de sus nietos a tomar cursos de computación, y hoy se comunica por correo electrónico.