Desde el 1 de febrero de 1997

Memoria de mujeres

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Tampoco parece ser el caso de estas salteñas. Por cierto que seleccionan; está claro que ocultan algunas cosas que nos gustaría saber, pero eso es inevitable. No nos parece que jueguen con la verdad; hay una sinceridad que se palpa, una honestidad difícil de cuestionar. Más bien sospechamos que puede haber un límite real en su visión del mundo. Un límite cultural profundo para percibir cosas que a otros nos son familiares. No creemos que les quepa ser condenadas por eso; en una sociedad como la salteña, acostumbrada al silencio de las mujeres o la oralidad de las tradiciones, el testimonio escrito es muy valioso. Los relatos orales se limitan a las memorias de quienes los recibieron; se desvanecen, pierden nitidez y fidelidad a lo largo del tiempo. Los epistolarios privados se destruyen. La escritura da prestigio pero también infunde miedo. Expone. Es un riesgo. Nuestras autoras lo corrieron, creemos que conscientemente.

Respecto a los intereses personales o de grupo que puedan sesgar los relatos y poner en tela de juicio su veracidad, ninguna de las tres trabajó para imponer sus intereses individuales o ensalzar su propia imagen. En tanto miembros de un grupo social, mientras Carmen Rosa San Miguel está posicionada de manera rotunda en él, Margarita Patrón Costas sabe que pertenece pero no dibuja un cerco a su alrededor, lo asume con mayor naturalidad, y Zulema Usandivaras se ubica dentro pero establece una discreta distancia crítica mediante la ironía. Dice la primera: "El salteño culto ha sido un europeo que durante cuatro siglos luchó para no ser absorbido por el indio, una lucha solitaria, sin aporte migratorio, separado por meses de camino con Buenos Aires o Lima" (p.11). Describe a su abuela materna como "sencilla, espontáneamente aristocrática"; que "pertenecía a la casta de conquistadores y encomenderos, entre los que no faltaron ilustres próceres" (p.16). En su niñez, "aunque no hubiera ningún privilegio de casta, subsistían distancias insalvables" entre su clase y la gente pobre, "sufrida y humilde, con resabios de sumisión y esclavitud". La formación espiritual y cultural de una "niña" le daba conciencia de superioridad (p.26). Carmen Rosa consigna prolijamente las relaciones de sus padres, con nombre y apellido, parientes y no parientes; en Buenos Aires, muchos amigos eran salteños y vivían en pocas manzanas a la redonda. Más de una vez, señala ventajas derivadas de esos vínculos.

Aunque Margarita refiere los ancestros de su madre, descendiente de Nicolás Severo de Isasmendi, manifiesta "amor por las tierras de Luracatao y sus gentes" (p.21). De su niñez, recuerda que "En Salta la gente era sencilla, todos hacían la misma vida, no había diferencia entre el que tenía plata y los que no la tenían" (p.76). De sus padres destaca que eran ejemplares, austeros, solidarios; ambos, muy trabajadores; siempre admiró la responsabilidad de su padre y la dulzura de su madre. Lo que lleva al hombre a lograr un nivel superior son los valores, el respeto a la palabra empeñada (p.220).

Zulema precisa: "Los propietarios de la tierra no afincaban su prosperidad en las grandes extensiones que poseían, sino en el comercio –el de mulas- a través de la cordillera. Esa fue la base de las fortunas criollas, y al erigirse estos comerciantes en industriales –elaborando azúcar-, uno de esos clanes tomó el poder constituyendo lo que se ha calificado de "nepotismo". Sus miembros ocuparon los más importantes cargos en la ciudad y en la provincia, más tarde en la Nación. A este clan pertenecía mi padre y yo vine al mundo cuando su hegemonía comenzaba a declinar como grupo, aunque muchos de los que lo constituyeron continuaron su carrera política individualmente, asimilándose a nuevas facciones que surgían" (p.14). No idealiza al grupo ni por sus valores ni por sus prácticas. Su padre, un comerciante importante que sufre un severo revés en la crisis del 30, tampoco es idealizado como quien encarna valores ancestrales, sino presentado más bien como un hombre moderno amigo de innovar. Ella cree que la historia la hacen no sólo los conquistadores y los próceres, sino los hombres y mujeres anónimos que van cambiando las costumbres (p.10).

En cuanto a móviles personales para la escritura, Carmen Rosa busca su propia raíz histórica –centrada en la genealogía- y una explicación a los conflictos del siglo; escribe para sus descendientes. Margarita redacta sus memorias para dejarlas a su familia con un fuerte sentido moral, tratando de comunicar los valores que le fueron transmitidos. Zulema, en cambio, escribe para contar una vez más lo que conoció, para registrar los cambios –una constante en su escritura- y para darse el gusto.

Las tres tienen una fuerte relación con su familia. Carmen Rosa es criada por su abuela materna, en el campo, hasta los siete años. Cuando la familia se traslada a Buenos Aires y luego a Italia, va con ellos. Sus padres eran alegres, divertidos, sociables, refinados. El padre era rentista; inteligente, no tenía hábitos de trabajo ni impulso empresario. Hizo sufrir mucho a su esposa con sus infidelidades; discutían "temperamentalmente", lo que preocupaba a la niña, pero pronto se reconciliaban sin rencor y todo volvía a la normalidad "porque se querían mucho". Carmen Rosa, muy apegada y mimada por su padre, le justifica y perdona todo; lo idealiza. Cree que su madre soportaba sus sufrimientos por sus virtudes cristianas. La mayor de seis hermanos, no tenía estrechas relaciones con ellos. Uno de los niños murió muy pequeño.

Zulema vive un ambiente familiar tradicional; creció en casa de sus abuelos paternos y veraneaba con muchos primos. Recuerda un ambiente apacible y alegre, lleno de actividades y juegos. El padre la mima especialmente y la madre aparece desdibujada. No registra severidad ni cuando refiere los castigos, pero sí un profundo respeto a las normas y a las costumbres establecidas. También es la mayor entre cinco hermanos; se relaciona muy estrechamente con Tita, dos años menor.